10 jun. 2010

Sindicalismo y crisis

Hace tan sólo semanas el gobierno sostenía que no era necesaria una reforma laboral que le venían pidiendo desde distintos sectores algunos tan poco autorizados como el financiero. Ahora la impone por decreto, tras el fracaso de la mesa sindicatos patronal, alegando su inevitabilidad. Es posible que sea necesaria una reforma en este sentido; puede que una desregulación (flexibilización es el eufemismo) del factor trabajo redunde a la larga en una reducción del paro, como aseguran los adoradores del mercado libre; pero, no cabe duda de que es una medida importante en el desmantelamiento del sistema social europeo, que entre otras cosas amenaza en España con cargarse el sistema sindical, como ya ocurrió con el británico en tiempos de M. Thatcher.

El sindicalismo en nuestro país ha adolecido de su tardía recomposición, después de haber sido desmantelado por el franquismo. En realidad no logró situarse a la altura de los del entorno europeo, entre otras razones por falta de arraigo entre las clases trabajadoras (al franquismo no lo derribó ni la lucha política ni la obrera, se murió de viejo, como su fundador). Por las peculiaridades de la Transición, muy pronto desde el poder se protegió a los sindicatos legal y económicamente, como se hizo con los partidos, por entender que eran instrumentos imprescindibles en la consolidación democrática. El efecto fue sin duda positivo, pero tuvo contrapartidas: dificultad para inspirar credibilidad entre los que eran objeto de su lucha; desde su legalización se han sostenido más por la ayuda estatal que por el esfuerzo de sus defendidos; como consecuencia, muchos trabajadores los ven como un instrumento más del poder o de la administración del que esperan algo, pero con el que no se implican. Curiosamente las direcciones de los grandes sindicatos han actuado casi siempre con responsabilidad y eficacia y en muchas ocasiones han demostrado más sentido de Estado que muchos políticos o partidos, lo que es de agradecer, pero no ha contribuido a su imagen como organizaciones en defensa exclusiva de los intereses de los trabajadores.

Los sindicatos no pueden aceptar una reforma laboral que suponga un retroceso importante de las conquistas consolidadas en el pasado, el sacrificio tiene un límite, más difícil de soportar si los sectores responsables de la situación se van de rositas, como muestran todas las evidencias. Lo peor del caso es que la respuesta, la huelga general, no puede ser más que testimonial, y, por tanto, muy probablemente, un fracaso, como ha ocurrido con la de funcionarios. El callejón no tiene salida. Si en la reforma con la que chantajeaba el Gobierno se incluyen medidas para trocear la negociación colectiva y, en aras de una mayor racionalidad, se rebaja a nivel de empresa, el golpe para los sindicatos puede ser mortal.

Puede ocurrir que otro de los males que traiga la crisis sobre los trabajadores sea nada menos que el desmantelamiento de sus instrumentos de lucha y defensa de sus intereses. Otro sacrificio que en el altar del mercado está a punto de ofrendar el capital, y el Gobierno de acólito.

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