2 may. 2014

El abogado del diablo

‘Advocatus diaboli’, abogado del diablo, es la expresión con que se conoce al fiscal en los procesos de canonización que emprende el Vaticano; su misión consiste en exigir pruebas, objetar y descubrir errores en la documentación aportada por los promotores del proceso. Desde la ingenuidad se denomina así por dificultar, de hecho, las canonizaciones ¿Qué otra cosa podría desear el demonio? Cualquiera no lastrado por la inocencia (llamémosla así) pensaría que un buen diablo (disculpen el oxímoron) trabajaría por introducir en el ‘staff’ celestial a cuantos más indeseables mejor. Esto me ha hecho pensar que en la reciente canonización de Wojtyla (Juan Pablo II) el abogado del diablo en cuestión ha hecho un buen trabajo, contra el pasotismo que le achacan los incautos.


Desde el inicio de su pontificado estuvo rodeado de colegas con los que se halló a partir un piñón: Reagan, Thatcher, varios dictadores latinos entre los que podemos destacar como prototipo y síntesis de todos ellos a Pinochet. Nunca hizo ascos a ninguno de los del lado de la derecha por sanguinarios que fueran; otra cosa fue con la banda de la izquierda, Castro, Ortega y no digamos el Este europeo. De hecho una buena parte de sus esfuerzos se dedicaron a la cruzada anticomunista, especialmente en su patria, Polonia (solo Walesa y Solidarnosc saben lo que recibieron). El complemento a esta política fue barrer en propia casa las veleidades sociorevolucionarias (léase teología de la liberación) que habían ‘contaminado’ a no pocos clérigos y seglares de los que se batían el cobre a pie de chabola, o de favela. Para ambas operaciones obtuvo el aplauso ardoroso del palco capitalista.

Pero no solo de aplausos se alimenta la política también se requieren fondos y estos vinieron de la banca vaticana y sus embrollos financieros con el extinto Banco Ambrosiano y gestores tan eficientes y mafiosos como Michele Sindona, envenenado con cianuro en su celda carcelaria o Roberto Calvi, que terminó sus días colgado de un puente de Londres, o ciertos prelados como Marcinkus. Dios sabrá la verdad y habrá actuado en consecuencia.

Precisamente el papa también hizo lo posible porque fuera sólo Dios quien juzgara a su íntimo Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, sacerdote, bígamo, padre de tres hijos y pederasta insigne entre cuyas víctimas se cuentan sus propios hijos y, claro, una legión de seminaristas; nunca juzgado por ningún tribunal civil ni eclesiástico gracias a la protección papal y, por fin,  forzado a recluirse en recinto conventual por Benedicto XVI. «Los violadores, pederastas, abusadores, efebófilos, pedófilos, obsesos y depredadores sexuales, ya tienen a quien encomendarse: San Juan Pablo II» dice Sanjuana Martínez en Sinembargo.mx. El vaticano con santo humor lo ha proclamado ‘papa de la familia’ seguramente porque aunque su protegido Maciel cometió todas las tropelías posibles contra la institución familiar (flaquezas de la carne) nadie ha podido demostrar que en sus relaciones hetero haya usado nunca condón. Eso hubiera sido imperdonable.

Su carácter, el de Wojtyla, profundamente reaccionario (por usar una expresión propia del rojerío) se revela en la persecución emprendida y consumada contra dos teólogos que fueron símbolo y alma de los dos movimientos eclesiales más prometedores de la iglesia contemporánea: Hans Kung, notable protagonistas del Concilio Vaticano II, al que desde el comienzo del pontificado le fue retirada licencia para enseñar;  Leonardo Boff, franciscano fundador de la teología de la liberación, suspendido a divinis, condenado al silencio y empujado, al fin, a abandonar la iglesia.

Un último apunte sobre su controvertida y exuberante personalidad. En la tradición católica es habitual la exhibición del dolor, la tortura y la agonía de los santos mártires o de Jesús. En la más pura línea de tan rancia y chirriante costumbre el papa Wojtyla hizo ostentación de su agonía personal en un alarde de impúdico y definitivo histrionismo, verdaderamente penoso para los forzados espectadores; sin embargo, en una flagrante contradicción, se nos vendió como modestia, espíritu de sacrificio e imitación de Cristo. Con mejor criterio, su sucesor hizo justamente lo contrario.

 En suma, si yo fuera abogado del diablo, pero de los buenos, habría hecho lo mismo: ayudar a encaramarlo en los altares. Con muchos como él veremos el día en que el Cielo anuncie un ERE, o como se diga en latín. ¡Al tiempo!


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