9 jul. 2008

Sobre la felicidad

Una de las cosas que distingue a los humanos de cualquier otro ser viviente es que nosotros buscamos la felicidad, ellos sólo la satisfacción de sus necesidades. No sabemos en qué momento del proceso de hominización se produjo el cambio, pero es una constante desde que tenemos memoria histórica. Sin embargo, el concepto de felicidad y los posibles medios para alcanzarla así como la fe en lograrlo no siempre, ni en todas las culturas, han sido los mismos.

Durante siglos ha imperado en Occidente la idea cristiana de que la felicidad no se encuentra en este mundo, sino en una vida futura. Nuestro mundo material, el que vivimos, no es sino un “valle de lágrimas”, tránsito necesario para alcanzar la felicidad en la contemplación de Dios, en la otra vida. Incluso se ha exaltado el sufrimiento, o la resignación ante él, como mérito para conseguir el premio final. Una idea que por cierto venía muy bien a las clases dominantes para mantener tranquilas a las masas explotadas (¡lo que son las casualidades!). Todavía hoy, aunque sea a modo de chiste, nos preguntamos si no será pecado cuando lo pasamos bien.

La Ilustración, digna heredera del Humanismo renacentista, rompió con esta tradición: colocó al hombre en el centro de su universo ideológico, desplazando a Dios, y proclamó que la consecución de la felicidad era el objetivo básico del ser humano; los gobiernos (monarcas ilustrados) tenían el deber de poner los medios para que se consiguiera, como es propio del paternalismo de una revolución desde arriba; el conocimiento en general y el cultivo y difusión de las “ciencias útiles” para el pueblo serían los instrumentos a usar. Pero el conocimiento y el uso de la razón sólo ha aumentado nuestro bienestar material, la felicidad nos sigue pareciendo un estado tan inalcanzable como siempre.

Aunque no soy experto en la materia, tengo entendido que en algunas culturas orientales la felicidad se identifica con el estado que se conseguiría renunciando a algunos de los aspectos que mejor nos definen como seres humanos: al nirvana se llega mediante el abandono de los deseos y la extinción de la conciencia de individuo. En otras palabras, el precio que habría que pagar sería nada menos que nuestra propia condición de humanos. No es muy distinto de lo que ofrece el cristianismo: en ambos casos se trata de una solución mística que implica la extinción del individuo antes o después de la muerte física.

Somos en la actualidad herederos directos de la Ilustración y podemos sentirnos satisfechos de haber reducido la felicidad a una escala humana, por mucho que no nos satisfaga la “materialización” del proyecto y nos inquiete la pérdida de sus aspectos románticos.

¿No será que La Felicidad (con mayúsculas) es una fantasía, un espejismo? Se dice que el amor no es más que la sublimación del instinto reproductor ¿No será la felicidad otra de estas jugarretas que nos gasta la mente? Quizás debiéramos contentarnos con disfrutar del bienestar y de los momentos afortunados sin mayores complicaciones y no esperar del conocimiento racional o de la religión la realización de un sueño imposible.

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