18 may. 2009

La expulsión de los moriscos

En la primavera de 1609 un decreto de Felipe III ordenaba la expulsión de los moriscos de todos los reinos españoles, tanto de la Corona de Aragón como de Castilla. El episodio es el último acto de un proceso que hoy llamaríamos de limpieza étnica, que había comenzado en Granada con la política del Cardenal Cisneros, ratificada por los Reyes Católicos con la pragmática de 1502 que obligaba a la conversión con la alternativa de la expulsión. Desde ese momento las fuentes cambian la denominación tradicional de mudéjares por la de moriscos.

El primer problema que se plantea es encontrar una causa para una decisión tan grave. Hubiera sido explicable tras la sublevación en Granada por la represión de Cisneros, o en la de las Alpujarras en la época de Felipe II, pero en ambos casos se resolvió sólo con la dispersión de los granadinos por Andalucía y Castilla. De hecho la mayor parte de los moriscos eran los de Aragón (20% de la población) y Valencia (33%), que no planteaban problema alguno por su existencia de tres siglos largos. Económicamente era un despropósito mayor, como demuestra la resistencia de los nobles terratenientes que veían la expulsión como una catástrofe para sus tierras, sin tener en cuenta la multitud de oficios que quedarían desatendidos, en una época en que el trabajo manual era signo de villanía. No parece que haya explicación mejor que el fanatismo religioso uniformador y excluyente, que no se detiene ante el genocidio; ya existía el precedente judío.

Segunda cuestión. Todos los expulsados pertenecían más a la tierra de la que eran arrojados que los que los extrañaban, y no porque estuvieran en ella desde el S. VIII, inicio de la presencia islámica, y aquellos desde la repoblación del XIII o del XV, sino porque la idea de una invasión musulmana era una ficción gestada en la “reconquista”, hoy aceptada por la historiografía, con matices que impiden hablar de unanimidad. Las diferencias eran exclusivamente de fe y costumbres, incluida la lengua. Pero aunque ahora (en el XVII) se arguyera la imposibilidad de la asimilación como justificación, en otros momentos (Aragón S.XIII) se les había obligado a portar distintivos en las ropas para contrarrestar la absorción social que estaba borrando las diferencias externas.

El tercer punto que quiero resaltar es que hubo muchos que no salieron o que volvieron después, con los cuales se hizo la vista gorda, incluso la Inquisición que, la verdad, nunca había actuado con celo contra los moriscos, aunque por estar bautizados entraban de lleno en su jurisdicción. Naturalmente tanto los que no salieron como los que volvieron se vieron obligados a disimular su condición y acabaron por formar grupos marginales, algunas veces nómadas. La lexicóloga Elena Pezzi ha rastreado el origen de palabras como guapos, rufianes, pícaros, chulos, arrieros, qinquis o majos, para las que encuentra filiaciones moriscas, lo que da idea de las ocupaciones y medios en los que se movieron tras la expulsión y la huella que dejaron en los siglos siguientes. El abandono de denominaciones que los delatara está en el origen de la palabra maño, con la que hoy designamos coloquialmente a los aragoneses, no en balde los moriscos aragoneses fueron numerosísimos. Quizá el término murciano con la acepción de maleante (recordad la famosa y controvertida frase de las ordenanzas militares que decretara Carlos III prohibiendo que fueran abanderados “gitanos, murcianos y gentes de mal vivir”) tenga la misma explicación.

Un sano punto de vista sería atender la efeméride no para celebrarla pero sí para reflexionar sobre la maldad y estupidez que encierra el desprecio o el miedo a los otros.

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En la ilustración salida de moriscos por el puerto de Denia.
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