25 oct. 2014

Círculo vicioso

El sucio asunto de las tarjetas de Bankia ha revuelto las tripas de la indignación a todos los españoles. Hay pocos casos que justifiquen con mayor claridad la repulsa ante los comportamientos de una ‘casta’, por su posición de privilegio, insolidaria, que muestra actitudes autistas. Sin embargo, podría hacerse otra lectura del suceso: de los 85 consejeros sólo 4 no hicieron uso de la tarjeta, es decir, casi un 70% cayó en la tentación de utilizarla; por otra parte, hemos de admitir que allí, en el consejo de administración, estaba ‘representado’ prácticamente todo el espectro social, un poco al estilo de aquella memorable “democracia orgánica” franquista, todo hay que decirlo; si admitimos esta segunda premisa podríamos concluir, trasladando los resultados al conjunto social –háganse aquí todas las prevenciones que se quieran− que casi un 70% de los españoles no necesitaríamos apremios de necesidad para adoptar comportamientos corruptos, sino sólo una leve apariencia de legalidad, o, quizás, sólo un poco de consoladora compañía.


 “Conócete a ti mismo (γνῶθι σεαυτόν)” era la sentencia que dicen estaba tallada en la pronaos del templo de Apolo en Delfos. El oráculo délfico era visitado y consultado por multitud de griegos humildes o poderosos, incluso instituciones públicas que necesitaban conocer el destino diseñado por los dioses y adaptar a él, del mejor modo posible, el comportamiento individual o colectivo. Sin embargo, el dios avisaba lapidariamente (incluso en contradicción con su provechosa actividad oracular) que para adueñarse del destino propio importaba más el conocimiento de sí mismo que el de la voluntad de los dioses. Lección magistral, magnífica en su concisión, que tiene también una aplicación colectiva.

Nada más lejos de mi intención tratar de justificar o relativizar un comportamiento que a mi juicio merece justo castigo. Lo cual está por ver, dado el laberíntico proceso jurídico plagado de oportunidades para la aristocracia delictiva, esos que escapan a la condición de robagallinas (Carlos Lesmes dixit). Mi objetivo es hacer una reflexión útil, más que participar de otro desahogo catártico de los que abundan en tiempos tan complicados como estos.

Tampoco quiero reducir un problema político a una cuestión moral. La famosa ‘casta’ no ha desembarcado de un ovni, ni ha sido engendrada de una parte especial del cuerpo de ningún dios al estilo de las de verdad en el mundo hindú. Habría que limpiar el lenguaje y volver a identificarla con eso que en otro tiempo se llamó ‘clase’, que cuando es hegemónica se rodea de acólitos y servidores, que prosperan a su sombra y recogen simultáneamente de sus amos y de la masa de explotados, embaucados o consentidores. La corrupción no es más que la falta de concordancia de la ley (que ha de guardar ciertas apariencias para no parecer puro arbitraje) con este hecho real.

Por su parte, la política es sólo la convivencia pacífica y consensuada de intereses no coincidentes; la llamamos democracia cuando los que reparten el bacalao son los de la mayoría. Es evidente que nos quedan infinitos obstáculos que salvar porque la meta, la democracia ideal, es eso, un ideal. Pero ni demonizar a los sectores que pugnan por hegemonizar el cotarro, ni angelizar a las mayorías, calificando la pasividad o la complicidad de ingenuidad o inocencia, son métodos eficaces; tampoco lo contrario. Comportamientos así, cuando parten de un político, merecen calificarse de demagógicos o populistas, cuando nacen de abajo, de cínicos. No olvidemos que la discordancia entre discurso político y realidad es el motor de arranque para la corrupción. Después, de poco servirá cambiar a los que ejercen el poder, ni siquiera en un ‘ERE’ revolucionario, los nuevos caerán en los mismos comportamientos en poco tiempo −¿No fue la Transición una regeneración, nunca vista por los contemporáneos, de la vida política?−. Antes hay una tarea pendiente de educación ciudadana, de la que siempre estuvimos huérfanos, que requiere tiempo y consenso.

Y aquí se entrevé un círculo vicioso que es lo que se espera que  rompan los que accedan al poder, indignados o, más bien, simplemente convencidos de que así no hay futuro.


3 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Un análisis muy coherente....


Saludos

Manuel Reyes Camacho dijo...

Un análisis muy profundo pese al aparente desenfado con que lo cuentas. Un desenfado que no se si adjetivar de cínico o de "estar de vuelta" de muchas cosas.
Lo que más me ha gustado es tu definición de democracia:"...la llamamos democracia cuando los que reparten el bacalao son los de la mayoría"

Manuel Reyes Camacho dijo...

Por cierto que olvidé comentarte un pequeño error, típico de la gente de letras. Si de 85 tarjeteros, 4 son honrados, esto representa un 4,7%, y por tanto hay un 95,3% de sinvergüenzas.
Este no solo no perjudica tu razonamiento sino que lo refuerza.