15 sept. 2010

Libros sagrados

El lector de periódicos que lee una entrevista piensa que las palabras que ve impresas son justamente las que pronunció el entrevistado ante el periodista y, sin embargo, con demasiada frecuencia, el protagonista no reconoce al leerlas su propio discurso, lo encuentra mutilado, tergiversado, de algún modo orientado a un fin que no estaba en su mente y que probablemente ha salido de la del periodista que ha plasmado por escrito lo que se dijo. Los malentendidos y las tergiversaciones, maliciosas o no, parecen ser inmunes a la experiencia del profesional entrevistador y a la tecnología moderna que permite grabar sonido e imagen.

Trasladémonos catorce siglos atrás a una zona árida, a las puertas del desierto, tras las fronteras de las dos grandes civilizaciones de la época (Persia y Bizancio), donde la cultura y la tecnología de ambas llegaban pálida y fragmentariamente En ese ambiente habla Mahoma (Muhammad), un profeta, según parece analfabeto, lo más común en el lugar y el tiempo, o que, en todo caso, nunca escribió nada. Algunos de los que le escuchan, fascinados por su palabra, y conocedores de la técnica de la escritura, toman notas de sus enseñanzas. Lo hacen en hojas de vegetales, trozos de piel o huesos. Como los escribas escasean, existen otros individuos que memorizan palabra por palabra (memoriones), lo que después alguien puede poner por escrito. Sus fieles conservaron así la doctrina revelada. Andando el tiempo, el califa Utman, cuando ya el islam se había convertido en un poder en la región, reunió los fragmentos y elaboró con ellos un libro: El Corán (la recitación), en su versión canónica, que no ha sido puesto en discusión posteriormente y que ha sido unánimemente aceptado como la palabra del profeta inspirada por Dios mismo (los textos discrepantes habrían sido destruidos oportunamente). Si Mahoma pudiera leerlo ¿lo reconocería como su propia palabra y como compendio de sus enseñanzas? La respuesta que daría un musulmán es obvia, la que daría un infiel, puede ser considerada blasfema, ya que la revelación es un dogma y El Corán un libro sagrado para los islamitas. No entro en la veracidad de la revelación misma, que según nos cuentan era recibida en accesos que la ciencia médica actual, libre de prejuicios religiosos, consideraría episodios de un síndrome de epilepsia alucinatoria.

La razón no es un arma eficaz contra las creencias, porque éstas se sitúan fuera de su alcance; sin embargo, es lícito su uso en este caso ya que es la herramienta, específicamente humana, más fiable para el conocimiento y, los que consideramos que no hay ámbito del mismo que no pueda explorar, no tenemos por qué restringir su utilización.

Seis siglos antes de estos sucesos se redactaron otros textos que contaban las acciones y la palabra de Jesús, otro profeta ágrafo, un personaje cuya existencia histórica no ha logrado ser probada históricamente. También fueron escritos tardíamente por individuos que no conocieron ni escucharon al protagonista y después de que Pablo de Tarso, otro epiléptico víctima de alucinaciones (no en balde fue llamada enfermedad sagrada) hubiera dado un giro a las enseñanzas del Nazareno sistematizando su doctrina y convirtiendo en cristianismo lo que no parecía más que un intento de renovación del judaísmo de la época. También estos textos sufrieron una purga, en este caso por parte de la Iglesia, seleccionando unos pocos como canónicos y convirtiéndolos en palabra de Dios; aunque para los cristianos su sacralidad no alcanza a la materialidad del libro como en el caso de El Corán, seguramente porque sus templos están llenos de otros objetos materiales sagrados.

No me extenderé sobre el Antiguo Testamento, básicamente la Toráh judía, porque su antigüedad y la diversidad de su procedencia y fines lo convierten en un galimatías, en donde junto a prescripciones incoherentes y caprichosas encontramos relatos inverosímiles sólo asumibles como mitos, y justificaciones y recomendaciones o exigencias de comportamientos éticos que hoy cualquiera consideraría aberrantes.

Si todos los hombres nos guiáramos fundamentalmente por la razón, hace tiempo que tales textos habrían quedado desechados como testimonios fiables de lo que cuentan o se dice que representan, porque no resisten el mínimo análisis científico, ni siquiera el que un lector crítico hace cada día sobre lo que lee en la prensa. Sin embargo en el terreno de las creencias el pensamiento mágico convive y se impone sobre el racional ¿Cómo esperar racionalidad en aquellos que han hecho de tan rancias enseñanzas guía de sus vidas?

Sin pretender quitar el empleo a ningún profeta me atrevo a decir que seguirá habiendo quemadores de libros, como el pastor Jones, y brutales represalias por aquellos que lo consideren una blasfemia intolerable.
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2 comentarios:

Milano dijo...

Tú sabes perfectamente la de veces que me haces el trabajo... y eso que me ahorro, querido profe, porque no lo podría hacer mejor en la vida. ¡Madre mía!

MÁXIMO PRETORIA dijo...

Las religiones siempre han sido enemigas del conocimiento humano. Hacia el 1300 d.c. el obispo de Barcelona promulgo la excomunión de todo aquel que estudiara filosofía antes de llegar a los 25 años. Y es que, eso es justamente lo que hacen todas las religiones cojer a las mentes desde su más tierna infancia, con todo por escribir en ellas y con el mismo sentido crítico de una ameba. Y cuando ya se alcanza la edad adulta, los 25 años, con plenas luces (algunos no las alcanzan nunca)es cuando te permiten estudiar filosofía o cualquier ciencia. Pero entonces para qué las quieres, si ya se han solidificado los dogmas religiosos desde la niñez.

Queremos llevar a Afganistán desde la edad media al S. XXI y lo queremos hacer, metiéndoles acero en el cerebro de los adultos. NO, no, metámosles letras, y razón, y lógica, y ciencia a los más pequeños, que cuando alcancen el poder…será otra Historia.

Combatamos a las religiones con educación, no con balas!!!