El ADN de un gobierno no se obtiene apriorísticamente de su
programa sino de su acción legislativa; sin embargo, es revelador analizar,
aparte el contenido de las leyes, algunas cuestiones que pueden parecer, por lo
marginales, desechables. Me refiero a factores derivados de la mecánica
parlamentaria, del análisis de la opinión pública, etc.
La observación del parlamentarismo británico durante el XIX
nos proporciona datos curiosos. Disputaban dos grandes partidos: “whig” liberal y “tory” conservador. Por poco que miremos
advertimos en seguida que muchas de las leyes más progresistas no fueron
aprobadas durante los gabinetes whigs, como cabría esperar, sino por los torys.
Para muchos historiadores existía un pacto implícito entre ambos partidos que
permitía introducir reformas con la mínima oposición posible, al tiempo que
aseguraba al legislador acomodar la ley en cuestión a sus presupuestos
ideológicos, ya que si ellos no tomaban la iniciativa lo harían los opositores,
con resultados menos asumibles.