De niño me daba risa
cada vez que oía aquella hipérbole evangélica
recriminando a los que «ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en
el propio». Trataba de imaginar a alguien realmente con una viga en un ojo y me
ganaba la hilaridad. Ya no me río porque cada día me encuentro con algún caso
tal cual lo dicen las Escrituras. La estrambótica exageración no es del
redactor evangélico sino de la vida, que nos regala o castiga a diario con
esperpentos del estilo. El desparpajo con que muchos ven los problemas de los
demás y, llenos de buena voluntad y una desvergüenza olímpica, aconsejan
soluciones, situándose a si mismos fuera del escenario como si fueran cuerpos
etéreos, sin nada que ver con este mundo salvo para lo que venga en su
beneficio, es para mí un misterio que me tiene embobado. Quizás sea una
cualidad de ciertas clases o individuos singulares cuya condición e
idiosincrasia no se me alcanzan. La capacidad de análisis tiene su límite en cada
mente y en la mía este asunto queda al otro lado.