No es un secreto ni existe siquiera una duda razonable sobre
la penuria de la enseñanza en nuestro país. Casi podríamos decir que de lo único
que no carece es de problemas; un diagnóstico para el que no hay excepciones en
ninguno de sus niveles, de preescolar a los estudios de postgrado.
Recientemente la evaluación PISA ha vuelto a darnos una colleja a propósito de la secundaria.
Las polémicas que suscita esta situación han venido salvando hasta ahora el
quehacer de los profesionales que casi siempre se libran ante la opinión
pública de la responsabilidad de los malos resultados en las evaluaciones
externas, del abandono escolar y de otros males. Pero justo entonces salta el
escándalo del rector copión, un personaje que ha labrado buena parte de su
currículum académico, según clarísimos indicios, a golpe de plagio sobre
colegas, doctorandos y hasta un rabino; de lo cual se desprende que es hombre ecuánime que trata a todo el
mundo por igual, no seamos sólo negativos. La Universidad Rey Juan Carlos
lo había sentado en el sillón rectoral y
según parece va a costar descabalgarlo, si es que se consigue. En realidad en el ambiente universitario el caso no ha producido gran
escándalo, salvo entre los perjudicados, porque aprovecharse del trabajo de
otros es práctica común, por las peculiaridades del medio, y no precisamente entre alumnos.
