12 dic. 2016

El rector copión


No es un secreto ni existe siquiera una duda razonable sobre la penuria de la enseñanza en nuestro país. Casi podríamos decir que de lo único que no carece es de problemas; un diagnóstico para el que no hay excepciones en ninguno de sus niveles, de preescolar a los estudios de postgrado. Recientemente la evaluación PISA ha vuelto a darnos una colleja a propósito de la secundaria. Las polémicas que suscita esta situación han venido salvando hasta ahora el quehacer de los profesionales que casi siempre se libran ante la opinión pública de la responsabilidad de los malos resultados en las evaluaciones externas, del abandono escolar y de otros males. Pero justo entonces salta el escándalo del rector copión, un personaje que ha labrado buena parte de su currículum académico, según clarísimos indicios, a golpe de plagio sobre colegas, doctorandos y hasta un rabino; de lo cual se desprende que es hombre ecuánime que trata a todo el mundo por igual, no seamos sólo negativos. La Universidad Rey Juan Carlos  lo había sentado en el sillón rectoral y según parece va a costar descabalgarlo, si es que se consigue. En realidad en el ambiente universitario el caso no ha producido gran escándalo, salvo entre los perjudicados, porque aprovecharse del trabajo de otros es práctica común, por las peculiaridades del medio, y no precisamente entre alumnos.


Pero ¿quién nombra a los rectores en España? (hay que referirse a España porque pese a la supuesta autonomía de las universidades todas se rigen por unos principios ‘básicos’ que emanan del ministerio, que es el que paga, por lo que parecen haber surgido por un proceso de clonación: todas idénticas); pero, respondiendo a la pregunta: son elegidos democráticamente por el claustro, alumnos y personal no docente (administración y servicios) en cuotas de porcentaje de votos entre candidatos que han de ser catedráticos, o sea, funcionarios de carrera con la citada condición ¡Ahí es nada! Con semejante procedimiento el puesto queda blindado.

En este país nunca hemos sabido muy bien qué hacer con la democracia y a alguien se le ocurrió que en el templo del saber, que es la universidad no podía faltar, es más, vendría de perlas. Un caso claro de democratitis, síndrome que empezó a manifestarse en diversos sectores con motivo o a partir de la Transición y cuyo agente patógeno ha mutado recientemente y cobrado nueva vida. Naturalmente todas las ‘virtudes’ de la política se han instalado en la elección de rector, con la previsible consecuencia de que ya nunca serían elegidos los más idóneos salvo por error del sistema, sino los que mejor se manejen en el arte de las promesas y el derroche de encanto. Hay muchos pícaros con esas cualidades, incluso tontos de solemnidad. A las pruebas me remito. He leído en un prestigioso blog que es como si el director del museo del Prado fuera elegido por los visitantes, o el gerente del metro por los conductores.

Es posible que haya algún otro lugar del Mundo en que la gestión de la universidad se asemeje al modelo español (nunca me he fiado del Mundo, la verdad), pero lo que si es cierto es que eso no le ocurre a ninguna de las que suenan por América o Europa. Esta vez no estaría de más copiar algo.


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Un caso descubierto, aunque habrá muchos...