9 mar. 2010

Moisés

En Viena en 1937 la situación de los judíos era sumamente precaria. En ese ambiente, afectado ya por la enfermedad que acabaría muy poco después con su vida, emprendió Freud la redacción de Moisés y la religión monoteísta, aunque estaba convencido de que no podría publicarlo. Sin embargo, lo haría un año después, exiliado ya en Londres.

Si la obra de Freud es polémica casi en su totalidad, este pequeño ensayo lo es más aún porque desmonta la leyenda del fundador de la religión judía y su origen, lo que equivale a decir del monoteísmo, y abre con el bisturí de la crítica racional las entrañas del mito. Demasiado atrevimiento como para que no se le crucificara una vez más. Me desentenderé de la polémica y haré caso omiso del tiempo transcurrido para exponer o glosar su contenido, que no ha perdido la más mínima porción de interés porque, según mi criterio, conserva tantos elementos de racionalidad y verosimilitud, como en el momento de su gestación.

Moisés no era judío: su nombre es egipcio y aparece frecuentemente entre los egipcios como partícula que se combinaba con el nombre de alguna divinidad, significando “niño de”; la leyenda del abandono en el río y la recogida y adopción por parte de una hija del faraón cumple el relato protocolizado del nacimiento del héroe fundador (según lo formulara Otto Rank), mil veces repetido en los orígenes de tantos pueblos, sólo que, en este caso, invertido, ya que la familia de acogida es la noble, para Freud una prueba más de su filiación egipcia, siendo adoptado después por los judíos. Quizá Moisés era en realidad un personaje encumbrado de la corte de Akenatón, el faraón reformador que transformó la religión egipcia en un monoteísmo estricto, muy espiritualizado, exento de rituales mágicos y de alto nivel ético: su divisa era “verdad y justicia”. El fracaso rotundo de la reforma tras la muerte del faraón debió dejar a sus seguidores huérfanos y frustrados. Es posible que Moisés intentara la continuación de la obra de su rey para lo cual adoptó como pueblo propio a algunas tribus semitas de las que habitaban en Egipto desde las invasiones del S. XVII a. de C., liderando a las cuales se exilió de un país que ya no reconocía como suyo. Con dificultades logró que adoptaran el monoteísmo (episodio del becerro de oro) y la circuncisión como símbolo de alianza con su Dios (hoy sabemos que esa práctica era egipcia, no semita) y marcharan en busca de una tierra prometida, supuesto hogar originario. El proyecto resultó complicado, Moisés fue asesinado en una revuelta que rechazó con violencia su autoritaria imposición religiosa de difícil comprensión, y su pueblo que deambulaba por la región madianita, entre el Sinaí y el norte de Arabia, acabó por adoptar un dios local de carácter volcánico, airado y violento: Jehová. Sin embargo, la doctrina mosáica, que permaneció un tiempo en estado de latencia (como los traumas que generan la neurosis), acabó imponiéndose al fin por obra de los levitas, denominación de los pertenecientes a la tribu sacerdotal, pero que seguramente identificaba a los del círculo de Moisés, casi todos de origen egipcio. La fusión de la divinidad exclusivista y espiritual, privada de ritual, incluso de nombre, procedente de la experiencia egipcia, con el turbulento dios madianita de veleidades sanguinarias, produce el chocante dualismo que desconcierta a cualquier lector de la Biblia. De la misma manera, con la muerte de Moisés se cumple el rito del asesinato del padre, mientras que el sentimiento de culpa por el crimen cometido colectivamente hace aflorar, a la larga, la neurosis liberadora, la religión que el propio Moisés les legara y que había permanecido algún tiempo en la sombra.

No estoy seguro de haber aportado en esta síntesis todos los elementos necesarios para su comprensión, ni de haber permanecido fiel a las ideas de Freud, pero sí que espero haber dejado claro, por una parte, lo reveladores que pueden ser los mitos y, por otra, la necesidad del recurso a la razón para identificarlos como tales. La cuestión es que el judaísmo tiene su origen en el mito mosáico, pero también el cristianismo, que, según ya apuntaba Freud, es una repetición del mismo, oficiado en esta ocasión por Pablo (nuevo asesinato del Padre en la figura vicaria del Hijo), si bien abandonando esta vez el monoteísmo estricto al reintroducir el culto a la Diosa Madre y otras advocaciones del universo politeísta romano, “desviación” que corregiría más adelante el islamismo.

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NOTA: el primer enlace de esta entrada contiene el texto íntegro del ensayo freudiano.

1 comentario:

eclesiastes dijo...

Bueno, la existencia de un Moises y un exodo en la epoca que se pretende es bastante poco probable.
La reforma del faraon monoteista fué de un fanatismo intolerante que le dió poca viabilidad.
Y parece ser que los hebreos no eran un pueblo extrangero a Canaán.
Los mitos son interesantes y vigentes como mitos, en sí mismos, y tambien para jugar a buscar de donde salen, qué hubo en su origen y formación.
Lo interesante del Freud es lo que construye con los datos que tiene en su momento. Y construye mitos.
Yo recomiendo a un arqueologo israelí, Israel Finkelstein, como abanderado de explicaciones historicas del tema.
"La Biblia desenterrada", p.e.

Salud.