2 abr. 2012

Procesiones


El concilio de Trento (1545/63) abrió una nueva época y unos nuevos modos para la Iglesia. Consagró la ruptura iniciada por Lutero y diseño la estrategia y las tácticas para combatir la “herejía” que naciera de sus tesis, o para protegerse de ella. Así frente a la racionalidad, el recelo ante las imágenes, la desnudez de los templos y la austeridad en las manifestaciones religiosas de las iglesias disidentes, Roma impulsó la emotividad, la exuberancia ornamental y la exhibición de la riqueza, así como la proliferación de actos públicos dramatizados y ostentosos, dando lugar a una notable actividad procesional con muy variadas excusas.

Una de ellas fue la persecución y castigo de las prácticas heréticas por los tribunales eclesiásticos, dando lugar a los “autos de fe”, que terminaban con la ejecución pública en un truculento y gran espectáculo que no excluía la quema de los recalcitrantes, pero que se iniciaba con una procesión en la que los procesados eran humillados y sometidos a escarnio público como penitentes, luciendo sambenitos en los que se representaban sus desviaciones y sus penas, y tocados con burlescos capirotes (corozas).

Desde finales del Medievo las sociedades urbanas se vertebraron en función de los oficios formando gremios en defensa de sus intereses profesionales; en su seno surgieron hermandades o cofradías que desarrollaron funciones asistenciales, como dar sepultura a sus miembros o atender a sus viudas y huérfanos. Siempre se colocaban bajo el patronazgo de algún santo o advocación de Cristo o la Virgen. Después de Trento estas cofradías fueron estimuladas por el clero para que se manifestaran procesionalmente en determinadas festividades solemnes como Corpus Christi, Pascua de resurrección, etc.

También desde la Edad Media fue frecuente la representación de “pasos” o “misterios” en los templos, pequeñas piezas dramáticas sobre episodios de la vida de Jesús. Posteriormente, en el barroco, los imagineros esculpieron  estas escenas en creaciones que más adelante se utilizaron para ser procesionadas.

La confluencia de estas tradiciones ha configurado la moderna Semana Santa en España, protagonizada por cofradías, muchas de las cuales tienen su origen en antiguas hermandades gremiales que han perdido sus funciones primitivas pero han hipertrofiado la procesional, única que hoy las justifica.

En tiempos de Goya (XVIII/XIX), fecha en la que la Inquisición había perdido fuerza, aunque no desaparecido, había procesiones de penitentes voluntarios que se autocastigaban ataviados como los antiguos reos de la Inquisición. Es lo que muestra la “Procesión de disciplinantes” que encabeza esta página.

A finales del XIX y sobre todo a principios del XX la radicalización del movimiento obrero hizo retroceder estas manifestaciones de religiosidad popular llegándose a producir episodios de anticlericalismo, quema de iglesias, conventos e incluso imágenes. Años después el franquismo, que sería calificado de nacional catolicismo, resucitó de nuevo con ímpetu y afán escarmentador toda la parafernalia, profundizando más que nunca en la fusión y confusión de los aparatos del Estado con el tinglado clerical: presencia de las autoridades en los rituales de rigor; participación del ejército en los desfiles procesionales; transformación de la conmemoración religiosa en fiesta nacional con suspensión de actividades laborales, escolares, y hasta lúdicas e informativas (las emisoras de radio emitían música sacra y en los cines se proyectaban películas de tema religioso).

Cabía esperar que con la eclosión democrática de los 70 todo cambiara radicalmente, sin embargo la realidad fue muy otra. El franquismo sociológico persistió fuertemente arraigado en las instituciones y en la mentalidad ciudadana lo que permitió la permanencia y efusión del espectáculo ritual. Se buscaron nuevas excusas que no fueran sólo las religiosas, que ya chirríaban con las formas de un Estado democrático, que debería ser laico, y se encontraron en las raíces populares y en los réditos económicos. A partir de entonces no ha habido un representante político, de cualquier color, que haya hecho ascos a desfilar tras las andas (pasos o tronos en la jerga al uso) de cualquier imagen.

En los últimos tiempos las cofradías se han multiplicado y han incrementado considerablemente sus patrimonios e influencia hasta el punto de que en algunas ciudades andaluzas sus intereses inciden visiblemente en las decisiones municipales. Especialmente en Sevilla y Málaga, aunque también en otros muchos lugares, se señorean de la ciudad durante siete largos días entorpeciendo gravemente la vida ciudadana, eso sin contar con un fleco de días o semanas, anteriores y posteriores, en que realizan multitud de actividades siempre de modo público, ostentoso y molesto para los que no comulgan con el santo jolgorio. Eso no impide que si se solicita una procesión atea, de protesta naturalmente, aunque lúdica y, eso sí, cargada con las armas letales de la ironía y el buen humor, sea prohibida fulminantemente acusándola de provocación. Y es que los píos cofrades, tan ensimismados en su festival “gore”, adolecen precisamente de eso, amén de racionalidad, respeto a los demás y un cierto sentido del tiempo en que viven, y desvelan así su prepotencia y su influencia a todos los niveles.

Se suele decir “que venga Dios y lo vea” cuando algo parece increíble. Pues eso, que venga.

1 comentario:

Manuel Reyes Camacho dijo...

Una magnífica aclaración histórica del proceso social y un posicionamiento muy certero respecto del papel actual del "Santo Jolgorio".
Me ha llegado al alma esto del Santo Jolgorio, creo que en adelanto lo voy a utilizar como sinónimo de Semana Santa.