19 nov. 2008

El arte, el poder y el dinero

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La desmesura de la cúpula de Barceló y su no menos desmesurado presupuesto ha desatado la polémica sobre el valor –monetario– del arte y su relación –¿espuria?– con el poder. Una mirada al pasado nos muestra que aquel, en cualquiera de sus manifestaciones, siempre tuvo una notable facilidad para vivir en simbiosis con éste; ambos, poderosos y artistas, se beneficiaron de una ayuda mutua. Podríamos decir más, difícilmente el arte habría alcanzado la excelencia de sus épocas de esplendor si no hubiera sido por el mecenazgo interesado, naturalmente, de príncipes, civiles o eclesiásticos, y poderosos de toda condición.

Nada menos que cuatrocientos años antes de Cristo, en la democrática Atenas, Fidias, el gran escultor, uno de los íntimos de Pericles que era el hombre más poderoso de la ciudad en ese momento, fue encargado por este de la supervisión de las obras de la Acrópolis y de la realización de algunas de sus esculturas y relieves entre ellas la monumental Atenea Parthenos, realizada en oro y marfil. Los fondos empleados para tan gigantescas obras, que fueron consideradas pura ostentación y derroche por los rivales de Atenas, fuera de la ciudad, y de Pericles, dentro de ella, procedían de lo que aportaban los aliados para la defensa frente a los persas, lo que incrementó el escándalo. La polémica degeneró en una acusación de malversación contra el artista: la gran escultura fue desmontada pieza a pieza y pesado el oro y el marfil empleados; pero como no se hallara falta alguna se le condenó por sacrilegio porque había colocado su retrato y el de Pericles en el escudo de la diosa. Parece ser que Fidias fue al final rescatado por la ciudad de Olympia, con una gran suma, para que labrara otra escultura monumental, el Zeus Olímpico, que estaba destinada a coronar los atractivos de la ciudad que periódicamente congregaba a los griegos para las grandes fiestas religiosas en honor de Zeus que conocemos como olimpiadas.

Cuatro siglos después, en Roma, Octavio Augusto culminó su gran obra política con la pluma de historiadores como Tito Livio –la Historia era considerada parte de la literatura– o poetas como Virgilio, creador en su Eneida de un pasado mítico para la ciudad, ahora cabeza de un imperio; ambos, y muchos más que no cito, escritores y artistas, acogidos bajo la generosísima protección imperial.

Mil quinientos años más tarde, en la Italia del Renacimiento eclosionó el arte en todas sus formas, como pocas veces puede verse en la historia de la humanidad, pero ¿cómo imaginar la inmensa riqueza, variedad y excelencia de sus logros sin los dineros y el interés de los príncipes, Medici, Sforza, los papas, la República de Venecia, etc., etc.?

En nuestro Siglo de Oro escritores y artistas plásticos buscaban y obtenían la protección de los poderosos, más los primeros que no tenían el alivio de un taller abierto, haciéndolo a veces con un servilismo que sorprende hoy. Velázquez, un artista privilegiado en su tiempo, gozó durante casi toda su vida artística de un sueldo de la corona. Pero todos sin excepción halagaban a quienes pagaban sus obras de mil formas, sobretodo haciendo de su arte un instrumento de propagación de la ideología dominante.

No, el arte rara vez ha sido independiente, cuando más se ha aproximado a la libertad ha sido en la época contemporánea. Pero el mercado y la enorme expansión de las clases medias que lo han liberado –y casi divinizado a algunos artitas por efecto del fetichismo y la mitomanía que acompañan a ambos fenómenos– amenazan con un nuevo servilismo, aunque de nuevo tipo.

Venía todo esto a propósito de la cúpula de Barceló y la polémica sobre el coste y la relación del artista con el presidente del Gobierno, como se ve, nada nuevo; pero la verdad, a la hora de ilustrar este artículo he preferido la bellísima cabeza de la Atenea Lemnia de Fidias, aunque sea una copia romana, al revoltijo de estalactitas y colores de Ginebra. Que me perdonen Barceló, Zapatero, el Rey y Ban Ki-moon.

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