El fin de la historia se ha proclamado o se ha anunciado muchas veces. La de Fukuyama a finales del siglo pasado, en la que proclamaba al neoliberalismo –la última utopía− como el agente clausurador, sólo ha sido la más reciente1. Todas, incluidas las utopías religiosas, anuncian el fin del movimiento para el momento de su triunfo, a partir de entonces el cambio se convierte en estúpido descarrío, o en simple imposibilidad. El establecimiento de la utopía reclama la quietud, el fin de la historia.
