2 may. 2009

Del sueño a la pesadilla

En 1909, hace ahora un siglo, un grupo de jóvenes judíos inmigrantes se establecieron y desecaron pantanos cerca de Hedera donde fundaron el primer kibutz (en hebreo «grupo» o «agrupación», término modesto que encierra el significado más apropiado de «comuna»). Les movían dos utopías: el sionismo (creían regresar a la «tierra prometida») y el socialismo (aspiraban a crear una nueva sociedad bajo el principio: «de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades». El kibutz Degania, ese era su nombre, fue pionero en un movimiento que creció con rapidez; hacia la Segunda Guerra Mundial había en Palestina más de 30 de estas comunidades. Fueron uno de los instrumentos más eficaces en el nacimiento de Israel, estableciéndose en lo que serían las fronteras del nuevo Estado y sirviendo de catalizadores de la inmigración sionista. Eran portadores de un sueño compartido por millones de judíos: dotarse de un nuevo hogar y una nueva sociedad construida bajo los principios de la igualdad, la cooperación y la justicia. Pero en el sueño anidaba el germen de una pesadilla: el paraíso previsto ignoraba por completo a los palestinos, entre los que se insertaban, y a cuyos terratenientes compraban las tierras con dinero procedente del sionismo internacional. No es un punto de vista, son los hechos.

Los kibutzim (plural de kibutz) eran sociedades cooperativas donde no existía la propiedad privada, sus miembros recibían igual salario independientemente de la labor que realizaran, y pretendían ser autosuficientes, dotándose de los servicios necesarios, educación , sanidad etc. El Estado de Israel, nacido en 1948, no entró en contradicción con ellos, antes bien, consciente de su deuda, apoyó y estimuló su creación y consolidación; algunos de los grandes estadistas de la primera época fueron kibutzianos, como Golda Meir o Ben Gurión; además, el socialismo era una sólida corriente política en aquellos primeros tiempos de la nueva nación.

Los kibutzim, asentados en un ambiente de agricultura tradicional de subsistencia, pero aislados de él y con un fortísimo anhelo de innovación, estimulados por la conciencia de estar creando algo nuevo, desarrollaron con rapidez técnicas modernas que se pusieron a la cabeza de la agronomía mundial en muchos aspectos. Produjeron la sensación de estar transformando un desierto en un vergel y se convirtieron en exportadores de sistemas, utensilios y productos de las nuevas técnicas y de sus campos. En el mundo de los años sesenta, consumidor de tantas utopías, ésta no fue de las menos estimulantes.

En los años ochenta la crisis económica (la inflación israelí superó el 400%) arruinó y liquidó a muchos kibutzim, pero además, el declive del socialismo con la debacle de la URSS, que, por cierto, se había alineado con los países árabes en la confrontación araboisraelí, quebró una de las patas en que se asentaba el movimiento. A la vez el Estado de Israel derivaba hacia posiciones más derechistas y conservadoras siguiendo el impulso de los tiempos y el empuje creciente de los movimientos religiosos. Los kibutzim desaparecían por docenas o se transformaban radicalmente.

Hoy el kibutz Degania es una empresa privada, otros muchos son simples asentamientos de colonos de los miles que han proliferado como hongos en tierras palestinas arrebatadas por la guerra y la expulsión violenta a sus moradores palestinos, cuyas casas (25.000) han sido voladas. En su oferta al exterior Israel también ha cambiado: los artilugios para el riego, que antes vendía, han sido sustituidos por otros de guerra o de represión policial (60% del valor de sus exportaciones); los sistemas de explotación agrícola y los métodos de industrialización local, que eran observados e imitados en medio mundo, suplantados por las tácticas de guerra en ambientes densamente poblados y procedimientos eficaces de apartheid.

Aquello fue un sueño, esto una pesadilla.

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En la ilustración los fundadores del kibutz Degania, 1910.


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