2 oct. 2013

El suicidio

Entrando al trapo desde el primer momento y sin rodeos dice Albert Camus en el primer párrafo de El mito de Sísifo: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía».
Bien sea por la consecuencia que encierra tal aserto o porque comparto plenamente la opinión del filósofo, me parece útil reflexionar sobre la cuestión, aunque sea con la levedad que imponen mis limitaciones.
 Lo primero que salta a la vista para cualquiera que se aproxime al problema es que diferentes culturas se han posicionado ante él de forma distinta. En el mundo clásico disponer de la propia vida en situaciones excepcionales, para salvar la dignidad, por ejemplo, era moneda corriente, al menos en el seno de determinadas clases. Es obvio que algunos valores se estimaban más valiosos que la simple existencia. Con frecuencia, adelantarse al verdugo podía ser o un privilegio concedido a la calidad de la persona o iniciativa personal para no perder la conducción de la propia vida en el momento decisivo: recordad la muerte de Sócrates o de Séneca, dos filósofos que ilustraron sus enseñanzas morales con este acto supremo.
El cristianismo arrebató al hombre el control de la vida, especialmente la suya propia, que se debe al creador, el único que puede disponer de ella  (con las ajenas no se muestra tan radical: la historia ilustra sobre la ligereza con que las iglesias las dilapidaron, mientras el catecismo católico (ítem 2266) legitima ¡todavía hoy! la pena de muerte). Un aspecto más en el que el cristianismo, como todas las religiones, se manifiesta como un sistema de pensamiento y código de conducta antihumanista. La prohibición religiosa se convirtió en condena social conforme la nueva moral fue penetrando en las conciencias. Hoy el suicidio es tabú: se silencia el debate, se oculta o se disimula su práctica, y, con notable y cruel hipocresía, se medicaliza, reduciendo a quienes lo intentan a la condición de enfermos. Utilizando una argumentación similar, el estalinismo internaba a los disidentes en psiquiátricos (cualquiera que se opusiera al “paraíso proletario” sólo podía estar loco).
En tiempos contemporáneos pero en otras culturas no occidentales el tratamiento del suicidio es parecido al del mundo grecorromano de la época clásica. En los ámbitos militares del Japón, herederos del código caballeresco de los “samuráis”, estuvo normalizado y sometido a un ritual estricto, por lo menos hasta terminada la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto que el hábito no se limitó a la casta militar sino que afectó a toda la sociedad japonesa. Sirva de ejemplo el sacrificio del escritor Yukio Mishima en 1970; por poco ejemplar que resultara de hecho.
Pero hay particularidades. En los países nórdicos europeos, especialmente en Finlandia, el suicidio goza de cierto arraigo social. Algunos suelen achacar el hábito funesto a las peculiares condiciones climáticas que inducirían un ánimo depresivo en la población. En todo caso los propios interesados han sabido ironizar con él, como muestra la divertida novela de Arto Paasilinna Delicioso suicidio en grupo. Nada que ver con al ambiente trágico e ignominioso con que se le rodea en otros ámbitos. Aún así, en todo Occidente, en aquellos medios en los que es frecuente el recurso al “honor”, el suicidio ha sido relativamente aceptado, aunque sólo fuera en el fondo de las conciencias a causa de la dificultad de manifestarlo públicamente sin romper tabús consagrados. Por otra parte, hoy, el racionalismo y el materialismo que penosamente se han venido abriendo camino entre un bosque de prejuicios, unido al retroceso de las creencias religiosas (un fenómeno suele ser consecuencia del otro) están obligando a que la ley considere, acepte y regule la eutanasia consentida, lo que empieza a ser un clamor social.
Desde luego de lo que hablaba Camus era de algo más hondo, un problema filosófico que afecta a la naturaleza humana en su conjunto y en profundidad y que entronca con la afirmación sartreana de que la «existencia precede a la esencia», según la cual cualquier esencialismo metafísico o ético está fuera de lugar y desautorizado para servir de guía a la conducta humana, ya que el primer problema a resolver es el de la existencia.  Es en esa grieta abierta por el pensamiento existencialista donde se acomoda el suicidio con extraordinaria facilidad, revista las formas que revista.


1 comentario:

jaramos.g dijo...

Nadie debe ser obligado a vivir. Tampoco debe obligarse a nadie a matar a un semejante. Salud(os).