Tengo para mí que el
declive de la socialdemocracia, que se evidencia ya por todas partes, tiene por
causa principal el éxito. Muere de éxito. Es decir, alcanzó sus objetivos y, a
estas alturas, en estas circunstancias y con aquellos mimbres ya no encuentra
curro.
Es una obviedad decirlo, pero la
socialdemocracia es un fenómeno propio de la modernidad: necesitaba del seno placentario
que proporcionaba el liberalismo pre o protodemocrático. La existencia de una clase
obrera numerosa y de ciertas libertades individuales, políticas y de mercado
fueron las condiciones para que surgiera un movimiento emancipador con un
proyecto de sociedad con fundamentos científicos, como el socialismo. Los numerosos precedentes que se suelen aportar, desde la antigüedad a los tiempos modernos, no son válidos sin más. Quiero
decir que no es oro todo lo que reluce, porque ni Espartaco tenía un proyecto de
sociedad antiesclavista ni ningún líder de los múltiples, y muchas veces
sangrientos, disturbios igualitarios bajomedievales o premodernos hubiera
existido fuera de la iglesia y sin el combustible de cierta mitología cristiana alimentadora de esos movimientos, que eran “pobristas” (renuncia a los bienes materiales, voluntaria o forzosa, siguiendo un supuesto mandato evangélico) más que liberadores; lo que no quita para que deban ser analizados como expresión de la lucha de clases en el esclavismo, el feudalismo o el precapitalismo.


