‘Advocatus
diaboli’, abogado del diablo, es la expresión con que se conoce al fiscal en los
procesos de canonización que emprende el Vaticano; su misión consiste en exigir
pruebas, objetar y descubrir errores en la documentación aportada por los
promotores del proceso. Desde la ingenuidad se denomina así por dificultar, de
hecho, las canonizaciones ¿Qué otra cosa podría desear el demonio? Cualquiera no
lastrado por la inocencia (llamémosla así) pensaría que un buen diablo
(disculpen el oxímoron) trabajaría por introducir en el ‘staff’ celestial a
cuantos más indeseables mejor. Esto me ha hecho pensar que en la reciente
canonización de Wojtyla (Juan Pablo II) el abogado del diablo en cuestión ha
hecho un buen trabajo, contra el pasotismo que le achacan los incautos.
