5 mar. 2014

Mismos perros, distintos collares

En los años de tránsito del siglo pasado a éste dirigió la Reserva Federal, institución clave en la política económica de USA y el Mundo, Alan Greespan, uno de los apóstoles del neoliberalismo. En su informe anual ante el Congreso en 1997 justificó el éxito económico de su política porque estaba imponiendo «una mayor inseguridad en los trabajadores». El evangelio neoliberal se escribe en ‘neolengua’, invirtiendo la semántica al uso para desembocar en una jerga confusa a oídos del común pero transparente para sus seguidores; rara vez utiliza expresiones tan reveladoras de su verdadera sustancia como la anterior, pero, a veces, cuando sus pastores se sienten rodeados de colegas, ignoran al rebaño y pierden las formas.
Ya en los balbuceos de la nueva era en la que ahora boqueamos, el Partido Conservador Británico de Mrs. Thatcher, se planteó un cambio drástico que desmontara el dominio socialdemócrata y su criatura: el Estado del bienestar. No aspiraban a asegurar su puesto en el tradicional turno de gobierno sino a cambiar el modelo de sociedad dinamitando las posiciones que los trabajadores habían venido conquistando desde la guerra. Para ello «Thatcher lideró la flexibilización en el mercado laboral, la privatización de empresas públicas y redujo el poder de los sindicatos» (¿Suena familiar?). Los dos primeros objetivos eran imposibles sin el tercero, así que preparó la respuesta a la previsible y esperada huelga de mineros (1984/85) como un estado mayor prepara una operación militar. La confrontación fue épica, pero, por lo mismo, la derrota sindical en que desembocó tuvo proporciones de cataclismo para la clase trabajadora. A la vez que se desarticulaba el movimiento obrero se lanzaban cantos de sirena que pregonaban un novedoso capitalismo popular en el que los trabajadores podrían participar en los proyectos capitalistas, que levantaban vuelo tras la venta de las empresas estatales y la privatización de los servicios públicos, liberados de la “tiranía” y el “chantaje” sindical respectivamente. Para ello nada mejor que una desregulación financiera y una flexibilización laboral que engrasaran el sistema. La voladura del movimiento obrero en Gran Bretaña fue de tales proporciones que el Labour Party, criatura histórica de los sindicatos, acabó renegando de sus fundamentos ideológicos y concibiendo una “tercera vía”, que no era otra cosa que la aceptación del nuevo statu quo establecido por sus, antes, enemigos de clase.

En España cualquier parecido con el movimiento sindical británico sería pura y milagrosa coincidencia. Liquidado manu militari por el franquismo su resurrección fue posible por el ánimo luchador de una minoría esforzada, pero su consolidación se debió tanto como a la iniciativa popular que, por cierto, nunca se lanzó a la militancia masiva, a las políticas de promoción de las formas democráticas del Estado de la Transición.  Como en los partidos, la financiación, prebendas y subvenciones han tenido un papel importante, que, en lugar de disminuir, han crecido con el tiempo. Un pecado original que tiene mucho que ver con su descrédito actual.

Con la crisis, desencadenada precisamente por los excesos que siguieron a la desregulación de los mercados financieros, los sindicatos españoles se han visto gravemente afectados. La desindustrialización y el paro los han llevado a una situación famélica, el desprestigio de la política y los políticos les han alcanzado igualmente, porque muchos trabajadores los identifican con la clase política (el pecado original). En esas circunstancias el gobierno reaccionario de Rajoy ha podido dedicarse a desmontar minuciosamente los derechos y seguridades laborales con la reforma laboral sin prácticamente resistencia. Aquí ha sobrado cualquier épica.

Llegamos así a la receta de Thatcher, Greespan & Cia: la cuestión es que los trabajadores estén más inseguros, jurídicamente indefensos, sindicalmente huérfanos; no irán a la huelga y aceptaran cualesquiera condiciones de trabajo y de salario. Una bendición para la subida de la productividad que desde tanto tiempo vienen reclamando los economistas de la cosa. La macroeconomía está de enhorabuena.

¿Quién se acuerda ya de la lucha de clases, del proletariado y la burguesía? En un texto de Noam Chomsky he leído dos nuevos términos: precariado y plutonomía. No es ‘neolengua’ sino un intento de hacernos comprender que son los mismos perros con distintos collares.

1 comentario:

jaramos.g dijo...

En Gran Bretaña defenestraron a los sindicatos; en España se están arrojando ellos solitos o, en todo caso, con un leve empujón, una vez situados en el alféizar. D'accord, amigo Arco. Salud(os).