30 mar. 2016

Pecados originales


A media distancia camino de Oriente es lo que querían decir los británicos con la expresión Middle East (Oriente Medio), que acuñaron en el siglo XIX. Desde entonces se ha impuesto para designar una región, que fue cuna de civilización, haciendo referencia sólo a su posición respecto de Europa. 


Las palabras que escribo se sostienen en un alfabeto (latino) cuyo ancestro estuvo en las costas de Fenicia (Líbano, Siria y Palestina (Israel)), y si me hubiera expresado en hebreo, árabe, griego o ruso habría usado signos de la misma filiación. Fue el ámbito del mundo helenístico, donde florecieron Antioquía (Siria) o Alejandría (Egipto), impresionantes metrópolis de la antigüedad tardía; allí nacieron judaísmo, cristianismo e islam (y otras creencias de menor fortuna) de un magma cultural decantado durante siglos; en el tiempo bizantino se produjo la ruptura entre las tres religiones, que siguieron presentes y mezcladas en la zona como en ningún otro lugar, mientras cristianos y musulmanes, teniendo como eje el Mediterráneo, se repartían el NO y el SE respectivamente. El judaísmo, por su parte, salpicó todos los territorios.

Desde entonces las relaciones entre los dos ámbitos han sido puntuales y hostiles por lo general: en el Medievo las cruzadas; desde el Renacimiento la amenaza turca; en ambos espacios los judíos aprendieron a hacerse imprescindibles de día y a encerrarse de noche bajo siete llaves en sus guetos urbanos, temiendo siempre el siguiente progrom. La supuesta armonía de las tres religiones en algún lugar de algún tiempo pasado no es más que un cuento.

Acabando el XIX pocas cosas estorbaban más a los británicos en su camino a Oriente que el control del Imperio turco sobre la zona. El colonialismo, emanado del capitalismo industrial, produjo en Europa un impulso imparable de dominio que se armó de recursos militares e ideológicos para cumplirlo. La guerra (1914/18) se hizo así inevitable, y en su gestación la alianza germano turca fue un efecto lógico. La victoria aliada supuso la desarticulación de los imperios austriaco y turco; pero, si bien, los restos de la corona austrohúngara pasaron a constituir nuevas naciones estado, los del turco atrajeron a franceses y británicos como la miel a las moscas. Los ingleses se apropiaron del golfo Pérsico y la cuenca de los dos ríos hasta las reservas de petróleo del N, producto que acababa de demostrar alto valor estratégico en la Gran Guerra, naturalmente no olvidaron la salida al Mediterráneo por las costas palestinas. Francia aceptó un territorio compacto al NO, germen de Siria y Líbano, que satisfacía su ego y, supuestamente, los bolsillos de su burguesía de negocios. El acuerdo fue posible gracias al trazado de la línea Sykes-Picot, laboriosamente lograda entre ambas potencias, puesta en valor después de que el legislativo americano rechazara el tratado de Versalles y, como consecuencia, Wilson, que pasaba por campeón de la democracia y la libertad de los pueblos, dejara de presionar contra las pretensiones coloniales de sus aliados. Como cabía esperar la Sociedad de Naciones se plegó a los intereses de las dos potencias civilizadas que asumían de nuevo la consabida “carga del hombre blanco” sobre un ámbito bárbaro.

Lo que pasó después fue materia común en las colonias. Los pueblos, un abigarrado mosaico de etnias, culturas y religiones, fueron olímpicamente ignorados. La casta dominante que había traicionado a Turquía recibió recompensas en forma de satrapías, germen de futuros Estados. Las fronteras discurrieron por donde señalaban los intereses metropolitanos: Irak nació como encarnadura del ferrocarril con que soñaban los británicos hasta el Golfo Pérsico, con el añadido de los campos petrolíferos; Israel, a su vez, por la promesa al sionismo internacional de unos anglosajones empachados de lecturas bíblicas y mala conciencia histórica.

La descolonización fue temprana (años cuarenta) y colocó al frente de algunos de los nuevos Estados (Irak, Siria, Tunez) a élites formadas en Europa con pretensiones socializantes y laicistas (un lujo hoy incomprensible para la zona), que se unieron a los regímenes que derrocaban déspotas coronados (Egipto, Libia). Con el tiempo nada impidió que la corrupción y la tentación despótica ganara a todos. Aparte, el flirteo con los soviéticos (Siria) en la guerra fría despertó el recelo de USA hacia estos regímenes, en cuya definitiva concreción fue decisiva la evolución del conflicto judeopalestino y, cómo no, el creciente valor estratégico de la zona por las mareantes reservas de hidrocarburos.

Paradójicamente, la mal llamada primavera árabe (más bien el otoño de la esperanza de laicidad y modernización) fue curiosamente impulsada y exponsorizada por USA y sus acólitos europeos, al alimón con las teocracias arábigas en una delirante operación que ha acabado por volver a los manipulados contra sus manipuladores, aunque ambos se engañen frente a sus conciencias y sus pueblos con ensueños místicos unos, o protestas de derechos humanos los otros.

A estas alturas es bien difícil determinar donde exactamente está el pecado original, pero pecar se ha pecado, y mucho.
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Es muy útil visitar el blog de M. Máiquez Recortes de Oriente Medio. Y esta página de Le Monde Diplomatic.