4 jul. 2012

Empresarios


Para España ésta no es solamente una crisis de la deuda. Cierto que las manifestaciones de la debacle económica han ido focalizándose en la deuda, pública y privada. Primero en la privada por su volumen (70% del total), después en la pública por la caída de los ingresos. Por último en una amalgama explosiva en la que el Estado mete dinero en los bancos para garantizar su viabilidad y los bancos compran deuda soberana que no encuentra otra demanda en los mercados. Sin embargo, repito, este no es el problema principal.

La cuestión básica es que, una vez demolido el castillo de naipes de la construcción, aquí no hay actividad económica capaz de sostener el tinglado-país. Con una cuarta parte de la población activa en paro, y creciendo, las perspectivas son desoladoras. La iniciativa privada está paralizada por la falta de demanda y la inexistencia del crédito, y la restricción brutal del gasto público profundiza cada vez más en la depresión. La coyuntura no puede ser peor.

Pero, recordando tiempos mejores, hemos de reconocer que en los momentos exultantes del subidón económico, nunca nos acercamos al pleno empleo, por el contrario, siempre mantuvimos cifras muy por debajo de la media europea. El paro forma parte de nuestra estructura económica. A mi juicio, eso demuestra que el crecimiento era impostado, e importado. Se debía más a los beneficios que se derivaban de la pertenencia a la UE (moneda única, inflación controlada, bajos tipos de interés, subvenciones…) que a una mejora de nuestra peculiar dinámica económica. Una economía incapaz de emplear a su mano de obra disponible, que carece de los instrumentos necesarios para aprovechar con eficacia un recurso tan básico, es una economía raquítica o que adolece de malformaciones graves.

Cuando en los años sesenta los trabajadores españoles marchaban a Europa por centenares de miles en busca de empleo eran fundamentalmente población expulsada del campo que no encontraba en las ciudades españolas actividad suficiente para acogerlos. Hoy son jóvenes de alta cualificación los que ponen sus ojos en los mercados de trabajo exteriores. En ambos momentos la causa es una penuria de empresas que demanden sus capacidades y las pongan en valor aquí.

La falla principal, sin minusvalorar otras, se me antoja que está en los empresarios, en su número, en su cualificación y en su condición. Por alguna razón, por muchas y complejas quizá, la condición de empresario ni ha proliferado ni ha dado los mejores ejemplares por estos lares. Podría apuntar algunas de esas razones pero temo caer en el tópico y, en todo caso, obedecería más a la intuición que al análisis bien fundamentado. El caso es que, según parece, con el estímulo del crecimiento de los últimos años su  número se multiplicó, pero, si su condición era ya históricamente poco consistente, su propagación acusó los rasgos de frivolidad y ligereza de que adolecía tradicionalmente. Más que empresarios, simples especuladores que se agitan para obtener un buen bocado, aprovechando la coyuntura, con el mínimo riesgo y esfuerzo, pero dispuestos a abandonar al menor signo de dificultad, plantando a empleados y acreedores sin más. En España hay más capitalistas conocidos por sus quiebras que por el éxito de sus empresas. Los que han acumulado un patrimonio que permite que se les aplique el calificativo de capitalistas prefieren la inversión especulativa y, en todo caso, el refugio en paraísos fiscales. El atesoramiento de siempre. Los que por su cualificación  pueden optar a la gestión de grandes empresas (la noblesse de robe de la economía) se apresuran a acumular patrimonio o asegurarse blindajes millonarios, aún a costa de la viabilidad a medio o largo plazo de las propias entidades que tienen encomendadas,  como se ha visto.

Lo más sano se encuentra entre las pequeñas empresas y autónomos en vías de transformarse en empresarios, aunque en un alto porcentaje imiten en lo que pueden los comportamientos de los grandes, como es de esperar. Las actitudes de los poderosos son el horizonte de los demás. Las tradicionales virtudes de laboriosidad, perseverancia y riesgo calculado pasaron a hacer compañía a la ropa de otras temporadas.

En el examen general de conciencia en que estamos (inducidos a la autoflagelación por nuestros socios del norte), en la búsqueda de aquellos individuos o colectivos, o de aquel defecto o tara social que más culpa ha tenido en la crisis, yo apunto una raquítica y malformada clase empresarial, atenta al enriquecimiento fulminante, pero incapaz de aprovechar con eficiencia los recursos del país.




5 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Has puesto el dedo en la verdadera llaga !

Mark de Zabaleta

Anónimo dijo...

Me parece muy relevante la reflexión sobre esa falla en el número y la bondad de los empresarios españoles. Efectivamente, ésa es la llaga.

F.S.C.

Anónimo dijo...

Para explicar esta "falla principal" del empresariado español me parece excelente el artículo de Alberto Recarte "España: la marca del intervencionismo", publicado en la Revista de Occidente nº 179, de abril de 1996.
No he podido o sabido encontrar el enlace del texto en internet. El artículo citado explica bastante bien, además, las causas del déficit público y la crisis económica actuales.
F.S.C.

Manuel Reyes Camacho dijo...

Yo también señalaría con mi dedo a la misma causa. Las empresas que he conocido, a nivel provincial o regional, que han llegado a hacerse grandes, en cuanto una empresa extranjera se interesó por ellas fueron vendidas, y sus respectivos creadores, tras guardar los millones en un calcetín, se dedicaron al encaje de bolillos y la petanca el resto de sus días. Carecemos de empresarios. Sospecho que únicamente se crían algunos en Cataluña y País Vasco. Aunque estos últimos ya se marcharon huyendo de los etarras.

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo también con Manuel R.C. Creo que en la falla de empresarios es fácil que estemos todos de acuerdo. Averiguar las causas de este hecho, para conjurarlas, tiene una mayor dificultad. Por eso me he permitido aportar la cita del artículo de Recarte, de mucho antes de la crisis, que analiza algunas de las posibles causas.