29 may. 2014

Primarias

Las elecciones parlamentarias europeas están siendo un revulsivo en el panorama político nacional. El mayor impacto es el hundimiento de los dos grandes partidos, especialmente el PSOE,  porque el PP puede mostrar una victoria, aunque pírrica. Los socialistas preparan congreso para julio y su secretario anuncia el cese para entonces; las primarias después. Decía Gabilondo en la Ser que eran decisiones prudentes, para agregar después “Pero ¿es prudente ser prudentes?”. Ciertamente, parece que la gente reclama medidas más espectaculares, profundas y urgentes.


El debate sobre si las primarias debían ser antes, después o en lugar del congreso, si se deben limitar a elegir al candidato o, también, al secretario se ha instalado dentro y fuera del partido.

Aunque el PSOE utilizó primarias hace tiempo con resultado infeliz, por cierto, después del 15M algunos grupos las han convertido en un signo/avance diferenciador e irrenunciable. En la negociación para intentar una candidatura con IU y Podemos, aunque en realidad ninguno parecía estar por la labor, el mayor obstáculo declarado fue la exigencia de Podemos de primarias abiertas. Su conveniencia o inconveniencia es el debate de hoy en los partidos progresistas: calurosamente defendido por algunos (Podemos y Equo); rechazado por otros, la izquierda comunista tradicional (IU); admitidas con vacilaciones, reservas y mal disimulados intentos de neutralización (PSOE).

Las primarias nacieron y son un hábito en el procedimiento electoral norteamericano. Allí el sistema presidencialista da mucho valor a la personalidad de los candidatos; su régimen de partidos difiere del europeo ya que, demócratas y republicanos, apenas si han conseguido ser otra cosa que meras maquinarias electorales; consecuentemente los programas pertenecen a los candidatos más que a los partidos. Su existencia y su éxito dependen pues de las condiciones peculiares en que se fraguaron.

Los partidos con fuerte contenido ideológico (la izquierda), en los que pequeñas diferencias tácticas o de interpretación de la realidad producen escisiones, generando nuevas formaciones, un procedimiento como éste parece inadecuado, especialmente si son abiertas (con participación de electores no adscritos). La incongruencia aumentaría con la importancia de la definición ideológica y el programa partidario. La concepción del partido que, en nuestro caso, supera con mucho el de un simple mecanismo para el proceso electoral es otro escollo. Por último, el sistema político español, en general en Europa, es parlamentario, los electores eligen diputados y son estos los que en función de las matemáticas parlamentarias designan al Jefe del Gobierno, que no necesariamente ha de pertenecer al partido más votado ni ser el cabeza de lista en ninguna circunscripción. Obviamente las primarias no están pensadas para estos sistemas.

Cuando Felipe González dejó la dirección de su partido en el congreso de 1997 fue sustituido por Almunia, que nunca se logró deshacer del sambenito de haber sido promocionado, de alguna manera, por su antecesor. En un intento de legitimarse convocó, en contra de las tradiciones del partido, unas primarias para las generales. Contra lo previsto, no salió elegido, lo que provocó una situación novedosa: un candidato (Borrel) distinto del secretario general. El partido no la supo gestionar. Al final el candidato, quejoso de abandono y hostigamiento desde la dirección, acabó dimitiendo y Almunia, derrotado en las elecciones  y sin haber conseguido la legitimidad que buscaba, abandonó. El invento había resultado traumático.

A partir del 15M, el desprestigio de los partidos tradicionales y un cierto fundamentalismo democrático han resucitado el interés por procedimientos de democracia directa (asamblearia) y por las primarias, entendidas como un bien democrático absoluto, cuando la experiencia aconseja relativizarlo y adaptarlo a nuestros modos so pena de desembocar en fracaso.

Es evidente que el sistema necesita ponerse al día. Precisa que los partidos se abran a fórmulas más democráticas y si no lo hicieran voluntariamente, sean obligados a ello; que cualquier institución, y mucho más las representativas, permitan un acceso fluido y fácil para los ciudadanos; que desaparezcan los muros entre administración y administrados, los heredados de tiempos peores y los erigidos después; vigilar con atención y estorbar la profesionalización de la política y la politización de la administración…

Nada de eso tan necesario justifica la importación sin más de instituciones foráneas que han mostrado su bondad en el ambiente originario, pero que chirrían en el nuestro. Se necesita un poco más de imaginación y algo menos de infantilismo y demagogia.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

El último párrafo lo deja muy claro...

Un cordial saludo