9 abr. 2014

La desigualdad es injusta e ineficiente

Hace unos días escribí sobre la desigualdad y cómo ha empezado a escalar nuevas cumbres después de un periodo (1950/80) en el que alcanzó mínimos históricos, al menos en Occidente. Los revolucionarios franceses colocaron la igualdad en el centro de su eslogan (liberté, egalité, fraternité) y en el centro de la bandera (blanco). Desde luego ellos se referían más bien a la igualdad ante la ley y yo trato hoy de reflexionar sobre la igualdad económica, asunto mejor representado por la fraternité y el rojo.


¿Es buena y estimulante la desigualdad como se sostiene en muchos foros obviamente coloreados por la ideología dominante, obsesionada con la liberté y el azul, especialmente en los mercados?

¿Buena para qué? Se podría preguntar ¿Para la justicia distributiva? ¿No es la desigualdad económica reflejo de la desigualdad en el esfuerzo? Y ¿No es esa desigualdad resultante más justa que la simple distribución equitativa que no contempla el sudor y el valor del trabajo? El millonario Warren Buffet se escandalizó públicamente de que su secretaria (sus subordinados en general) pagara más impuestos que él. No dijo nada sobre quién de los dos trabajaba más, pero ni a mí ni a nadie nos caben dudas al respecto. Obviamente cualquier movimiento del patrón genera más beneficios que los de su empleada, pero también es indiscutible que no se debe a ninguna misteriosa cualidad o calidad que encierre su persona y merezca tal premio. Transformado en rey Midas cualquier cosa que toque se convierte en oro. Investigar sobre cómo llegó a serlo sólo servirá para constatar la desigualdad en las oportunidades, los caprichos del azar, las grietas de la ley, la medida de la ambición o la codicia… en fin, no siempre estimulantes virtudes.

Descartada la justicia o una moral ñoña, que dirían algunos, nos queda la utilidad, la eficiencia. Es opinión generalizada la bondad de que los ricos aumenten sus ingresos, no porque se lo merezcan sino porque ellos han demostrado saber emplear el dinero y es una excelente oportunidad para que se emplee en actividades productivas que generarán empleo y revivirán la economía.

Sin embargo, es fácil constatar que porcentajes cuantiosos de los ingresos de los ricos acaban inmovilizados en paraísos fiscales o, en el mejor de los casos, empleados en actividades especulativas, muy lejos de lo que se consideran inversiones productivas. Por otra parte, como su capacidad de consumo está ya en un nivel difícil de superar no aumentará con los ingresos (al contrario de lo que ocurre en las clases inferiores con las que cualquier aumento en la renta repercute inmediatamente en el consumo y la mejora de la demanda agregada). Tampoco por este lado se beneficia la economía.

No es necesario ser un genio de la economía para percibir que cuando sube la desigualdad económica lo hace a costa de las clases medias que ven reducida su capacidad de compra, lo que tiene tres efectos: 1) caída de la demanda, con sus más que previsibles consecuencias; 2) Endeudamiento de la clase media, que intenta mantener su nivel de consumo, generando burbujas de la deuda; 3) reducción drástica de los ingresos del Estado (el mayor esfuerzo fiscal descansa en la clase media), que conduce a recortes en las políticas redistributivas (gasto) lo que genera más desigualdad, entrando así en un bucle de difícil salida.

Desechadas la ética y la utilidad como motivación para la desigualdad (M. Wolf: la desigualdad no solo es injusta sino también ineficiente) habrá que concluir que la única explicación a este proceso es que los ricos están ganando la última batalla en la lucha de clases, en la que estamos desde que la humanidad se manifestó como especie histórica.

5 comentarios:

Lorenzo Garrido dijo...

Lo malo de esta lucha de clases es que la clase oprimida, la obrera, ni siquiera ha sido capaz de rebelarse. No ha habido lucha porque ha faltado opositor. El triunfo de la clase rica supondrá la ruina total de la humanidad. Al tiempo.

jaramos.g dijo...

Vuelvo después de un tiempo de retiro en los cuarteles de invierno, amigo Arcadio. No he dado con ese otro artículo sobre la igualdad, así que me limito a comentar este, tan bien escrito como todos. Y digo: tal vez no haya modo de aceptar o rechazar de modo fundado la defensa que haces de tal valor, la igualdad, mientras no se concrete un poco más el concepto. Porque, la igualdad económica, a la que te refieres, ¿es que todos los ciudadanos adultos dispongan de los mismos medios y recursos? ¿Cómo se fijarían los sueldos o las pensiones? Etc. Salud(os).

Arcadio R. C. dijo...

LORENZO No soy yo tan extremo, la humanidad soporta cosas peores. De hecho no existe recuerdo histórico de que los ricos no hayan doimado políticamente alguna vez, salvo paréntesis revolucionarios. Lo que ocurre es que ya es hora de romper con la norma.

Arcadio R. C. dijo...

Amigo Jaramos, tus reapariciones son recibidas con el júbilo del padre que acogió al hijo tarambana ("pródigo" en el eufemismo evangélico).
El artículo al que me refería era La desigualdad que viene(31/3/14),por si siguieras teniendo curiosidad y tiempo. Es posible que leyéndolo se reduzca la duda que me planteas.
Un saludo cordial.

Lorenzo Garrido dijo...

El problema es que no nos queda tiempo. Cuando quiera vencer la clase obrera, a lo mejor ya es demasiado tarde para la humanidad.