11 mar. 2014

¿Existe una cultura europea?

¿Existe una cultura europea? Si la respuesta fuese afirmativa ¿Cómo definirla o describirla? En este momento en que la construcción de una unión europea parece imparable (a pesar de la crisis y porque al superarla es de prever un salto adelante) estas preguntas son pertinentes.

Cuenta la mitología clásica que Europa era una princesa fenicia, semita según nuestros esquemas etno-históricos de hoy, que fue raptada por Zeus. Se había mostrado ante ella como un manso toro blanco, pero tan pronto la ingenua muchacha se encaramó confiada en su lomo emprendió la carrera que ya no detuvo hasta llegar a Creta.


Para muchos lingüistas, personajes menos simpáticos que los narradores de mitos pero quizás no menos fantasiosos, el nombre del continente proviene de la raíz semítica (otra vez los semitas) rb con la que se designa la puesta del sol (irib en asirio, ereb en arameo), uruba designaría “las tierras occidentales”. Visto desde Oriente Medio el asunto tiene sentido.

Lo cierto es que ni los griegos, que ocupaban una parte mínima y extrema, ni los romanos denominaron así al continente. Todavía en el S.IX d.C., Carlomagno, que construyó el primer imperio francamente europeo, lo denominó Imperio Romano Germánico, ignorando por completo el vocablo Europa. De hecho, para unos y otros, la mayor parte del territorio que hoy responde a esa denominación era simplemente tierra de “barbaros”, gentes ignorantes que desconocían la cultura griega o, después, latina.

Sin embargo ningún europeo de hoy dudaría en afirmar que el origen de la civilización europea (?) está en Grecia y Roma. Es allí donde identificamos nuestras raíces, tanto los que se asoman al Mar del Norte o al Báltico como los que lo hacemos al Mediterráneo. Probablemente sea el rasgo que más europeos identifican como distintivo, proceder de la civilización greco latina.

Pero hagamos un zoom sobre el mundo antiguo.

Los helenos florecieron en un archipiélago extremo oriental del Mediterráneo y las costas continentales circundantes, que eran europeas y asiáticas por igual. Su lengua indoeuropea (como la de los persas) se escribía con un alfabeto fenicio. Su panteón, si hemos de hacer caso a Herodoto, era importado de Egipto. De hecho Grecia vivía de espaldas al continente y cuando Alejandro emprendió la construcción de un gran imperio ni se le pasó por la imaginación ir hacia occidente, por el contrario marchó hacia oriente y Egipto. El mundo helenístico (postalejandrino) contó con el griego como lengua franca (en hermandad con el arameo) pero se extendía por un espacio en el que se difundió el judaísmo, nació el cristianismo (todos los textos del Nuevo testamento se escribieron en griego) y podía inscribirse casi por completo en el territorio que siglos después sería el islam. Los griegos eran mediterráneos y sólo después de que ingleses y alemanes se los apropiaran como ancestros culturales en el romanticismo nos hemos acostumbrado a imaginarlos como germanos, con rizos dorados y ojos claros.

Por su parte, los romanos tuvieron como eje el Mediterráneo (Mare Nostrum), pero por el norte nunca sobrepasaron la línea Rin-Danubio y por el sur alcanzaron los desiertos arábigos y africanos. Cuando en sus postrimerías se dividió el Imperio no lo hizo siguiendo una línea de Este a Oeste sino de Norte a Sur de manera que en las dos partes había pueblos europeos y asiáticos o africanos.

Sólo después de que durante la Edad Media las tres religiones abrahámicas acabaran distinguiéndose nítidamente por el procedimiento de ir marcando conscientemente las diferencias, el Mediterráneo se levantó como frontera. El antiguo magma en el que no se distinguía Europa, Asia o África, que había levantado una de las culturas más brillantes de la humanidad, se fragmentó en partes que, en el mejor de los casos, se ignoraban.

En Europa, el Renacimiento humanista recuperó como propias muchas de las conquistas de los antiguos, y la ilustración ahondó en el proceso dos siglos después. Pero los irracionalismos, romántico o de otros apellidos, del XIX y parte del XX utilizaron métodos pseudocientíficos y una descarada manipulación de la historia para presentárnoslos como nuestros directos ancestros, radicalmente opuestos en su perfil cultural a un supuestamente bárbaro, confuso y artero, aunque quizás refinado, oriente. Operación facilitada por la tarea previa llevada a cabo durante siglos por el debate y pensamiento religiosos.

Se da pues la paradoja de que aquello que compartimos los europeos y que puede ser la base de una supuesta cultura común es algo que nunca existió. Nada nuevo si tenemos en cuenta que todas las naciones se basan en mitos fundacionales, por definición, falsos. Quizás tendríamos que felicitarnos porque al menos contamos ya con un cuento por el que a cualquier europeo se le pueden humedecer los ojos de sentimiento y orgullo. ¿Quién dice que Europa no tiene porvenir?
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Libro recomendado: Martín Bernal: Atenea negra. Ed. Crítica.
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