5 abr. 2016

Neoliberalismo

Dice Vargas Llosa en El liberalismo entre dos milenios: «Me considero liberal y conozco a muchas personas que lo son y a otras muchísimas más que no lo son. Pero, a lo largo de una trayectoria que comienza a ser larga, no he conocido todavía a un solo neo-liberal. ¿Qué es, cómo es, qué defiende y qué combate un neo-liberal? A diferencia del marxismo, o de los fascismos, el liberalismo, en verdad no constituye una dogmática, una ideología cerrada y autosuficiente con respuestas prefabricadas para todos los problemas sociales, sino una doctrina que, a partir de una suma relativamente reducida de principios básicos estructurados en torno a la defensa de la libertad política y de la libertad económica —es decir, de la democracia y del mercado libre— admite en su seno gran variedad de tendencias y de matices. Lo que no ha admitido nunca hasta ahora, ni admitirá en el futuro es a esa caricatura fabricada por sus enemigos con el sobrenombre de "neo-liberal”.»


Es corriente negar la existencia del neoliberalismo, sobre todo desde que en ciertos ámbitos se ha empezado a usar peyorativamente como calificativo. Sin embargo los hechos son irrefutables.

En Agosto de 1938 un grupo de liberales se reunió en París en un llamado Coloquio Lippman para debatir sobre la situación del liberalismo y sobre su futuro ‒el ambiente mundial no era nada favorable a las ideas liberales: en Italia se había consolidado Mussolini; en Alemania Hitler había seguido sus pasos; en España Franco se acercaba a la victoria; en Rusia Stalin no tenía réplica; en todas partes la gran depresión había puesto en entredicho el libre mercado‒. Los reunidos, entre los que estaba Hayek, Mises o Rüstow, analizaron el fracaso del liberalismo clásico y coincidieron en la necesidad de un nuevo proyecto liberal al que acordaron llamar “neoliberalismo” y darle continuidad material con futuros contactos. Este último deseo quedó aplazado por la guerra que estalló al año siguiente, pero no olvidado.

Nueve años después (1947) Hayek, vuelve a la carga con una nueva convocatoria en Mont Pelerin, Suiza, que incluía a historiadores, filósofos o periodistas (K. Popper, Rougier, Lippman), políticos (L. Erhard), además de economistas. Muchos de ellos repetían de la convocatoria anterior. Se trataba de discutir el destino del liberalismo en la teoría y en la práctica, por lo que se constituyeron como sociedad (The Mont Pelerin Society) destinada a influir desde todas las instancias donde estaban presentes sus miembros: universidades, medios de difusión, foros, instituciones políticas; y en todas las ramas: el derecho, la economía, la historia… en un esfuerzo consciente por lograr la hegemonía ideológica.

Veinticinco años después la crisis de los 70 puso en entredicho las prácticas keynesianas, que había hegemonizado la postguerra, lo que abrió brecha para el triunfo definitivo del neoliberalismo con Fisher inspirando el thatcherismo y Milton Friedman a Reagan o Pinochet (Chile fue un banco de pruebas ideal porque contaba con un gobierno fuerte e incondicional, sin contar con que buena parte de los chicago boys eran de esa nacionalidad). A esas alturas el Banco mundial y el FMI habían asumido los principios económicos del neoliberalismo y contribuyeron de manera decisiva a su generalización a través de sus prácticas de ayuda, que incluían la obligación para los beneficiarios de aplicar reformas en esa dirección.

Tres cuestiones básicas definen el neoliberalismo:
  • Revalorización del papel del Estado que liquida la idea clásica de su apartamiento de la economía (laissez faire).
  • La preeminencia de los derechos del mercado sobre los derechos políticos y
  • El valor preeminente, económico y moral, de lo privado sobre lo público.

El Estado es decisivo para controlar la inflación, la política fiscal y el déficit presupuestario, todas absolutamente decisivas para crear las condiciones en las que se mueva el mercado con comodidad.

El segundo punto se entiende bien, por ejemplo, con la decisión en España de constitucionalizar la atención a la deuda (Art. 135) elevándola de la ley presupuestaria al texto constitucional y dándole preeminencia sobre el gasto social (Zapatero), o la reforma laboral (Rajoy) que desarma a los trabajadores en la lucha por sus derechos, ahora calificados de simples pretensiones.

La oleada de privatizaciones desde los años ochenta (Felipe González, Aznar) ilustra el tercer punto; pero, además, hay un desprestigio social y moral de todo lo público y colectivo (partidos, sindicatos, instituciones, empresas y trabajadores públicos) en beneficio del individuo y lo privado, en el que la demagogia hace su agosto.

Llama la atención la transversalidad en la aplicación de las normas neoliberales con gobiernos de izquierdas o de derechas, lo que demuestra que ha alcanzado la hegemonía ideológica (Ramonet, El pensamiento único, 1995) por la que luchaba desde al menos 1947. El ‘sentido común’ es ya neoliberal.

Respecto a Vargas Llosa, es enternecedora su fe en el mercado y sus leyes. Para él están ahí antes que los usuarios, como la gravedad, de lo que el liberalismo es sólo descubridor. Precisamente los neoliberales han desvelado esta falacia y recuperado para el Estado el papel de fundador, organizador y sostenedor del mercado. El discurso clásico era bello y apolíneo, pero sólo apto para gente de ‘buena familia’, los neoliberales lo han bajado a tierra y nos lo han suministrado en dosis digeribles. Ya todos somos neoliberales. Quizás por eso Vargas Llosa no los encuentra.


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Si Keynes levantara la cabeza...

Saludos