3 may. 2012

La educación en la trituradora


El ministro Wert ha puesto de moda a la enseñanza no por reformas “positivas” que haya elaborado y puesto en marcha sino por haberla metido con evidente entusiasmo en el proceso de demolición general que ha puesto en marcha el gobierno sobre todos los servicios sociales. Para esa tarea utiliza como punto de apoyo el desprestigio que ha generado una crítica sostenida e indiscriminada a la LOGSE y las leyes que sucesivamente la han reformado, así como los informes PISA que, sin el análisis crítico adecuado, han sido considerados muy negativos. Por tanto, la cuestión que se plantea el ministerio no es mejorar la eficiencia del sistema, sino partir de otros principios, a la vista de panorama tan negativo.

Habría que decir en primer lugar que PISA lo que realmente mide en su evaluación es la capacidad de un sistema educativo para obtener buenos resultados en la encuesta PISA, y poco más. Cualquiera que haya tenido relación con la enseñanza, a cualquier nivel, sabe que si existe una tarea delicada es la evaluación. Proceso que con la LOGSE se convirtió (o pretendía convertirse) en continuo y no sólo afectaba al aprendizaje de los alumnos sino que incluía al propio sistema y a las técnicas concretas empleadas para aplicarlo. El procedimiento es tan complejo y chocaba tanto con prejuicios arrastrados desde el pasado que todavía hoy, a pesar de que se ha renovado buena parte del profesorado, no se ha llegado a implantar con eficacia; antes bien, han surgido nuevos vicios que lo han pervertido hasta convertirlo en ciertos casos en inservible. Pero en lugar de reconducirlo y tratar de hacerlo más eficiente preferimos tirar por la borda todo el sistema, utilizando en parte como pretexto un informe  mucho más deleznable de lo que suele reconocerse,  porque los datos sociológicos son difícilmente manejables y porque sólo tiene en cuenta la adquisición de algunos aprendizajes. Finlandia obtendrá excelentes resultados en cálculo y comprensión lectora, pero también arroja el dato sombrío de ser la sociedad con el índice de suicidios (también en adolescentes) más alto del mundo, si se excluye Japón, otro país con magníficos resultados PISA.

No sabría situar al nuestro en un ranquin internacional en lo que a educación se refiere. No poseo los datos ni los instrumentos necesarios y desconfío de quien asegure tenerlos, dada la complejidad del asunto. Pero he sido alumno desde los años 40 y profesor desde los 60. He tenido ocasión de comparar con mirada inquisitiva e interesada la situación de la enseñanza a lo largo de muchas décadas y puedo afirmar que el salto que se ha dado ha sido gigantesco. Un resultado excelente de la LOGSE fue dar a la enseñanza una apostura democrática por primera vez en nuestra historia, con todo lo que eso significa, que es mucho más de lo que a primera vista parece. Cierto que muchos profesionales han estado en contra de ella, pero me gustaría poder determinar que incidencia ha tenido en esa posición el descenso en la escala social al generalizarse y multiplicarse los centros y el personal docente (antes un catedrático de instituto era una personalidad, hoy apenas hay quien lo distinga de un “maestro de escuela”) y la dificultad para adaptarse a cambios tan drásticos en tan poco tiempo. Por otra parte, sin bien los salarios se situaron en un nivel de dignidad aceptable, por primera vez también, los presupuestos fueron inconcebiblemente cicateros con la reforma lo que dificultó su desarrollo y la desvirtuó y abocó casi al fracaso desde su inicio.

Un análisis desapasionado y desideologizado descubriría luces y sombras, pero sin duda el balance, se me antoja, sería muy positivo y, desde luego, si es justo, concluiría  con la afirmación de que la educación pública se ha acercado más que nunca al servicio de los ciudadanos (ver el artículo de José Saturnino Martínez en el País de hoy).

Esto es lo que el ministro Wert, que, según todos los indicios, no ha pisado un centro público en toda su vida, parece estar dispuesto a destruir. Para ello hay que reducirla primero a basura ahogándola económicamente y desprestigiándola aún más de lo que está, después todo el mundo reclamará la escoba.

Un artículo de Juan Torres en Público me pone sobre otra pista: es muy posible que haya sobrevalorado al ministro y al gobierno. Podría ocurrir que no hubiera plan alguno. Quizá golpean un viernes aquí y el otro allá sin mucha premeditación y los ministros se encargan a posteriori de justificar intentando crear la sensación de que existe un proyecto. Puesto que Rajoy reprochó duramente a Zapatero sus improvisaciones, tendrá ahora que disimular las suyas propias. De momento se estaría limitando a responder a las exigencias del mercado con un rosario de ocurrencias de las que esperan obtener la paz financiera y un solar en el que puedan en el futuro construir sin las trabas que les impondrían las estructuras que dejó el incipiente y frustrado estado del bienestar que legara la socialdemocracia, reducidas ya a simples restos arqueológicos.

 Los científicos saben que ante cualquier problema siempre se debe escoger la hipótesis más simple (llaman a esta ley la “navaja de Ockhan”). Quizá haya que desplegarla aquí y abandonar la idea de un proyecto que no sea desmantelar lo más posible. Este gobierno no parece tener aliento más que para la demolición.

1 comentario:

Juliana Luisa dijo...

Me ha gustado tu análisis.

Aunque se refiere solo a la enseñanza universitaria, también, mi parece muy bueno, el artículo de Pablo Salvador "Tasas académicas y reeestructuración universitaria", publicado en EL PAÍS, del 2 de mayo.

Un saludo