7 dic. 2016

A mí me vale

Hace tres años a propósito de la ya casi eterna polémica sobre la Constitución, su viabilidad o la necesidad de reformarla escribí un texto, como casi todos los años por estas fechas, que transcribo ahora, ya que hoy sigue representando lo que pienso sobre la cuestión. Para estar más a tono con el tema tratado le hice algún retoque. Decía así: 

A mí me vale la Constitución.

Parece que debiéramos olvidarnos de la Transición, de la monarquía, de las autonomías, del Senado, de las provincias, etc. Hay quienes optan por transformar o prescindir de alguna de estas instituciones, agregar alguna cuestión y corregir lo que pueda parecer obsoleto de lo escrito en el 78, pero otros prefieren sacar tarjeta roja a la Transición en bloque y hacer tabla rasa. En España lo que mola es la tabla rasa. Precisamente el desprestigio actual de la Transición le viene de que por primera vez en nuestra historia no sólo no se hizo tabla rasa sino que incluso presumió de ello.


En realidad todas las anteriores tablas rasas no fueron tales, pero al menos durante cierto tiempo simularon serlo. En política lo de menos es ser, lo importante es parecer. Así todos contentos: los ingenuos creyendo que inventan el mundo; los astutos dejando que lo crean mientras ellos medran.

Entre paréntesis me gustaría hacer un inciso para decir que envidio a los norteamericanos tan orgullosos de su sistema político, pero que, visto desde fuera, es el más obsoleto de Occidente, con anacronismos flagrantes y con una constitución de tan sólo cinco páginas en el manuscrito original, enmendada (parcheada) veintidós veces pero jamás abolida. Su aureola no queda sólo al norte de Rio Grande sino que ha sido una de las más imitadas en el mundo, especialmente en el resto de América. También a los británicos, a los que ni siquiera les hace falta una constitución escrita para deslumbrarnos con una estabilidad política más que secular que les permite pasar de la socialdemocracia más avanzada al neoliberalismo radical, o plantear la separación de una parte de su territorio sin mover un músculo.

A mí me vale la Constitución. Soy republicano convencido, pero estoy dispuesto a aguantar a un rey siempre que se le ate corto, para eso está la ley. Mi fe en la razón me inclina por un sistema federal de elementos que interactúan en igualdad estricta, pero soportaría una disimetría fundada en los supuestos y fantasmales derechos históricos si eso garantiza el acuerdo. Por lo mismo, creo en la proporcionalidad radical del voto, pero tolero las correcciones (de D’Hondt o de quien sea) si eso garantiza la estabilidad.  Como buen izquierdista los nacionalismos me importan un pepino, pero soporto que  los textos constitucionales o estatutarios se fundamenten en míticas nacionalidades que nadie sabe qué son.

La política es el arte de pactar y no hay pacto sin concesiones. Dejemos de ponernos divinos y busquemos entre la maraña de problemas que nos agobian qué es lo fundamental. Si encontráramos que no es otra cosa que la convivencia en paz, no hay más que hablar, lo anterior podría servir de folleto de instrucciones.

Yo aquí, aunque me quede solo, declaro que a mí la Constitución me vale, aunque algún parche no le vendría mal, el primero aligerando los procedimientos de reforma que precisamente están en artículos no blindados.