20 oct. 2014

Ciencia y revelación

Richard Feynman, que fue premio Nobel de física, especulaba sobre un cataclismo que hiciera desaparecer por completo la civilización, todo conocimiento humano, y sobre qué mensaje elegir para dejar a las generaciones futuras, si tuviéramos la posibilidad de hacerlo, en forma de una sola sentencia; dijo que habría que escoger «la hipótesis atómica, según la cual todas las cosas están hechas de átomos: pequeñas partículas que se mueven en movimiento perpetuo, atrayéndose mutuamente cuando están a poca distancia, pero repeliéndose al ser apretadas unas contra otras.»


Los cientos de miles de años de evolución humana nos permiten asegurar que nadie tuvo con nosotros ese gesto generoso (seguramente porque nadie había). Es cierto que hay ‘revelaciones’ que presumen proceder de la más alta sabiduría y ser esenciales para la vida, la convivencia, la muerte y el más allá, sea lo que sea lo que eso signifique; pero, parece evidente, a la luz de la psicología, la neurociencia y la simple observación racional que responden más a inquietudes nacidas de nuestra conciencia que a una auténtica revelación sobre la realidad entorno. Lo cierto es que ninguna tiene el más mínimo parecido con la propuesta del físico, ni serían comparables en las consecuencias, o eso creo.

La especie humana ha tenido a un caminar vacilante: si en los siglos V y IV a.n.e. algunos griegos que especulaban sobre la physis intuyeron, esperanzadoramente, una estructura atómica de la naturaleza –en dura confrontación con los que relegaban lo material en beneficio de un fantasmagórico ecosistema de las ideas al que pretendían más real que la realidad que les mostraban sus sentidos−, en el siglo V de nuestra era ya nadie veía otra cosa que espíritus, almas, y vida más allá de ésta, siendo así que estas cosas son por definición imperceptibles. Agradecían a Dios que se las hubiera hecho visibles; también que les evidenciara lo irrelevante de la observación como método de conocimiento de la naturaleza, despreciable porque el observador por sí sólo no ve, pensaban, y lo observado es sólo materia sensible, algo situado en el vertedero de la creación.

La dictadura de Dios, con toda su parafernalia ideológica, empezó a ser cuestionada en serio por la Ilustración (S. XVIII), con armas que procedían del humanismo (S. XV) ; hoy, por fin, la omisión o negación de personaje tan principal, ha dejado de ser cosa de chiflados o esnob dispuestos siempre a epatar. Podemos felicitarnos de que haya prohombres que se expresen con la racionalidad, el sentido común y la sencillez de Feynman, en la dirección que lo hacen, sin provocar escándalo. Pero tendríamos que escandalizarnos de la pervivencia del pensamiento mítico, incluso en el seno mismo del staff  científico, por reducido que sea el círculo, pero también en amplísimos sectores de la sociedad civil, y, por supuesto, de un certísimo renacimiento en el mundo islámico donde reviste caracteres de catástrofe.

La condescendencia y mansedumbre con estas formas ‘infecciosas’ de pensamiento, en aras de la libertad de pensamiento y expresión, amenaza con una involución cultural tan peligrosa para el género humano como nos muestra la historia hasta la saciedad.

Los sentimientos religiosos, en sentido amplio, son tan humanos como el pensamiento racional y lógico, pero tiene sus raíces en estructuras cerebrales que proceden de etapas más antiguas de la evolución, como está evidenciando la neurociencia. Nada procede de fuera de la naturaleza, ni siquiera aquello que pretende trascenderla, en su origen o en su finalidad. Hoy, la especie humana, está tomando conciencia plena de su naturaleza gracias a los avances científicos, y, por primera vez, se atisba la posibilidad de tomar la dirección consciente de su evolución cultural, si no biológica; sin embargo, el antihumanismo religioso, que tan dolorosos capítulos de nuestra historia ha escrito y tan profundamente ha penetrado en el cuerpo cultural de la especie, amenaza con dejar empeño tan fundamental en manos de una entidad fantasmagórica que nos remite con empecinamiento y sin tregua al pasado.

¿Cuál hubiera sido nuestra historia y cuál sería nuestro presente si en lugar de vedas, avestas, génesis, evangelios o coranes hubiéramos contado en el comienzo de la andadura, sin interferencias indeseables, con el escueto y simple mensaje que nos proponía Feynman?

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Gran artículo...toda una reflexión...

Un cordial saludo
Mark de Zabaleta