29 may. 2015

El poder de la oración

Me sorprende la sorpresa que un día sí y otro también expresan los medios y sus lectores (radioyentes o televidentes) ante la reciente constatación de que el trabajo no es incompatible con la pobreza, ¡que hay trabajadores pobres! ¿De dónde salen? (los pobres no, los sorprendidos) ¿En qué sociedad han nacido, han vivido, se han educado? Aparte Los tres cerditos y otras similares ¿cuáles fueron sus lecturas? Puede que sea cosa mía: lo mismo que las articulaciones empiezan a negarme el servicio que se supone que me deben, las neuronas responsables del asombro han podido emprender el mismo camino de insurgencia. No creo porque de hecho me maravilla el fenómeno (que se sorprendan), como manifiesto a la entrada.


Para quien no lo sepa, desde que la humanidad inventó eso que llamamos civilización, digamos que algo más de diez milenios, los que trabajaban eran los pobres. La supercivilización que fue la revolución industrial no mejoró las cosas. Por seguir con la literatura, ¿ha leído alguien a Dikens o a Zola? El pozo en el que cayó la clase trabajadora parecía no tener fondo en el paraíso liberal capitalista que pergeñó la modernidad. La cosa estaba tan chunga que el movimiento obrero pugnó por la revolución. La síntesis que nació de la revolución obrera/reacción capitalista alumbro después de la Segunda Guerra Mundial una situación en la que por primera vez los trabajadores se convirtieron en ciudadanos, en sujetos de derechos y su situación económica mejoró hasta igualarse a los últimos escalones de las clases medias. Desgraciadamente parece que fue un paréntesis porque, después de los ochenta, la tormenta neoliberal gana posiciones a pasos agigantados hasta retrotraernos a tiempos menos felices. Lo que pasa es que los que nacieron en el paréntesis no se dan mucha cuenta del asunto.

Seguramente por eso se felicitan de la reciente debacle del sindicalismo, absolutamente desprestigiado por sus propios pecados, la insidia del capital y la incuria de los nuevos trabajadores-clase media. Proclaman con la inocencia y la ignorancia de la juventud que lo de la izquierda y la derecha son monsergas de abuelos. Fuerzan a los que todavía tienen alguna consciencia de la realidad a usar máscaras sacadas de Juego de tronos y otras fábulas, con el evidente peligro de convertir la lucha social en una mascarada.

Algunos vejestorios, como el que escribe, que hace mucho habían enterrado a los dioses, nos vemos avocados a la oración como única esperanza. Por favor, Señor, que todo esto que digo sea sólo una mala pesadilla. Amén.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

La fe mueve montañas...cuando son de arena !

Saludos