21 mar. 2015

¿Qué hacer?

En la acción política se puede optar por la gestión o por la revolución. Como es natural, los habrá convencidos de una alternativa o de la otra, también quien prefiera, sin poner patas arriba todo el tinglado, aplicar reformas que hagan más habitable el sistema. Se supone que la izquierda, cuanto más nítida, más claramente se situará en la segunda opción. La derecha se sitúa en la primera. El éxito de la socialdemocracia consistió en aceptar el sistema pero reformándolo desde dentro. Conforme los partidos socialistas iban descubriendo y aplicando estos nuevos objetivos, dejaban a su izquierda grupos radicales fieles a las metas revolucionarias, los comunistas. Pero con el tiempo estos también evolucionaron ante la constatación objetiva del alejamiento de las posibilidades revolucionarias. El eurocomunismo nacido en Italia y asumido calurosamente en España por el PCE fue, más que una nueva teoría política, un certificado de conversión al reformismo. Por primera vez los comunistas optaban por la gestión y las reformas con la esperanza de desembocar algún día en el paisaje que antes se proponía construir la revolución de una tacada. No hay que decir que la dialéctica democrática y el bienestar que generan las reformas hacen imposible ver algún día ese paisaje, que, por otra parte, para entonces ha dejado de ser atractivo para la mayoría.


Situándonos en nuestro tiempo, por mucho que nos golpeara la crisis y las medidas de austeridad que decretaban los mercados, las generaciones del petisuis y el bollicao no lograron más que una movilización de chichinabo (15M) que obviamente no daba para revoluciones (no pretendo criticar a esas generaciones, que no son la mía, sino resaltar un dato objetivo). Tan es así que el grupo estrella que parió y que amenaza, con trompeteo revolucionario, subvertir el panorama parlamentario instalado desde la Transición, Podemos, aunque sus creadores tienen pedigrí enraizado en la izquierda radical lo disimulan renunciando incluso a la denominación de izquierda y reduciendo sus expectativas al desalojo de una supuesta casta política, o a algunos reclamos nacionalistas frente a los mercados y la UE y al fin del bipartidismo PSOE-PP. Una revolución de barra de bar para cuando se agota el tema de la “Champions”, de las desventuras de Casillas, o de si Ronaldo o Messi. Su éxito procede de la combinación del griterío con la levedad del reclamo. Lo que no hay es calle y ellos lo saben.

¿Qué hacer? Aquí no hay un partido de profesionales de la revolución como cuando Lenin se hacía la pregunta en medio de un paisanaje duramente explotado que nunca, ni de lejos, había probado las mieles del desarrollismo. Todo lo más tenemos un grupo de intelectuales (quizás proletarizados por la dinámica universitaria actual) que han profundizado en el conocimiento de las teorías revolucionarias y en las dinámicas sociopolíticas ante las crisis; que han decidido sacar partido de la situación con un intento de movilización y posterior vertebración del descontento; que conocen la falta de cohesión y el individualismo dominante entre los descontentos y que, por lo mismo, intentan no hacer audible el discurso que les saldría de modo natural, más que nada por no espantar.

Nada de esto parece demasiado serio. Si rechazamos la gestión, no aceptamos la revolución y abominamos del reformismo ¿Qué nos queda? El gesto hosco y el grito. Como válvula de escape puede servir, pero a la larga deprime, ya veréis.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Al final lo de siempre.... ajo y agua !

Saludos