En el Antiguo Régimen los gastos suntuarios y la salvaguarda del prestigio y los intereses dinásticos devoraban los ingresos de unas haciendas reales depredadoras y caóticas; en los tiempos modernos las infraestructuras y el gasto social son los pilares con los que se levanta el déficit en unos gobiernos que dependen de la opinión pública; pero, en un caso y en otro, siempre los gastos superaron a los ingresos: los Austria, en la cumbre del poderío hispánico en el Mundo, se enfrentaron varias veces a la bancarrota pese al río de oro y plata que llegaba de América; en el XIX la mayor operación económico social de los tiempos modernos, la Desamortización, se emprendió con el fin de enjugar el déficit crónico (sin logarlo), para lo cual se incautaron y vendieron propiedades de la Iglesia y de los municipios; dos ejemplos dramáticos en un recorrido de siglos en los que nunca las cuentas cuadraron. Hace pocos años, el gobierno Aznar culminó un proceso que venía de atrás logrando sanear las cuentas cuanto exigía la entrada en el eurogrupo, gracias a un crecimiento económico sin precedentes, propiciado por la bonanza internacional y la burbuja inmobiliaria, y a la venta de las empresas públicas, más algún detallito ya olvidado como la congelación salarial de los funcionarios. Hoy la crisis ha pinchado la burbuja, ha erosionado los ingresos, ha aumentado el gasto y ha vuelto a resucitar el déficit, y el problema es que el recurso a la devaluación monetaria ya no es posible porque el euro no es nuestro, como lo era la peseta, y no parece que quede nada por vender, ni burbuja que inflar.
La opinión económica dominante en estos tiempos es que el déficit es intrínsecamente malo, como también la manipulación de la moneda, por lo que los bancos centrales tienden a convertirse en autónomos en manos de “técnicos”, el BCE lo es. No fue siempre así: las políticas inflacionarias fueron las que se aplicaron para la salida de la crisis de los 30, y no hace tanto, cuando aún había izquierda, solían defenderse y aplicarse con frecuencia. Entrar en la polémica parece ocioso, por inútil, dentro de la UE no hay otra alternativa, y parece que fuera de ella tampoco, así que se impone bajar el déficit, lo que significa contraer gastos (menos sueldos, menos infraestructuras, menos gasto social) y aumentar ingresos (más impuestos). Esto es infalible para lo que se pretende, pero de nula eficacia para remontar la crisis, antes bien, la puede profundizar y desde luego prolongar, todos lo sabemos, ellos también.
El paro, descomunal, no ha alterado la paz social hasta ahora, ¿cuánto tiempo más aguantará la situación? Cuando los gobiernos autonómicos tengan que aplicar las medidas de austeridad ¿lo harán sin rechistar? Son preguntas que a mí se me antojan inquietantes, pero tengo otra ¿procurará la oposición aflojar la tensión o decidirá (parece que lo ha hecho ya) agravar y acelerar el proceso?
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