3 abr. 2014

Los silencios de Rajoy

Necesitaríamos un psicoanalista amén de un politólogo para explicarnos los silencios de Mariano Rajoy. El último y más sorprendente es el que mantiene sobre la designación de candidatos para las europeas. En un momento en que todas las formaciones políticas hacen espectaculares aspavientos para convencernos de que somos nosotros los que elegimos a los candidatos mediante primarias, previas o como se las quiera llamar, el PP se ufana de su tradicional sistema autoritario de designación, manteniendo a todos, incluidos ellos mismos, sobre todo a ellos mismos, pendientes de la decisión de su presidente.


En una formación con tintes autocráticos es fundamental que sus dirigentes dejen bien sentado el principio de autoridad. Tengo para mí que en este caso el presidente está haciendo un alarde de poder ante su propia clientela. La demora excesiva y el silencio absoluto no es sino el modo más espectacular de dejar bien sentado quién es quién manda. El presidente lo necesita políticamente, pero, quizás, también psicológicamente.

La derecha española es muy peculiar, ostenta dos características que no aparecen en formaciones de nuestro entorno, a saber: reflejos autoritarios, que si no pueden filtrarse libremente en sus políticas si se manifiestan con nitidez en su organización; y la unidad, que, sorprendentemente, nos presenta encuadrados cómodamente (¿?) en una sola organización a fascistas, democristianos, librepensadores, socialcristianos, liberales, monárquicos…

Ambas características proceden del franquismo. En una primera etapa toda la derecha, incluida la republicana, se acomodó bajo la bandera del fascismo (la guerra no se hizo contra la República sino que fue un nítido episodio de la lucha de clases, el enemigo era la izquierda), posteriormente tras la derrota internacional del fascismo fueron surgiendo otras hegemonías. La iglesia, siempre en candelero, proporcionó la última, el Opus, que hegemonizó los gobiernos de Franco calificados de tecnócratas en un intento de resaltar una inverosímil neutralidad política. Curiosamente están otra vez presentes en el gobierno Rajoy, ya no como tecnócratas sino con su recuperado perfil reaccionario. Lo cierto es que nadie salió del redil, faltaría más.

Como he escrito en otros artículos la transición fue iniciativa de un sector de políticos/funcionarios del franquismo que se avergonzaba en las embajadas o en misiones en el exterior de la situación española y que no veía viable un franquismo sin Franco. Eran gentes de derechas, que, afortunadamente, creían  que la izquierda (en realidad raquítica y famélica) tenía una enorme capacidad de movilización (política y sindical) sobre las masas. Por eso, tras la muerte de Franco, se avinieron a negociar (López Aguilar, Huffington Post). Con su acción, que resultó exitosa, el resto de la derecha quedó desconcertada, se encogió y hasta protagonizó movimientos de camuflaje durante un tiempo.

Cuando se recuperó lo hizo presentándose como una versión ‘tuneada’ (‘democrática’) del Movimiento Nacional, partido (PP), fuera del cual no existe vida política, que tolera la existencia de la izquierda o los nacionalismos, como mal menor (necesario tributo a la democracia inevitable), pero que no soporta verlos ejercer el poder, para el que no los cree legitimados por sus pecados pasados, presentes y por venir.

Una organización tal requiere un caudillo, pero mientras el vocablo sea anatema, usa el de presidente para igual contenido, y una férrea disciplina interna que hace mover a parlamentarios y cargos de toda índole a golpe de consigna, en sus acciones y expresiones. Un espectáculo sorprendente y desconocido en formaciones de derechas de nuestro entorno geopolítico.

Así que Rajoy, un hombre insignificante y mediocre, como en realidad lo era Franco, a lo primero que aprende es a hacerse respetar, si no puede de otra manera, con una buena administración del silencio. 

1 comentario:

Mark de Zabaleta Herrero reinventado dijo...

Mejor es callar y que sospechen de tu poca sabiduría que hablar y eliminar cualquier duda sobre ello. (Abraham Lincoln)