13 may. 2013

Agitprop y márquetin


Los partidos que hoy utilizamos, o nos utilizan, según opiniones, poco tienen que ver con sus antepasados decimonónicos, época en la que se consolidaron y difundieron como útiles instrumentos de los nuevos regímenes parlamentarios de linaje burgués. Eran entonces apenas lugares de encuentro entre sensibilidades ideológicas afines y/o intereses coincidentes. Muchas veces nacidos de tertulias y mantenidos y difundidos en torno a un periódico, pero sin más disciplina interna que la imprescindible para mantener los intereses comunes y la obligada lealtad. Ninguna otra estructura partidaria.
Cuando, por efecto del marxismo, las masas obreras decidieron entrar en los templos parlamentarios, lo hicieron como elefante en cacharrería poniendo patas arriba los usos de las clases bienpensantes que hasta entonces monopolizaban la lucha política a la que habían dotado de reglas, como a cualquier confrontación entre caballeros. Algunos de los efectos fueron un cambio drástico en la fisonomía y funcionalidad de los partidos y de las cámaras.
Una, por no decir la principal, aportación de Lenin a la teoría revolucionaria marxista fue el papel del partido: una estructura fuertemente disciplinada en su organización y en el debate interno (centralismo democrático); concebido como un arma en la lucha revolucionaria; compuesto por camaradas fuertemente concienciados y sólidamente formados que se constituía como una vanguardia que debía orientar y conducir a la masas obreras hacia el triunfo, concebido como la conquista del poder por la clase obrera.
En el ecuador del siglo veinte todos los partidos comunistas del mundo, legales o clandestinos, conservaban aún secretarías llamadas de agitación y propaganda, lo que hoy nos suena como parte de esa curiosa e ingenua sinceridad de lo retro y hasta casi nos escandaliza porque, en realidad, hemos perdido su verdadero significado. Hacia los años setenta esos mismos partidos habían abandonado el leninismo explícita o implícitamente, lo que entrañaba la aceptación franca de las reglas de juego de la democracia, que hasta entonces habían llamado burguesa. De hecho la experiencia del PCI en la Italia de la Guerra Fría había sido una larga y forzada deriva en esa dirección.
Al mismo tiempo la derecha emprendía el camino en sentido contrario: sus partidos pasaron de meros clubes de opinión a dotarse cada vez más de estructuras organizativas, programas, estrategias, tácticas y disciplina parlamentaria. El proceso ha sido de tal envergadura que en la actualidad casi se ha producido una inversión. La riqueza ideológica de la izquierda, unida a la desaparición de las tácticas leninistas, ha generado una atomización que ha pulverizado antiguos partidos y hoy para tener opciones de gobierno se ve obligada a presentarse en amplias e ingobernables coaliciones (IU, El Olivo y sus sucesores, etc.).
Sin embargo las organizaciones de la derecha, una vez abandonado el modelo militar (fascismos), primer intento de organización centralizada para combatir a la izquierda,  ha encontrado, por fin, el espejo en qué mirarse: el mercado. A simple vista puede verse cómo la jerga mercantil invade y sustituye al léxico político, lo que no es más que el afloramiento de procesos internos de mayor envergadura. Sus militantes han pasado a ser “recursos humanos” y a ser tratados como tales, con las refinadas técnicas psicológicas, de dinámica de grupos y económicas propios de esos departamentos empresariales (los sobresueldos[i] del PP ¿no son los bonus con que se premia la fidelidad y la productividad en las empresas y se marca la estructura jerárquica?). Aquellas antiguas secretarías de agitprop (propaganda no significaba otra cosa que “propagación de ideas”) han pasado a los partidos de derechas de hoy como auténticos departamentos de márquetin, con toda una sofisticada maquinaria de técnicas extraídas de las ciencias sociológicas y psicológicas encaminadas a obtener la aceptación de las masas (nunca mejor ocasión para emplear este término) y su pasividad ante las políticas aplicadas. Justo lo contrario de aquellos otros que colocaban en primer lugar la agitación, es decir, el compromiso y la participación.




[i] Del “todos son iguales” hay que descontar que es habitual en la izquierda que aquellos que obtienen cargos representativos remunerados no sólo no cobran sobresueldos sino que un porcentaje de su remuneración lo destinen a la financiación del partido.

1 comentario:

jaramos.g dijo...

Siempre, sieeempre aprendo aquí. Hoy, esa historia y evolución de los partidos. Quiero añadir una insignificancia de mi humilde y pobre cosecha: algunos partidos políticos españoles actuales (seguramente, de fuera de España también)no solo no han perdido sus respectivos departamentos de propaganda y agitación, sino que la organización entera "es" únicamente una entidad para la propaganda y la agitación en el peor sentido de tales términos. La primera campaña del que sustituyó su nombre por el logotipo "ZP" representa un hito. Salud(os), amigo Arcadio.