2 mar. 2016

La voz del pueblo

El lenguaje nació y se desarrolló entre los humanos, como todas sus potencialidades, en un largo proceso de diálogo, nunca mejor dicho, con el medio. La creación en un golpe de decisión divina, como cuando, a modo de castigo, hizo Jehová que nacieran multitud de lenguas para impedir el entendimiento en el acto soberbio de la construcción de la torre de Babel, es sólo un mito. Pero ese no es el único en torno a la lengua: hay una reverencia por la palabra escrita que se manifiesta en la veneración y credulidad que inspiran los libros sagrados y, sin ir tan lejos, en el plus de veracidad que siempre estamos dispuestos a conceder al texto impreso (“lo escrito, escrito está” decían los antiguos para significar que algo no tenía vuelta de hoja). Pero el más importante es el de que la lengua nació para la comunicación y el entendimiento. Sin duda esto es cierto; pero, también, que, desde sus orígenes, las lenguas  han sido usadas para la ocultación, el engaño y la confusión. De ello pueden ser muestra las jergas gremiales, como la jurídica, las caligrafías herméticas, como la de los médicos, etc.


No todo lo que encuentra expresión hablada o escrita tiene la finalidad de ser comprendido. Los griegos ante cualquier problema vital, personal o colectivo, solían consultar a los oráculos, canales de comunicación con los dioses. Uno de los más venerados era el de Apolo en Delfos. Allí el dios hablaba a través de una médium, en trance, seguramente inducido por alguna droga (quizás laurel o yedra que abundaban en la zona), con palabras realmente herméticas que ponían al solicitante en mayores dificultades para entender nada que antes de la consulta. Sin embargo a posteriori siempre era posible encontrar una relación entre las palabras de la pitonisa y lo que realmente hubiera ocurrido. Cómo no.

Se espera mucho de las palabras: que contengan mensajes nítidos; que sean siempre veraces; que se reciban con veneración cuando supersticiosa o interesadamente se las atribuimos a quienes por su naturaleza no pueden hablar o simplemente no existen. Uno de esos discutibles emisores de mensajes es el pueblo, protagonista desde que se impusiera el sufragio universal y ascendieran las clases populares a la escena política. Un proverbio de tiempos de Maricastaña rezaba: vox populi, vox Dei (la voz del pueblo [es] la voz de Dios). En la imprecisa época  en que se acuñara aún no se había inventado la democracia, pero sí, evidentemente, la demagogia y el populismo. Eso nos pone sobre la pista de posibles fraudes en torno a la palabra de tan fantasmal sujeto.

Cuando se hace una consulta electoral se pregunta a cada ciudadano. Si a la suma de los votantes la llamamos pueblo, su voz sólo puede ser una algarabía indescifrable con la que es imposible entenderse sin el recurso a las matemáticas (no en balde dijo algún ocurrente facha patrio que “morir por la democracia es como morir por el Sistema Métrico Decimal”). Pero las matemáticas no dan pie a muchos matices y a veces su voz es también críptica. Desde luego, nunca nos pueden decir si lo que quiere el pueblo es que haya pactos, que sean transversales o entre afines, unas nuevas elecciones o cualquier cosa por el estilo, entre otras razones porque el pueblo es sólo una abstracción y adjudicarle deseos y voz es sólo prosopopeya, o sea literatura. Los políticos son libres de interpretar una u otra cosa. Sólo a posteriori se sabrá si su decisión despertó más aprobación que disgusto, o a la inversa.

Es la hora de los políticos y de la política. La especulación sobre el mandato popular puede entretener, pero también aburre, aburre mucho.


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Muy bien dicho...

Saludos