14 may. 2015

Encuestas

Me levanto temprano e indefectiblemente me desayuno cada día con un café con leche largo y una encuesta al gusto… de quién la encargó. Por ellas me entero de que los míos no paran de encoger: llevan embebiendo muchos meses y a estas alturas no valen ya ni para unas elecciones en Lilliput. Mi voto será irrelevante, como siempre, sólo que en esta ocasión amenaza con convertirse en una rareza. Bueno, cuando los que ganen empiecen a hacer sandeces, si no putadas, nadie podrá acusarme de responsabilidad alguna, ni por acción ni por omisión. No es poco, porque una cosa es que uno haya metido mano en bolsa pública, perseguible por la justicia pero excusable ante la opinión ‒mil ejemplos de exitosos políticos corruptos lo avalan‒, que haber votado a un cantamañanas, verbi gratia Zapatero, no perseguible pero imperdonable ante la conciencia propia y la opinión ajena. Francamente, yo temo más a la conciencia, que me quita sueño y apetito, que a la justicia, que me proporcionaría cama y rancho. A juzgar por la densidad de la población carcelaria, a los demás les ocurre lo mismo, sólo que ellos no tienen empacho alguno por poner en práctica sus preferencias por la segunda parte de la alternativa.


Me fui por las ramas como tantas veces.

Las encuestas tenían una finalidad práctica: orientar a los ciudadanos en la espinosa tarea de elegir a sus representantes. Poco a poco y sin que nadie sepa cómo se han convertido en un elemento más de propaganda, cada grupo encarga la suya, que, por recíproco agradecimiento, nuca los deja mal. Los medios también se dedican a la tarea, pero, como sabemos, cada uno tiene sus preferencias ‒a lo peor son intereses, pero no quiero ponerme borde‒ que misteriosamente los resultados atienden siempre. Han proliferado tanto las encuestas que se han convertido en una actividad saneada que genera suculentos beneficios económicos, como era de esperar; pero el matrimonio ciencia/negocio nunca fue bueno para la primera y aquí tampoco ‒resulta un tanto hiperbólico llamar ciencia a esta cosa de preguntar al personal cuatro cosas, pero bueno...‒. Ha ocurrido como con los debates y tertulias: convertidos en espectáculo cotidiano, en lugar de aclarar ideas sólo buscan la espectacularidad del enfrentamiento que es lo que atrae audiencia y dinero. Seamos claros, lo que aburre de la política es la intensa comercialización de todo lo que gira en su torno, y de ella misma. Entramos en ese mercado en busca de guía e información y salimos cargados de soflamas, eslóganes, discursos panfletarios, invectivas groseras, datos seleccionados sabe quién según qué intereses y una infinidad de tonterías emanadas de memos, ignorantes y caraduras. Pues sí, va a ser que el hartazgo de la política es más bien indigestión por consumo de mercancía averiada.

Me urge cambiar el menú del desayuno. Continuaré con el café, pero encuestas ni una más, de las tertulias me quité poco después del tabaco. Entre la una y la otra seguro que mejoro el tono vital, los triglicéridos, el PSA prostático y quién sabe cuánto más.