16 feb. 2009

La naturaleza de las cosas


Poggio Bracciolini, humanista obsesionado por la recuperación de la cultura latina, rastreó todos los monasterios a su alcance en busca de vestigios de la literatura clásica. Recuperó multitud de textos, entre ellos (1417) De rerum natura, la obra de Lucrecio (s. I a.C.), que había permanecido perdida durante toda la Edad Media. El magnífico manuscrito que encabeza esta entrada es una copia realizada en 1483 por el fraile agustino Girolamo di Matteo por encargo del papa della Rovere, Sixto IV –el que inició las obras de la Capilla Sixtina–. La admiración por la cultura latina y el nuevo amor por la naturaleza explican el interés del pontífice y el primor y elegancia de su ejecución, pese a que Lucrecio había sido la bestia negra de los Padres de la Iglesia, como demuestran las noticias que de él nos dejara San Jerónimo, a todas luces calumniosas, aparte de ingenuas. Apenas si tenemos otros datos del poeta que esas calumnias, el contenido de su obra y el impacto, extraordinario, que causó entre sus contemporáneos y en los siglos siguientes.

En su tiempo despertó la animadversión del círculo aristocrático de Cicerón, que consideraba indecente que llevara a la plebe el rechazo de la superstición, con la difusión del materialismo epicúreo. Por superstición hay que entender religión, que en Roma era religión de Estado; en efecto, la oligarquía, detentadora del poder, consideraba fundamental el mantenimiento de la práctica religiosa para la tranquilidad Estado. La intención de su poema era didáctica, por eso eligió el verso para exponer todo un tratado filosófico, en el que se encuentra, perfeccionada, la teoría atómica de Demócrito, el rechazo radical de cualquier entidad no material, así como la inutilidad del temor a la muerte.

«Atiende ahora; habiéndote demostrado que las cosas no pueden nacer de la nada ni, una vez nacidas, ser devueltas de nuevo a la nada, (...) déjame citarte otros cuerpos cuya existencia material deberás admitir aun siendo invisibles. (…)»

Como en su momento Platón con Epicuro, los pensadores cristianos de la primera época consideraron a Lucrecio y su obra extraordinariamente peligrosos para el idealismo dualista en que se basaba su doctrina, por lo que rechazaron violentamente sus tesis e incluso trataron de desprestigiarlo con toda suerte de infundios como el citado de San Jerónimo. Posteriormente permaneció en el olvido durante siglos, apenas recordado por las diatribas y falsas noticias que habían dejado sus detractores, hasta que a principios del siglo XV fue redescubierto al encontrarse el poema integro.

En una situación histórica de gran fluidez por el agotamiento del viejo paradigma aristotélico, vigente desde hacía siglos, y en la que apuntaban ya las nuevas condiciones de la ciencia moderna, el redescubrimiento del atomismo comenzó en seguida a rendir frutos.

«... la Naturaleza entera, en cuanto existe por sí misma, consiste en dos sustancias: los cuerpos y el vacío en que estos están situados y se mueven de un lado a otro. Que el cuerpo existe de por sí, lo declara el testimonio de los sentidos, a todos común; (...) Por otra parte, si no existiera el lugar y el espacio que llamamos vacío, los cuerpos no podrían asentarse en ningún sitio, ni moverse en direcciones distintas...
Pues doquiera se extiende el espacio libre que llamamos vacío, no hay materia; y donde se mantiene la materia, no puede haber espacio hueco. (...)
Los átomos son, pues, sólidos y simples, formando un todo coherente de partes mínimas (...)
... es indudable que ningún reposo se ha concedido a los átomos a través del profundo vacío, sino que, agitados en continuo y vario movimiento, unos rebotan, después de chocar, hasta grandes distancias, mientras otros sufren los golpes dentro de un breveespacio. Los que, más densamente asociados, chocan y rebotan dentro de exiguos intervalos, trabados como están por la maraña de sus formas, constituyen las tenaces raíces de las peñas, la indómita sustancia del hierro y los demás cuerpos de este género».
A finales del siglo XV, Galileo no escapó a la fascinación de estos textos cuyas ideas le permitieron empezar a trabajar por fin con una alternativa viable a la física aristotélica y, a la larga, sentar las bases de la ciencia moderna. Curiosamente Lucrecio (Titus Lucrecius Carus) es uno de los hitos fundamentales en el progreso humano, pero de los más difamados y de los más ignorados.

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BIBLIOGRAFÍA:
Michel ONFRAY: Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la filosofía. I. Anagrama
Benjamín FARRINGTON: Ciencia y política en el mundo antiguo. Ed. Ayuso.
El enlace de Galileo conduce a la conferencia de Pietro Redondi: El atomismo de Galileo.
El texto integro de De Rerum Natura en la
Biblioteca Virtual M. de Cervantes. (La nota introductoria y biográfica contiene los prejuicios tradicionales contra Lucrecio)

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