15 jul. 2008

Los efectos de la globalización

La humanidad ha progresado a saltos: largos periodos de lento avanzar se ven de pronto agitados en un torbellino de cambios que acaban desembocando en un mundo nuevo, que volverá a caminar con lentitud hasta que otro paroxismo ponga de nuevo todo patas arriba. Visto con perspectiva detectamos fácilmente el progreso como balance final; en el conjunto de su evolución el hombre no ha hecho sino avanzar, aunque siempre queda el regusto amargo de tiempos mejores perdidos. Este sentimiento ha generado el mito de la Edad de Oro en el mundo clásico, o el del Paraíso Terrenal en la mitología judeo-cristiana. Es la añoranza por un pasado que se nos antoja ingenuo y auténtico, mas humano que nuestro tiempo. Al nivel de la experiencia individual nadie lo expresó con más sobriedad y arte que Jorge Manrique:
...
Como, a nuestro paresçer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

Si tuviéramos que resumir en un párrafo la historia de la humanidad tendríamos que hacerlo reseñando dos o tres momentos claves que han producido cambios trascendentales en el vivir del hombre, a saber: el control del fuego, hace unos quinientos mil años; la domesticación de las plantas y animales, hace unos diez mil; la revolución industrial, hace tan sólo doscientos. Probablemente en un futuro escolar estudiaremos en el S.XXI otro hito clave: la globalización. Llama la atención la forma en que se aceleran los cambios, fenómeno que se debe a dos razones: que el progreso es acumulativo y que la proximidad de los hechos recientes puede hacernos creer que episodios que forman parte de un mismo fenómeno son independientes.

Nadie puede poner en duda que a la larga tales acontecimientos han supuesto un avance progresivo: se percibe en el crecimiento de la población mundial que debió multiplicarse por cien con la implantación de la agricultura –a lo largo de unos cuantos milenios– y después de nuevo por diez en tan sólo dos siglos con la revolución industrial. Si la población pudo pasar de 5 millones a 500 por el descubrimiento de la agricultura, y de 500 a 6,000 por causa de la industria, es que ambos fenómenos pusieron en manos del hombre nuevas e inmensas posibilidades.

La cosa cambia cuando analizamos el fenómeno de cerca. Es dudoso que el paso del nomadismo a la sedentarización, que trajo la agricultura, supusiera en principio grandes ventajas. De hecho con ella aparece por primera vez el trabajo, con el sentido que tiene hoy, la acumulación y, por tanto, la riqueza y la pobreza, la esclavitud, las castas sacerdotal y militar, que se apropiaron los excedentes y oprimieron y explotaron a la mayoría, valiéndose de los instrumentos que les proporcionaba el Estado, recién creado. A la larga el incremento de productividad permitió una población más numerosa pero el grado de felicidad de las gentes debió reducirse, de ahí el nacimiento de los mitos de que hablaba antes: Adán y Eva y la expulsión del paraíso o la caja de Pandora, ambos referidos al comienzo de la agricultura.

Con la revolución industrial ocurrió otro tanto. El balance final obtenido con el estudio de indicadores económicos o sociales: productividad del trabajo, producto bruto, consumo de energía, esperanza de vida, mortalidad, etc., etc., no deja lugar a dudas sobre lo positivo del cambio. Sin embargo, los que vivieron el proceso en la Inglaterra del XVIII pasaron de la vida en el campo a amontonarse en barrios infectos de las ciudades hongo; de la familia patriarcal a la descomposición familiar por la insuficiencia de espacio y el trabajo inhumano de mujeres y niños en las fábricas; del trabajo regulado por las estaciones y los fenómenos naturales a las jornadas de 14 y 16 horas al ritmo de las máquinas en talleres insalubres, oscuros y sin ventilación. Las nuevas condiciones de trabajo redujeron a un considerable número de campesinos y artesanos a proletarios y a muchos de ellos a lumpen. Los primeros tiempos de la revolución, hasta el surgimiento de los sindicatos y el movimiento obrero, fueron duros y sin duda no supusieron una mejora en el bienestar de sus protagonistas.

Con la globalización repetimos el esquema. Las perspectivas parecen excelentes, nada más deseable que un mundo sin fronteras, un solo hogar para toda la humanidad. Pero ¿cuáles han sido las primeras manifestaciones? Desplazamientos de millones de personas con las lacras de la marginación, el desarraigo y la explotación; la subida del precio de los productos agrícolas que amenazan con el hambre a legiones de pobres, porque han pasado de producirse para mercados locales a producirse para la exportación en un mercado global, cayendo en manos de multinacionales desde la producción a la distribución; destrucción de las economías locales por la intromisión del capital monopolista en busca de suelos, recursos y mano de obra indefensa; dislocación de la cohesión social en las poblaciones sometidas a la aculturación que genera el dominio universal de los medios de comunicación en manos también del gran capital.

La diferencia respecto a los momentos anteriores es que ahora tenemos una mayor capacidad para analizar lo que ocurre y para difundirlo. Otra cosa es que sepamos o queramos ponerle remedio.

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