Mucha gente se siente cómoda con regímenes autoritarios o
dictatoriales. Los que hemos vivido en uno de ellos tantos años guardamos
memoria de la conformidad, identificación y hasta entusiasmo con que una, me
atrevería a decir, mayoría de compatriotas se manifestaba a diario. Cierto que
la ausencia de crítica, el adoctrinamiento y los aparatos represivos
contribuían poderosamente a mantener la situación; pero, era perceptible, en el
fondo de las conciencias, la comodidad con que se aceptaba la situación y,
consecuentemente, la incomodidad y la inquietud con que muchísimos enfrentaron
los primeros zarandeos democratizadores procedieran del propio régimen o de la
oposición, hasta entonces clandestina.