25 mar. 2014

Suárez y la Transición

La desaparición de Adolfo Suárez nos hace volver de nuevo sobre la Transición y sus protagonistas, y, cómo no, sobre el valor político y humano del personaje.

Los análisis a corto plazo son siempre problemáticos por la inaccesibilidad de los documentos, los intereses aún vivos y las traiciones de la memoria. La mitomanía, tan irresponsable y frecuentemente cultivada, es otro elemento tergiversador.


Mi opinión sobre aquellos días es que el impulso transformador procedió del régimen que agonizaba acompañando a su creador y factótum, el dictador. Que las masas populares jugaron básicamente un papel de figurantes (desde el régimen siempre se les disuadió de la participación y la oposición, demonizada durante décadas, le inspiraba recelo, así que permaneció expectante y mosqueada, por aquello de que más vale malo conocido…). Que la oposición democrática, como sector concienciado y organizado, era insignificante, incapaz de arrastrar una masa decisiva o influyente por el número y sólo creció y se fortaleció con el proceso mismo de la transición.

Desde antes de que muriera Franco (1973) un grupo de personajes del régimen comenzó a publicar con el seudónimo de Grupo Tácito análisis y propuestas sobre la necesidad de una salida democrática. Entre sus creadores y participantes más activos estaban Osorio o Álvarez de Miranda junto con otros muchos que luego aparecerían en puestos clave de la transición.

El desarrollismo impulsado en los años sesenta por los gobiernos tecnócratas del último periodo franquista permitió una cierta aproximación a Europa pero, sobre todo, despertó la esperanza de que, económicamente era posible una confluencia con los países desarrollados de occidente; sin embargo, la peculiar condición política del país se alzaba como un obstáculo insalvable. Así y todo se inició una aproximación al Mercado Común aunque sin ningún resultado positivo. Como cabría esperar, elementos jóvenes del sistema con mentalidad abierta y cierta formación europea o calidad intelectual empezaron a moverse para cuando se produjeran las “previsiones sucesorias”, eufemismo con el que se aludía a la, próxima ya, muerte de Franco.

Hubiera sido normal que se produjeran contactos entre estos grupos y la oposición democrática y clandestina, pero apenas si los hubo. De hecho, el PSOE hasta el congreso de Suresnes (1974) no despertaba del largo letargo tras la guerra; el PCE se había convertido tras años de manipulación histórica en el enemigo batido en 36/39 y, en todo caso, despertaba enorme recelo porque se le suponía gran capacidad y disciplina forjadas en la lucha clandestina, a todas luces una sobreestimación; los nacionalistas tampoco eran bien vistos, por razones obvias, y liberales, cristianodemócratas o socialdemócratas no existían como organizaciones con las que se pudiera dialogar, sino sólo como individualidades algunos de los cuales estaban integrados en el régimen (algunos tácitos, por ejemplo).

Así las cosas, murió Franco. Después de las primeras vacilaciones o distracciones con el interregno Arias, el Rey encontró a Suárez.

Hombre de formación intelectual muy justa, pero resolutivo y ambicioso, Suárez se había encaramado en la Secretaría Nacional del Movimiento, utilizando sus contactos, buen hacer y simpatía personal. No estaba integrado en ningún grupo reformista pero tuvo la visión clara de que después de Franco sólo cabía desmontar el sistema para afrontar los nuevos tiempos. La coincidencia con el rey en esta idea política básica fue decisiva. Era inevitable contar con los grupos reformistas del interior, inquietos y en fase de protoorganización, lo que hizo desde el primer momento con gran resolución, aunque no tenía con ellos contacto previo, sorprendiendo e incluso superando expectativas.

La oposición democrática empezó a moverse intensamente desde poco antes de la muerte del dictador: Junta Democrática (con el PCE) o Plataforma de Convergencia Democrática (con el PSOE). Optaban por la ruptura, como no podía ser menos, pero fueron incapaces de convencer al país que votó masivamente en el referéndum de la Ley para la Reforma Política, arrancada por Suárez con habilidad a los ‘procuradores’ franquistas y ofrecida a la nación como promesa de reforma (sólo reforma) cuya profundidad estaba por ver. El resultado de la consulta dejó desarmada a la oposición para otra cosa que el pacto. Se había hecho bajo la legalidad franquista y sin las garantías democráticas exigibles, pero en circunstancias excepcionales se exigen comportamientos extraordinarios, sin embargo la mayoría del pueblo español (lo expresaré sin superlativos) se comportó como fue habitual en los últimos tiempos de la dictadura, con un seguidismo digno de mejor causa. Lo digo para los aficionados a tirar balones fuera, exportar responsabilidades y santificar al pueblo, no siempre víctima inocente.

Naturalmente hubo minorías muy activas y batalladoras, a las que podemos culpar ¿por qué no? de que no fueron capaces de acarrear el peso de los que arrastraban los pies, de los que los clavaban al suelo y de los que los ponían en la dirección contraria. Herederos (no biológicos) de estos claman hoy contra las deficiencias de la transición y exigen la voladura de sus restos.

Suárez supo maniobrar y utilizar las grietas que dejaba la inercia de unos, la sorpresa de muchos y la necesidad de otros para colocar los cimientos de la primera estructura (nunca sabremos si tenía un diseño previo) verdaderamente democrática de este país. Todavía con las herramientas en la mano fue abandonado y condenado por todos (incluido el pueblo elector) ya que cada cual podía esgrimir agravios y reproches más que suficientes. El tiempo, la enfermedad y la muerte convirtió, como suele, los gestos agrios en pucheros y lágrimas.

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