1 may. 2015

E pluribus unum

E pluribus unum (de muchos uno) reza el sello de los EE.UU. Los Reyes Católicos, por su parte, escogieron como lema un yugo y un haz de flechas que, aparte otros mensajes más o menos evidentes, simbolizaban la pluralidad al tiempo que la fuerza que genera la unión. Los fundadores de Estados se han planteado muchas veces el dilema de compaginar la complejidad originaria con la unidad y una cierta homogeneidad que facilite su buen funcionamiento. Armonizar esta polaridad se ha convertido a veces en el gran problema, nunca resuelto, de algunos Estados. Los EE.UU. parecen haberlo zanjado con éxito, no así España.


Las Españas (en plural) del XVI y XVII se convirtieron en la España del XVIII y XIX, los Estados herederos de las coronas medievales en las provincias decimonónicas, las lenguas varias o desaparecieron o pasaron a estar subordinadas al castellano e incluso confinadas a la clandestinidad cuando arreciaron las autocracias centralistas de los borbones dieciochescos o de los dictadores del XX. Todo este proceso fue protagonizado desde el principio por la corona, que se había castellanizado sin remedio ya en el XVI. La centralización y el monolingüismo sólo se interrumpen en los breves y raros intervalos democráticos (I República, II República, Constitución del 78).

Pareciera que siempre que la ciudadanía se acerca al poder se redescubre la pluralidad. Sin embargo, la cosa es más compleja. Pasados los momentos revolucionarios o las transiciones más o menos fugaces, se olvidan los sentimientos solidarios o empáticos y empiezan a florecer los antagonismos y a tomar protagonismo los agravios, imaginarios o no. La misma gente que había redescubierto la pluralidad redescubre ahora el centralismo o el separatismo, las supuestas virtudes del castellano para todos, o del catalán, gallego o euskera en exclusiva en su solar; todo ello sin que sepamos a ciencia cierta si el impulso viene de un populismo extraviado e irresponsable de los que administran el poder o es que, con sus prejuicios y deseos profundos, condicionan los ciudadanos tales desvaríos.

A estas alturas ya no me bloqueo de emoción ante el uso, casi siempre frívolo, de la palabra ‘pueblo’ porque sé que es un concepto vacío y quien lo invoca puede ser ignorante, ingenuo o falsario; también sé que los políticos, incluso los que aseguran no serlo, se conducen más por las leyes del mercado que por cualquier otra consideración, lo sepan ellos o no. Sin embargo confío en la racionalidad, en la transacción racional que desprecia cualquier fundamentalismo nacionalista, lingüístico… para imponer como prioritarios los valores de la convivencia y la utilidad de la unión, cuanto más amplia mejor. Para colmo, ya hemos transitado siglos juntos, aunque no siempre con la voluntariedad mayoritaria que hubiera sido de desear. ¿Por qué despreciar y desaprovechar esa experiencia?

Se impone limpiar las aberraciones del pasado que siguen emponzoñando el presente, entre ellas: arrancar de la conciencia de los castellanoparlantes el horror a oír las otras lenguas españolas en el interior de las fronteras del Estado, incluidos los territorios en donde son propias; después podría venir la elaboración consensuada de un relato histórico aceptable por todas las partes, incluido el staff histórico, si es que eso es posible; y, en suma, ayudar a que miremos más hacia el futuro (quizás todavía sea posible un proyecto común) que hacia el pasado (susceptible de mil interpretaciones divergentes), lo que tantas veces nos condujo a la melancolía y a la gresca.

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