21 nov. 2009

Esclavos

Los romanos usaron la palabra servus, de la que procede siervo y sus derivados; esclavo viene de eslavo, utilizado por los griegos de Bizancio – denominación étnica que acabó por significar la condición jurídica por su abundancia– y de ahí pasó al latín tardío y al árabe. En todo el mundo antiguo la esclavitud fue habitual, incluso llegó a constituir en Grecia y en Roma la base del sistema económico. A partir del siglo III se fue degradando el modo de producción esclavista hasta desembocar en el sistema de servidumbre: los esclavos por un lado y los campesinos libres por otro se habían convertido en colonos, siervos, que quedaron sujetos a la tierra, una forma mitigada de esclavitud. La expansión colonial desde el XVI resucitó con fuerza inusitada esta vergonzante institución, a la vez que desaparecía la servidumbre, hasta que la Ilustración y la formulación de los derechos humanos lo minaron ideológicamente, mientras el capitalismo industrial lo dejaba sin sentido económico. En el XIX quedó fuera de la ley en todo el mundo occidental; hoy sólo se mantiene legalmente en Mauritania.

Pero la esclavitud tiene unas fronteras difusas que han habitado millones de personas: siervos, indígenas bajo el régimen colonial, mujeres, niños, presidiarios, minorías de todo tipo, cautivos… Se puede asegurar que históricamente la mayor parte de la población del mundo ha vivido en situación de esclavitud o semiesclavitud, lo que no dice mucho a favor de la humanidad. Afortunadamente la evolución económica la dejó sin sentido utilitario y la expansión del concepto de ciudadanía la convirtió en despreciable. Tanto las iglesias cristianas como los mulah o ulemas islámicos suelen alardear de haber sido los primeros en la condena de la esclavitud. Nada más falso.

En la Biblia la esclavitud no sólo se presenta como algo natural, sino que en ocasiones Jehová incita a los judíos a masacrar y esclavizar a pueblos enteros. Jesús parece no verla, no pronuncia una sola palabra sobre ella; Pablo, si bien declara que todos somos hijos de Dios, exhorta repetidamente en sus cartas a los esclavos a que acepten su condición, sean sus amos cristianos o paganos, y vean en sus dueños al Señor. Los Padres de la Iglesia hablan de la esclavitud en diversas ocasiones y con varios motivos, pero ninguno se pronuncia en contra. En la Hispania visigoda los concilios de Toledo legislan sobre ella, pero no precisamente para prohibirla o limitarla, en uno de ellos decretaron la esclavización de todos los judíos. No conozco ningún documento de la Iglesia hasta el S. XIX –en que las autoridades civiles la prohíben– que la condene, ni anatematice o repruebe a los que comercian con ella o tienen esclavos. De hecho los monasterios fueron propietarios de esclavos y también los papas y las altas jerarquías de la Iglesia. En América el debate sobre si los indios podían ser sometidos o no a esclavitud se resolvió porque la Corona los consideró súbditos y, por tanto, sometidos a su protección; así y todo, el sistema de encomiendas y la mita fueron instituciones esclavizadoras –fray B. de las Casas, pretendía defender a los indios sugiriendo la importación de esclavos negros–. Por ninguna parte hay trazas de una oposición de la Iglesia, que, en su abyecta exaltación del sufrimiento y la mansedumbre, no encuentra motivos para su condena.

El Islam no sale mejor parado. Alguna frase en el Corán que puede interpretarse favorablemente es desmentida en seguida de palabra y de obra. La institución de la poligamia se convirtió en la excusa para la esclavitud sexual de las mujeres. Ninguna otra cultura ha degradado a la mujer de forma más profunda y generalizada que la islámica, aunque la bobaliconería occidental le haya quitado hierro cubriéndola de literario y romántico exotismo –los califas de la época clásica sostenían harenes de miles de mujeres, todavía visibles hoy (es un decir) en Arabia–. Los musulmanes utilizaron esclavos hasta en la administración y el ejército con lo que mantenían al Estado alejado de los súbditos a los que controlaban despóticamente, como ocurría con los jenízaros turcos capturados de niños entre los cristianos para educarlos como un cuerpo militar de élite. Fueron mercaderes musulmanes los que con un rosario en una mano y el látigo en la otra abastecieron los puertos del índico y del mediterráneo de mercadería humana.

En este asunto de la esclavitud la moral laica, la ética ciudadana, se ha mostrado muy superior a la religiosa.

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