13 sept 2011

Una reflexión electoral a la vista del 20N

          El efecto Rubalcaba parece diluirse, los últimos sondeos siguen registrando un imparable progreso de la derecha. Cuanto más nos acercamos al abismo más nos arrimamos a ella. No hay ninguna razón política que lo justifique: la atracción de un paquete programático esperanzador, la ausencia de responsabilidad en la crisis actual de la ideología de que participa, el tirón de un líder atractivo… Antes bien, en todos esos casos el PSOE tiene ventaja. Es difícil imaginar que los que han perdido su empleo (incluso los subsidios correspondientes por el tiempo transcurrido) o temen perderlo en un futuro próximo, tengan alguna esperanza en que la derecha vaya a poner fin a sus problemas, pero esa parece ser la realidad. Sólo la psicología social, ciencia polémica donde las haya, podría sacarnos de la perplejidad.

Las jóvenes sensibilidades de izquierdas parecen preferir la autoflagelación, lo cual no es nuevo en absoluto: crítica injusta a la Transición y a sus protagonistas, descalificación de la izquierda parlamentaria y sindical, ensoñación de un futuro que ellos puedan empezar desde cero, como si ese número existiera en la historia de la evolución humana (hasta la democracia parece querer inventarse de nuevas). En la práctica no parecen sino formas de evasión de la realidad y su inutilidad y nocividad son manifiestas, dada la situación de emergencia. El problema es que la crítica es consustancial con la izquierda, su instrumento de avance, pero, cuando se convierte en el objetivo, cuando nos atrapa con la fuerza centrípeta de un sumidero, se transforma en paralizante. La izquierda que podemos llamar institucional (PSOE, IU, sindicatos) han cargado injustamente con la responsabilidad, si no de la crisis, sí con la de ser incapaces de hacerle frente, desde el gobierno, desde la oposición y desde la defensa de los intereses laborales; lo que puede ser cierto, pero también inevitable.

La derecha tiene prestigio porque la clase a la que representa es envidiable (el señorito puede ser un sinvergüenza, pero sabe vivir, tiene un saber estar y una elegancia deseables y, sobre todo está arriba, lo que lo hace digno de admiración), y además, como individuos, tienen la virtud casi mágica de la flotabilidad, contra la que apenas pueden las tormentas de cualquier tipo, sean políticas o económicas. Quizá estén ahí las razones por las que en épocas de tribulación, como la que atravesamos, los mensajes de la derecha parezcan más creíbles, y por las que muchos prefieran su proximidad y esperen de ella el tirón que nos rescate de la tormenta. Posiblemente en las recónditas circunvoluciones de sus cerebros y por los posos dejados ahí por la historia,  vean a sus miembros como líderes naturales.

La derecha española ha conseguido un instrumento político unificado y disciplinado (PP), estaba en la oposición cuando todo se hundía, por lo que puede eludir responsabilidades, si además es capaz, por alguna o varias de las circunstancias expuestas, de atraer hacia sí hasta a las clases medias bajas, buena parte de los antiguos obreros, la suerte está echada.

9 sept 2011

Siete mil millones


Tenemos la manía de calificar las noticias como buenas o malas nada más leer los titulares (la prensa se ha convertido en la máxima dispensadora de alegrías o inquietudes), pero a veces nos encontramos con que la información no trae a la vista etiqueta de aciaga o benigna y nos deja en la perplejidad. De esta clase es la que nos ha anunciado que antes de que acabe el año el Mundo habrá alcanzado los 7.000 millones de habitantes y para fin de siglo, si las previsiones son correctas, los 10100.  Desde cierto punto de vista parece catastrófico por razones obvias (agotamiento de recursos, degradación del medio…), desde otro es demostración de que la humanidad ha encontrado mejores condiciones de vida y prospera sin cesar.

La población humana sobre la Tierra ha ido acelerando su crecimiento hasta convertirlo en una escalada casi vertical en los gráficos que la representan; sin embargo, la aceleración no ha sido regular sino que se ha producido a saltos. Identificamos dos que han mostrado una relevancia excepcional y una impronta global, y que tienen relación con auténticas revoluciones tecnológicas que cambiaron de nivel el acceso a los recursos. El primero (revolución agrícola) consistió en la domesticación de plantas y animales, de forma tal que por primera vez los humanos fueron capaces de producir sus propias subsistencias. El proceso se inició hace unos diez mil años, pero tardó varios milenios en generalizarse, nunca por completo, y perfeccionarse. Todos los indicios hacen pensar que la población dio un salto sin precedentes multiplicándose varias veces por sí misma en pocos milenios, hasta alcanzar un nuevo equilibrio, que ya sólo se alteraría local y coyunturalmente. La nueva abundancia de recursos no sólo hizo posible un crecimiento de la población sino que cambió radicalmente la civilización (división del trabajo, aparición de las clases, emergencia del Estado…; nuevos instrumentos, como la escritura, técnicas hidráulicas… etc.). No se puede decir que los contemporáneos vivieran los cambios con felicidad, de hecho no los percibían o no se percataban de su sentido; en muchas ocasiones generaron sufrimiento porque los cambios producen desequilibrios, inestabilidad y situaciones dramáticas; sin embargo, visto desde la distancia que nos proporciona el tiempo podemos considerarlo como un salto adelante una mejora decisiva, como demuestra el hecho de que pudieran vivir muchos millones más de personas.

El segundo salto fue la revolución industrial que se produjo en Occidente desde finales del XVIII, extendiéndose por todas partes en el XIX y el XX. El control de fuentes de energía muy poderosas y la racionalización y mecanización de la producción de manufacturas movilizó una masa de recursos sin precedentes y, de nuevo, la demografía se disparó, esta vez mucho más contundentemente por su rapidez y su volumen (las cifras alcanzadas tras milenios se podían ahora duplicar en algo más de medio siglo). Aunque hoy podemos dar por concluido el proceso de la industrialización, el fenómeno de la globalización ha permitido que la expansión demográfica continúe. El milagro se produce porque la mortalidad disminuye rápidamente; pero, no se ha prolongado el tiempo de vida de la especie, que sigue siendo casi el mismo que en los orígenes, sino que se han reducido las causas de muerte temprana: la enfermedad, las hambrunas y las condiciones de vida especialmente duras. Estos últimos fenómenos (industrialización y globalización) se han desarrollado y extendido a la vez que la democracia y la formulación y la lucha por los derechos humanos. Me atrevo a inferir que existe una relación causal entre ellos.

El sufrimiento, el dolor y la injusticia no han desaparecido, el futuro sigue planteando incógnitas inquietantes, no hemos resuelto, ni muchísimo menos, una manera consensuada de interpretar el pasado, ni de resolver la convivencia en el presente; sin embargo, desde el exterior, un observador de otra especie, o fuera del tiempo, no dudaría en asegurar que ha habido un progreso.

Puede ser que yo tenga algo de Pangloss, o que me acucie la necesidad de buenas noticias, dado el panorama de la coyuntura actual, pero me parece que la de los 7.000 millones la voy a archivar entre las positivas.

31 ago 2011

¿A quién culpar?

(Después del silencio veraniego esperaba poder iniciar la actividad en el blog con temas novedosos, pero la realidad se impone, erre que erre la economía y la dichosa crisis de la deuda casi nos impiden pensar en otra cosa. Un saludo a todos los amigos que me siguen y que sigo).

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        Hay animales a los que sólo les falta hablar, a los mercados con los que nos ha tocado tratar sólo les falta morder. El caso es que el comportamiento de las mascotas no es más que la respuesta de los imperativos grabados en su adn a las circunstancias del momento; los mercados, frente a los que gustan de humanizarlo todo, son sólo una pieza de un mecanismo, que no podría comportarse de otro modo en circunstancias similares. Culpar de la situación actual a la codicia de algunos agentes económicos es tan acertado como culpar de una epidemia a los pecados de los hombres. Ya traté este asunto en otro momento (Un predicador en la bolsa).  
Más de un año después seguimos en las mismas. Se habla de que los mercados son insaciables e imponen la pauta a los gobiernos (que creíamos soberanos) de nuestras democracias. La respuesta espontánea suele ser la indignación contra los gobiernos que ceden y contra los mercados que presionan. Erramos el tiro. De los mercados formamos parte todos, como prestatarios y como prestamistas, individualmente y porque participamos de alguna corporación que actúa en ellos (no olvidemos que el superávit, que aún existe, de las pensiones españolas participa como un fondo más de la compra masiva de deuda española y especula con ella como cualquier otro, amén de los fondos que los ahorradores particulares puedan contratar). Respecto de las administraciones lo que podemos reprocharles no es que cedan ahora (no cabe otra alternativa) sino que se hayan endeudado sólo porque el dinero era barato (gracias a la política del BCE que ahora tanto nos irrita) y los proyectos faraónicos que alimentaba el populismo, al que tan dados somos, resultaban asequibles sin necesidad del recurso a la presión fiscal que tanto nos disgusta. Los particulares hicimos otro tanto, y las entidades financieras lo estimularon todo porque la fiesta les rendía pingües beneficios.

La indignación no hay que dirigirla contra un gobierno que pone en la Constitución un techo de gasto en un intento de hacer creíble la cara de buen pagador que las cifras macroeconómicas de cada día hacen descomponer, sino en él mismo por haber pasado la época de bonanza en la inopia sin prever un futuro más negro, en los de las Comunidades y en los municipios por haber gastado sin freno; por último, en nosotros por hacer lo mismo y porque teniendo en la mano la clave del voto no supimos exigir lo que convenía realmente y nos dejamos comprar con un populismo de baja estofa.

Esta es una economía de mercado, como gustan de decir los economistas; o sea, esto es el capitalismo ¿Qué esperábamos? En una economía de mercado manda el mercado, o lo que es lo mismo, en el capitalismo manda el capital, y, como dicta la experiencia, el mercado capitalista funciona con crisis; la crisis incrementa el gasto y reduce los ingresos; la crisis como las tormentas o los terremotos hay que preverlas. Tampoco es tan difícil, se han estudiado y tipificado hasta la saciedad (tuvimos una en el 73, otra en el 83, una más en el 92, de nuevo en 2000, tocaba otra en torno a 2008; son los ciclos medios o de Juglar), lo que es más difícil de anticipar es su magnitud y su especificidad; sin embargo, todas nos cogen desprevenidos. ¿Quién piensa en estrecheces cuando reina la prosperidad?

Precisamente lo que cabe reprocharle al gobierno, especialmente al Ministerio de Economía y Hacienda (Solbes), es que sabiendo que nuestra prosperidad era doblemente falsa porque cabalgábamos sobre la gran burbuja de la construcción, no aplicara políticas adecuadas por muy impopulares que hubieran sido. Ahora, seguramente no se puede hacer nada muy diferente de lo que se está haciendo. Hagámoslo, pero hagamos también autocrítica, a todos los niveles, porque no hay ninguno exento de responsabilidad.

19 jul 2011

La derecha española

El aniversario (75 años) del golpe militar del 36, fracasado en un principio, pero generador de la guerra y de la dictadura franquista, me ha sugerido hablar de la derecha española. La asociación no es gratuita ni sectaria, creo, como trataré de mostrar.
La derecha sociológica en nuestro país se manifiesta y se organiza en un solo instrumento político, el PP. Sólo en la periferia autonómica hay otras derechas cuyo ADN difiere de la anterior. En efecto, la transformación de AP en PP permitió absorber en varias etapas a la extinta UCD, después que expulsara del parlamento a la ultraderecha (FN), arrebatándole sus votantes. Los intentos de alumbrar algún grupo con marchamo liberal o más nítidamente centrista acabaron en fracaso en todas las ocasiones (CDS, experimento de  M. Roca, etc). Pero esta vez, la unidad de la derecha difiere de otras ocasiones en las que invariablemente se presentaba como un conglomerado electoral de grupos diversos (la propia UCD o, si se me permite remontarme a la república, el caso clásico de la CEDA); por el contrario, hoy es un partido con una imagen de unidad, cohesión y disciplina muy superior a los de la izquierda, en el cual las consignas emitidas desde la ejecutiva se cumplen sin discusión en todos los niveles. Como sabemos este concepto de partido cohesionado y disciplinado nació en la izquierda; el modelo fue el SPD alemán, para luego sufrir una vuelta de tuerca con el leninismo. La derecha española se lo ha apropiado, mientras que la izquierda ensaya ahora uniones y coaliciones (IU) de difícil manejo.
Cabría pensar que un partido así sólo es posible si existe un cemento ideológico de suficiente densidad, pureza y homogeneidad que lo soporte. No es el caso. La clave de su éxito parece estar en que se vende como un instrumento eficiente para hacer frente a los problemas planteados. De hecho la critica a sus oponentes se hace siempre en clave personal y destacando presuntas incapacidades o torpezas. La ideología solo aparece en algunas cuestiones de costumbres, en las que se remite a un fuerte conservadurismo. El caos en la política económica le ha puesto alas.
En julio del 36 los golpistas se ofrecieron como la solución no política a los males del país. El régimen que inauguraron abolió los partidos, dando a entender que era la política la que quedaba proscrita. Se puso en pie un instrumento que funcionó como un partido único pero al que se dio el nombre de Movimiento Nacional, repudiando cualquier calificativo o concepto que recordara la política tradicional. En sus casi cuarenta años de existencia la dictadura (salvo el filofascismo de los comienzos) no sólo no abandonó esta imagen sino que la incrementó con los gabinetes de tecnócratas de la última década. Fueron precisamente técnicos de la administración del Estado (Suárez era nada menos que Jefe Nacional del Movimiento) los que promovieron las reformas sobre las que se montó la “transición”. El régimen franquista no fue derrotado, sino simplemente sustituido, y eso fue así porque los partidos, de izquierdas y de derechas, que lo habían combatido o que esperaban medrar a su caída carecían de suficiente arraigo y credibilidad y, en consecuencia, se vieron forzados a aceptar las condiciones. Con todo, la derecha franquista, la ultra (Falange, FN, etc.) y la más moderada (Alianza Popular de Fraga) vivieron años de repliegue. La torpe intentona militar del 23F, con su fracaso, las frenó aún más, a la vez que, como reacción, dio la oportunidad de gobernar a la izquierda. En los años siguientes la derecha se deshizo y recompuso en torno al partido de Fraga, cambiado de nombre, de líder y poco más ¿Qué de extraño tiene que hoy muestre su herencia franquista en su afán totalizador, en su disciplina, en su negación de la política y en tantos tics que los viejos reconocemos bien? Su éxito es posible porque buena parte de la población olvidó el pasado o no lo vivió, y otra lo añora. Algunos tristes episodios lo ratifican, citaré dos: el fracaso del programa de la memoria histórica, con el disparatado procesamiento de Garzón, y el grotesco asunto del diccionario biográfico de la RAH, promovido por E. Aguirre cuando fue ministra de cultura y aflorado hace semanas.
Hay otra derecha que, como ya dije, difiere de ésta, pero se recluye en Cataluña y País Vasco, básicamente, porque tiene su origen en los nacionalismos. Sus aproximaciones al PP o al PSOE son sólo tácticas. Su importancia en la política del país mucho mayor de lo que le correspondería, consecuencia de la ley electoral que les otorga con frecuencia la condición de partidos bisagra.. Algunos le vemos a veces una cara benéfica por su talante más democrático y una odiosa cuando se ofusca en su nacionalismo.
Así pues, mientras la izquierda se debate en el pasmo y la indecisión que conducen a la inacción, la derecha nos ofrece el pasado como programa de futuro. Opción ganadora según los indicios.

14 jul 2011

El bipartidismo en solfa

El último cuarto del siglo XIX fue el de la fundación y consolidación de la Restauración un régimen con el que su creador, Cánovas del Castillo, pretendía superar los balbuceos políticos en que se había enredado el país desde la década de los 30. Lo hizo imitando al Reino Unido, que contaba con el sistema parlamentario más antiguo, pero que había evolucionado hacia fórmulas modernas sin sobresaltos revolucionarios ni reacciones violentas. No tuvo en cuenta que el sistema social británico nada tenía que ver con el español, o quizá pensó que el sistema político acabaría configurando al social. El caso es que la imitación quedó sólo en las formas dando lugar a un engendro en el que para mantener el turno de partidos (el bipartidismo se consideró la clave de la estabilidad de que gozaba la isla) se falseó la práctica electoral y la corrupción política se convirtió en el eje del mecanismo. Fue entonces (1879) cuando nació el PSOE aunque no lograra un escaño en el Congreso hasta 1910, en parte porque como partido obrero, marxista y revolucionario quedaba fuera del sistema. Como sabemos la Restauración acabó mal, en una dictadura que, sin quererlo, abrió las puertas a la 2ª República, como el caos de la 1ª se las había abierto a ella, una de esas simetrías con que nos suele sorprender la historia.

Inglaterra continuó su bipartidismo turnante sin más alteración que la sustitución del partido whig (liberal) por el Labour party cuando, después de la 2ª GM, llegó la hora de la socialdemocracia. El turno, durante el XIX y parte del XX, fue tan práctico que con frecuencia las leyes progresistas fueron obra de gabinetes conservadores y las reaccionarias de liberales, con lo que se evitaron excesos que invitaran a los sucesores en el turno a la eliminación de lo aprobado para volver a empezar, tentación tan común en otros ámbitos geográficos. Entre tanto el PSOE, como ocurriera con todos los partidos socialistas, templó su marxismo asumiendo el revisionismo (Bernstein) y después lo abandonó (1979); hoy se le acusa de haber abandonado también los principios socialdemócratas (capitalismo con Estado del bienestar), aunque no lo reconozca.

Cuando se diseñaba el sistema de la democracia en la Transición se tuvo miedo de que resurgiera la fragmentación política de la II República, una de las justificaciones del franquismo, y se pusieron trabas a la posible futura proliferación de partidos. Fue un éxito; a una incipiente eclosión de la temida sopa de letras siguió la hegemonía de dos partidos, PSOE, PP (nacido este de la refundación de la AP de Fraga, que recogió a buena parte de UCD, así como el voto de extrema derecha). Curiosamente se hizo realidad el sueño de Cánovas, aquella pesadilla, cien años después

Lamentablemente, con su práctica, hemos descubierto que el bipartidismo no nos va. No somos ingleses ni queremos serlo. En el bipartidismo el PSOE, pese a su deriva ya apuntada, se siente LA IZQUIERDA y no tolera ni comprende nada que se sitúe en ese espacio. IU es para ellos una anomalía sin otra finalidad práctica que apoyarlos en el momento que lo precisen (véase lo sucedido en Extremadura); su máxima preocupación para lograr las mayorías necesarias es capturar el voto difuso y vacilante que llaman de centro (dándole así una dignidad que no sé si merece), con lo que se derechiza progresivamente. La derecha, por su parte, tiene en España, quizá por herencia del franquismo, vocación totalizadora: no le basta con señorear en su ámbito, aspira a hegemonizar la totalidad, de la derecha a la izquierda. Es ahí donde difiere de sus afines europeos y nacionalistas. Por eso pienso que, de la misma manera que a la caída de UCD se produjo un auténtico cambio de régimen, entrando francamente en el bipartidismo, la previsible próxima derrota del PSOE puede generar su achicamiento (¿definitivo?), a la vez que un cierto florecimiento de otras izquierdas (hay estos días una abundante cosecha de manifiestos y propuestas de lo más variopinto), lo que facilitaría el sueño totalizador del conservadurismo. ¿Nos espera un nuevo cambio de régimen con un partido hegemónico, naturalmente el PP, acompañado de una constelación de partidos de izquierdas o nacionalistas incapaces de disputarle el poder, salvo estos últimos, también de derechas, en un par de comunidades autónomas?