21 nov. 2008

El sueño de la inocencia

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No me gustan las efemérides, pero si hay alguna de la que nunca puedo escapar es la que se celebra el 20 de noviembre. Para ella siempre tengo al menos un momento de reflexión, aunque sea un día después, como en este caso. Hoy, me ha dado impulso el artículo de Monika Zgustova en El País, La risa de los culpables. Risa tonta de los serbios por el anecdotario de la clandestinidad de Karadjic, que sólo tiene como objetivo ignorar la responsabilidad colectiva ante los crímenes genocidas durante la guerra balcánica.

Los genocidios nunca son cometidos por una sola persona, requieren la colaboración de muchos y, por supuesto, el silencio cómplice de muchísimos, que los aprueban más o menos explícitamente o los ignoran conscientemente por no complicarse la vida o la conciencia. A veces esa culpabilidad difusa recae sobre la inmensa mayoría de la población, como en la Alemania nazi, pero no por eso es menor, ni disminuye lo más mínimo la de los actores principales.

El régimen franquista asoló a España política, económica, cultural y moralmente durante cuarenta interminables años y cometió el más grande genocidio de que haya sido víctima nuestro país desde la expulsión de judíos y moriscos en el XVI y el XVII. Por muchas vueltas que se le dé, no se comprende una permanencia tan prolongada sin el apoyo ferviente de muchos y la tolerancia de otros tantos. Cualquiera que tenga, como yo, el privilegio o la desgracia, según se mire, de contar su edad en más de seis décadas, recordará el fervor con que se apoyaba al dictador en amplísimos sectores y se minimizaban sus crímenes tergiversando la realidad o culpabilizando a las víctimas o a la idiosincrasia de los españoles. Una evidente mayoría sociológica, ciega y muda ante los atropellos del régimen, le sirvió de colchón para soportar las dificultades en el exterior y el caos económico interior durante muchos años. Mientras, se remataba la brutalidad de la guerra, no con un intento de reconciliación, sino masacrando a decenas de miles de los vencidos en un intento de limpiar el país de cualquier posibilidad de oposición política.

Sin reducir en un ápice la culpa de los generales rebeldes, de Franco y sus colaboradores, militares o civiles, hay que reconocer que los millones de españoles que asintieron, disculparon o toleraron con el silencio, o algo más, las atrocidades cometidas son de algún modo corresponsables. Es bueno que asumamos que la maldad por defender intereses personales de algún tipo está al alcance de cualquiera de nosotros y no vale ignorar, mirar para otro lado o descargar toda responsabilidad en los que ya la historia ha señalado como principales causantes del mal.

El 20 N marca el momento en que empezamos a despertar de la pesadilla, no caigamos en el sueño de creernos todos completamente inocentes.

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La ilustración es una postal de la época de la Guerra Civil en la que rodean a Franco, Quéipo de Llano, Aranda, Yagüe, Mola, Varela y Millán Astray. Observar las banderas que coronan la imagen.

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