El
efecto Rubalcaba parece diluirse, los últimos sondeos siguen registrando un
imparable progreso de la derecha. Cuanto más nos acercamos al abismo más nos
arrimamos a ella. No hay ninguna razón política que lo justifique: la atracción
de un paquete programático esperanzador, la ausencia de responsabilidad en la
crisis actual de la ideología de que participa, el tirón de un líder atractivo…
Antes bien, en todos esos casos el PSOE tiene ventaja. Es difícil imaginar que
los que han perdido su empleo (incluso los subsidios correspondientes por el
tiempo transcurrido) o temen perderlo en un futuro próximo, tengan alguna
esperanza en que la derecha vaya a poner fin a sus problemas, pero esa parece
ser la realidad. Sólo la psicología social, ciencia polémica donde las haya, podría
sacarnos de la perplejidad.
Las jóvenes sensibilidades de
izquierdas parecen preferir la autoflagelación, lo cual no es nuevo en
absoluto: crítica injusta a la Transición y a sus protagonistas,
descalificación de la izquierda parlamentaria y sindical, ensoñación de un
futuro que ellos puedan empezar desde cero, como si ese número existiera en la historia
de la evolución humana (hasta la democracia parece querer inventarse de nuevas).
En la práctica no parecen sino formas de evasión de la realidad y su inutilidad
y nocividad son manifiestas, dada la situación de emergencia. El problema es
que la crítica es consustancial con la izquierda, su instrumento de avance,
pero, cuando se convierte en el objetivo, cuando nos atrapa con la fuerza
centrípeta de un sumidero, se transforma en paralizante. La izquierda que
podemos llamar institucional (PSOE, IU, sindicatos) han cargado injustamente
con la responsabilidad, si no de la crisis, sí con la de ser incapaces de
hacerle frente, desde el gobierno, desde la oposición y desde la defensa de los
intereses laborales; lo que puede ser cierto, pero también inevitable.
La derecha tiene prestigio porque
la clase a la que representa es envidiable (el señorito puede ser un
sinvergüenza, pero sabe vivir, tiene un saber estar y una elegancia deseables y,
sobre todo está arriba, lo que lo hace digno de admiración), y además, como
individuos, tienen la virtud casi mágica de la flotabilidad, contra la que
apenas pueden las tormentas de cualquier tipo, sean políticas o económicas. Quizá
estén ahí las razones por las que en épocas de tribulación, como la que
atravesamos, los mensajes de la derecha parezcan más creíbles, y por las que
muchos prefieran su proximidad y esperen de ella el tirón que nos rescate de la
tormenta. Posiblemente en las recónditas circunvoluciones de sus cerebros y por
los posos dejados ahí por la historia, vean
a sus miembros como líderes naturales.
La derecha española ha
conseguido un instrumento político unificado y disciplinado (PP), estaba en la
oposición cuando todo se hundía, por lo que puede eludir responsabilidades, si
además es capaz, por alguna o varias de las circunstancias expuestas, de atraer
hacia sí hasta a las clases medias bajas, buena parte de los antiguos obreros,
la suerte está echada.



