30 may. 2011

Confesiones

            Soy de aquellos que en las postrimerías del franquismo militaron en las filas del PCE, que vivieron y participaron en la transición con entusiasmo, que la implosión del partido en el que se organizaron y con el que lucharon les desconcertó, por mucho que la anunciaran sus temores o intuiciones, y que acabaron por abandonarlo en los 80 ante los signos inequívocos de derrumbe y degradación progresiva. Durante años, en cada convocatoria, siguieron depositando fielmente su voto en sus antiguos compañeros, o lo que de ellos quedaba entre las ruinas, hasta que la urgencia de frenar a la derecha les empujó a confiar en el PSOE. Cuando me miro al espejo, aunque me deprime, no me veo raro, así que tiendo a pensar que mi trayectoria es bastante común y, con las variantes de rigor, la comparten muchos conciudadanos. Hoy me desconciertan algunas cosas: la evolución de mi dentadura; el proceso de herrumbre que se ha instalado en mis rótulas; la dilapidación por parte de los socialistas de su enorme capital político; y  la inconmensurable desmemoria e incapacidad para el análisis racional que afecta hogaño a los habitantes de este país. A ninguna de ellas le encuentro remedio.
No se me escapa, quizá porque he sido profesional de la historia, que los protagonistas de los hechos son testigos valiosísimos pero malos interpretes de los mismos. La nostalgia, la frustración de tantas esperanzas, la cohabitación con la estúpida realidad que siempre, maldita sea, acaba imponiéndose, no son los mejores elementos para una reflexión equidistante. A cambio ha aprendido uno a identificar espejismos y a desarrollar la noble virtud del escepticismo, que no se opone a la esperanza, sino que es su seguro. Con esos elementos quizá se pueda caminar por el mundo sin hacer demasiado el ridículo.
Que vivimos una importante coyuntura política a mí me parece incuestionable. Tengo la impresión que la más importante desde el desmoronamiento de la UCD (1982) y el hundimiento definitivo del PCE. La salida de ambos por el foro dejaron el escenario al bipartidismo, matizado (¿reforzado quizá?) por los nacionalismos. De paso, nos dejó la sensación de estar votando siempre a quien no queríamos, de que un mecanismo diabólico se había impuesto sobre nuestra voluntad. Sensación frustrante, pero, todo hay que decirlo, descargadora de responsabilidades y conciencias, y, como nada hay más grato que poder transferir el fardo de la responsabilidad a otros, sobrellevamos la situación con cierta comodidad.
Las recientes municipales y autonómicas, más parecidas a un referéndum que a ninguna otra cosa, cierran una etapa y abren otra, dejando bien claro que el electorado español (ahora sí que somos europeos) se inclina masivamente por la derecha, la cual sigue unida e inalterable como una roca.  Ignacio Escolar decía irónicamente hace unos días en El Público que habíamos acabado con el bipartidismo y ya teníamos el monopartidismo, un salir de Málaga para entrar en Malagón. Ayer insistía en la idea Gil Calvo en El País. También yo me inclino a pensar, a falta de la confirmación que traigan las generales, que el último bastión de la izquierda está batido. Felipe González dijo en el 82 que habían ganado con tres millones de votos prestados; los prestamistas están retirando el crédito: dos millones el 22M. Unos habrán vuelto a la derecha, algunos a otras izquierdas (que los habrán usado o no, según peculiares idiosincrasias): grupúsculos de rancio y tradicional izquierdismo, ecologistas a la moda, progres desencantados y demodés, antisistema y ácratas, e indignados (nueva especie que se deja acompañar de una corte de pacifistas, okupas, hippys reciclados, flower power…). Tendremos pues una hegemonía de la derecha ejercida desde un gran partido que absorberá casi todo el poder (local, regional, estatal) y una izquierda que se diluye en flecos que van del rojo de la tradición al marrón de la marginalidad, en la que el PSOE quizá sobresalga, pero no lo suficiente para alternar en el poder. Es decir, habremos hecho un pan como unas hostias.
Nada hay permanente y el nuevo ciclo que presiento tampoco lo será, hasta tendrá sus cosas positivas, lo que pasa es que nunca me gustaron las hostias.

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4 comentarios:

jaramos.g dijo...

Sincera confesión, que agradecemos especialmente los que no hemos vivido estas décadas tan cerca y tan dentro de las organizaciones políticas. Testigos e intérpretes como tú sois imprescindibles ahora. Porque, en mi opinión, estamos en puertas de una nueva etapa, marcada, entre otras cosas, por la desaparición de los antiguos partidos y su transformación en agencias para la consecución de votos, que usan las mismas estrategias y recursos que cualquier otra empresa. Eso sí, bajo las siglas y con el discurso de antes, palabrería ya huera. Sinceramente, gracias por este retazo de historia real. Salud(os).

Anónimo dijo...

Mi evolución y pesamiento es casi igual al tuyo, Arcadio. Pero ahora veo en UPyD una alternativa, que no alternancia.
F.S.C.

Arcadio R. C. dijo...

Gracias por tu cariñoso comentario.
Un abrazo.

Arcadio R. C. dijo...

Amigo Fernando. Estoy feliz de tenerte por aquí y coincidir contigo en tantas cosas importantes. Te deseo suerte en tu alternativa.