14 feb 2021

Política y teatro

 


Después de la guerra del 14 se puso en cuestión la diplomacia secreta. Se consideró que los acuerdos y alianzas suscritos por los estados de modo confidencial habían sido un factor determinante en el mecanismo que arrastró a los países europeos a entrar en la contienda uno tras otro después de estallar el conflicto serbio austriaco tras el magnicidio de Sarajevo. El primero de los 14 puntos elaborados por W. Wilson para la firma de la paz rezaba: 1. Convenios abiertos y no diplomacia secreta en el futuro. Y para que a las palabras no se las llevara el viento se creaba la Sociedad de Naciones precedente de la ONU‒, marco en el que habría de desarrollarse la diplomacia de la nueva era bajo los preceptos de la democracia. Desgraciadamente la SN resultó un fiasco y a las palabras, como tantas veces, se las volvió a llevar el viento. Pero también es verdad que del fuego siempre quedan rescoldos: hoy no se entenderían alianzas como la Entente o la Triple Alianza sin el conocimiento y el asentimiento de los ciudadanos respectivos a través de sus representantes y, por tanto, con publicidad en la totalidad de sus términos. Eso no significa que la diplomacia no requiera discreción en su tarea, de hecho es incompatible con la publicidad, al menos hasta que los acuerdos hayan fraguado. Ninguna estrategia negociadora puede sobrevivir si se la somete prematuramente al escrutinio público. La hiperdemocracia que reclaman los populismos a la moda están convirtiendo respetables instituciones políticas en desafortunados performances que sólo logran lo contrario de lo que se debería buscar: la confrontación y la radicalidad.


Hace unos días hemos visto como Borrell, Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, reprochaba al ministro de exteriores de Rusia ante las cámaras de televisión el caso Navalni con el resultado de obtener una respuesta airada que no supo contrarrestar. Si la intención del alto representante era agriar las relaciones con Rusia y de paso ponerse en ridículo ha tenido un éxito fulminante, pero para eso no se necesita un especialista en asuntos exteriores; si el objetivo era lograr en Rusia un avance para los derechos humanos o mejorar la situación de Navalni el fracaso es evidente. Sergei Lavrov, el ministro ruso, incluso ha insinuado la posibilidad de romper relaciones con la UE porque “Rusia no las necesita”, dijo. Evidencia que se pondría de manifiesto si se consumara la amenaza porque con toda probabilidad ninguno de los países miembros respondería con una acción equivalente, por la cuenta que les trae y porque la “Unión” Europea aún está en mantillas, con lo que sólo se habría conseguido una pérdida de relevancia para el proyecto común, que tantos se empeñan conscientemente o por su torpeza en que siga siendo proyecto.


¿Cómo es posible un error de este calibre en un personaje de las cualidades y calidades de Josep Borrell? Sólo se explica por la necesidad que debió sentir de hacer pública la superioridad moral de la UE, lo que anuló la consciencia de sus obligaciones como responsable de la diplomacia europea. La llamada del escenario que la demagogia que nos invade ha inoculado hasta en los que la despreciamos. El mismo fenómeno que ha convertido al parlamento hablo ahora de España y al entramado político en general en un teatro bufo, exasperante y aburrido.


16 dic 2020

El Sahara, problema eterno


De nuevo una oleada de inmigrantes magrebíes ha caído sobre Canarias a la vez, o a continuación, de ciertos desplantes diplomáticos mutuos entre España y Marruecos y la aparente escalada en el gobierno español del tradicional discurso prosaharaui de la izquierda. Previamente la ONU dejaba en standby la solución del caso desde la dimisión del comisario Köhler. Por último, Marruecos obtiene de Trump, en su patética despedida, el reconocimiento de su soberanía sobre el Sahara a cambio del recíproco reconocimiento de Israel. El Frente Polisario, por su parte, declara el fin de la tregua firmada en 1991.

¿Qué razones tiene Marruecos para reivindicar el Sahara Occidental como propio? Todos los estados del mundo recurren a la historia para fundamentar la soberanía que ejercen o pretenden ejercer sobre sus territorios. De hecho los estados nacionales son un invento relativamente reciente en el devenir histórico, pero todos ellos se consideran herederos de fórmulas anteriores, a veces atávicas, y no siempre justificadamente si nos atenemos a una interpretación algo rigurosa de la historia. A primera vista parece fácil afrontar los conflictos soberanistas con sólo preguntar a los habitantes del territorio en cuestión qué quieren ser; sin embargo, el principio de autodeterminación no es de tan sencilla aplicación. La ONU reconoce ese derecho a los saharauis por haber sido un territorio colonizado ‒lo fue por España‒, pero Marruecos niega que lo sea hoy, considerando que la transferencia de soberanía desde España  que se produjo a la muerte de Franco sólo fue una devolución. En algún momento Marruecos aceptó la realización de un referéndum siempre pospuesto por razones técnicas: no existe más censo de la población que el que hizo España antes de la cesión, inservible después de medio siglo; pero hoy, la inmigración marroquí­ impulsada oficialmente y el exilio saharaui en los campos de Tinduf (Argelia), ambos con más de dos generaciones de antigüedad, dificultan enormemente la realización de uno susceptible de ser utilizado en una supuesta consulta.

En la Edad Media el Sahara Occidental era tan solo un camino, una de las rutas por las que llegaba al Magreb y a Europa el oro y la sal, dos productos vitales en todas las épocas. En el siglo XI una confederación tribal, los almorávides, imbuidos de fundamentalismo religioso islámico, se hizo con el dominio de la zona y del Magreb y fundaron Marraquech, creando así el nombre de Marruecos y, para muchos, el fundamento de la nación marroquí. Habían salido del Sahara Occidental. Desde ese momento y con los poderes que siguieron, almohades, benimerines y las dinastías herederas ‒wattásida, saadita y alaui, la actual‒ se controló desde Marruecos mal que bien, total o parcialmente, esa ruta hasta al menos el siglo XVII. Entre tanto la expansión colonial ibérica había creado un enclave en la costa para que sirviera de apoyo a la navegación exploradora del litoral africano en la rivalidad protocolonial hispano-portuguesa. Esa fue la base de la ulterior reclamación española, andando los años, que convertiría en colonia el territorio (finales del XIX).

Es posible que el interés de Marruecos por la zona decayera a la vez que su valor estratégico como ruta del oro y de la sal, y que seguramente aumentó en el momento en que se hizo evidente su riqueza en fosfatos, producto igualmente estratégico y, por si era poco, también carburantes. Lo que no es discutible es que Marruecos mantuvo una relación, a veces de dominio o control, durante siglos del territorio. Que eso justifique o no su pretensión actual de soberanía es cuestión de opiniones, pero no se puede negar sin más ¿O acaso Argelia o Libia puede alegar más títulos sobre el inmenso territorio del Sáhara que controlan, sin que nadie lo cuestione, salvo el de haber formado parte de una misma colonia, francesa e italiana respectivamente? ¿Si Marruecos y el Sahara Occidental hubieran sido colonizados por la misma potencia existiría hoy el problema? No olvidemos que la población del territorio antes del conflicto no pasaba 60 o 70.000 individuos repartidos en varias tribus seminómadas sin más conciencia de nación y de los límites del descomunal territorio por el que se movían que la que les aportó el proceso colonizador. Prácticamente, salvo en el caso de Etiopía, ningún país africano puede alegar mejores razones históricas sobre el control de su territorio que las que les aportaron las potencias colonizadores al trazar sus fronteras según intereses propios y acuerdos intereuropeos (Berlín 1878, Algeciras 1906…).

Posteriormente la descolonización del territorio que nos ocupa se hizo precipitadamente, obedeciendo más a intereses coyunturales que a razones de Estado, que reclamaban salvaguardar la seguridad de Canarias, causa principal en su tiempo de esta colonización: el Rey de España, recién proclamado y todavía con los poderes del dictador (1975), necesitaba consolidarse en la Jefatura de Estado y negoció con Kisinger, a la sazón Secretario de Estado USA, la cesión del territorio a Marruecos y Mauritania a cambio de apoyo político, librándose a la vez de un conflicto militar en marcha desde hacía algunos años.

El proceso no es ya reversible y ahora, a mi juicio, la posición de España debería ser la de salvaguardar la amistad con Marruecos como objetivo de mayor valor, y presionar desde la amistad para ir consiguiendo el progreso de los derechos humanos en la zona; la forma de organización territorial que resulte no nos compete. Tampoco deberíamos movernos en exceso por un sentimiento extemporáneo de mala conciencia por los abusos de la colonización, que no los hubo, salvo el capital de imponer un dominio sin otro aval que el asentimiento de los otros colonizadores europeos y, quizá lo más grave, el posterior abandono, haciendo omisión de los deberes de un Estado administrador del territorio, el más obvio de los cuales es haber tenido en cuenta a la población.

21 nov 2020

Checks and Balance


El político británico de finales del XIX John Dalberg-Acton, colaborador del premier liberal Gladstone, debe su fama más que a su actividad política al hecho de ser autor del aforismo: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente». Pero lord Acton no descubría nada nuevo a las puertas del siglo XX, sino que más bien acertó a expresar con concisión y precisión un saber decantado desde antiguo. Basta con recordar a Pólibio, historiador griego, que hace nada menos que 2200 años alababa en su Historia Universal el sistema de equilibrios de poder que la República Romana había sabido crear para entonces,  freno eficaz frente al despotismo; a John Locke y Montesquieu que con el intervalo de medio siglo (XVII/XVIII respectivamente) y la separación del Canal definieron y elaboraron toda una teoría de la división de poderes para la buena gobernanza del Estado y la seguridad de los ciudadanos; o la materialización de las tesis del último de ellos en el checks and balances (controles y contrapesos) que estableció la constitución americana y la práctica política que deriva de ella. De ahí que, permitidme la digresión, confiemos en que el queda despedido que los votantes pronunciaron contra Trump se cumplirá pese a las bravatas que le resten por lanzar y las artimañas que pueda tejer en sus últimos días de mandato.

Pero las enseñanzas que se derivan de estas doctrinas no deben aplicarse sólo en el núcleo del Estado sino que también son exigibles en cualesquiera instituciones periféricas que lo compongan. Me refiero concretamente a los partidos, sus estatutos y su práctica habitual. La legislación que los regula exige que sean democráticos, pero el concepto se aplica aquí con laxitud e ingenuidad, por decirlo de forma benévola, de modo que alcanzan el placet legal con celebrar consultas periódicas directas o indirectas (no siempre) para elegir a sus dirigentes, aprobar sus estatutos y programas y disponer de algún sistema de garantías. La práctica cotidiana nos ofrece sin embargo el espectáculo de superlíderes que manejan a su antojo la institución que representan convirtiéndola en plataforma para su interés personal o de grupo, perdiendo la perspectiva de que su poder sólo se justifica en el bien colectivo de la ciudadanía y del Estado.

Así pues, tenemos líderes que, movidos sólo por mantener o ampliar su poder, han permitido, favorecido o aprovechado personalmente la venalidad hasta el límite de dar a su partido perfiles de organización para delinquir. Otros que no han tenido empacho en recurrir a artimañas populistas, utilizando la elección directa, para deslegitimar y liquidar órganos y prácticas de control y contrapeso internos, a veces seculares, convirtiendo al partido en un club de fans para mayor gloria del líder. Los hay que deslumbrados por un éxito coyuntural han embarcado a sus camaradas en un viaje alucinante por rutas imprevistas hasta acabar en un naufragio catastrófico o quien, aprovechando un momento crítico, ha lanzado un proyecto de diseño colando con relumbrones de novedad un constructo viejo, dogmático y rancio. El paisaje es variopinto pero siempre construido sobre los mismos materiales de la hipertrofia del poder.

Pero si los partidos son así, el acicate por moldear el Estado y la política en general a su imagen y semejanza es irresistible, de hecho los líderes de los partidos convertidos en líderes del Estado tienden a confundir ambos terrenos. Y ¿No conocemos los daños que de ese fenómeno se derivan?

Más controles y más eficaces, más contrapesos, división de poderes, pero también dentro de los partidos. ¿Qué tal si para empezar declaráramos incompatibilidad entre la dirección de los partidos y el ejercicio de cargos ejecutivos en el Estado, incluida la jefatura del gobierno. EE.UU.  funciona así, también el PNV en España y no con malos resultados precisamente. ¿No evitaríamos mucho del cesarismo ridículo que nos avergüenza y también nos amenaza? ¿No tendríamos partidos más estables, eficientes y menos desprestigiados? ¿No sería un freno a la corrupción porque frenaría la hipertrofia del poder?


13 nov 2020

Los puentes



Buda y Pest fueron durante siglos dos ciudades separadas por el Danubio, en alguna ocasión pertenecientes a entidades políticas distintas, hasta que en 1873 se construyera el primer puente permanente (Széchenyi o Puente de las Cadenas), desde entonces las dos ciudades se fusionaron y pasaron a ser el Budapest que hoy conocemos. Es lo que tienen los puentes, sirven para unir; sin embargo, hay quien se empeña en dinamitarlos porque los perciben como una amenaza.

Es la pulsión de la tribu (¡Viva el Betis manque pierda!). Y por eso la política, que se ha convertido en el espejo de la risa de la vida normal, nos regala con espectáculos surrealistas como el que nos ofreció el Congreso en el debate de los presupuestos. Bendito sea. 

Un sector del gobierno (dejo a la astucia del lector, si lo hubiere, la tarea de identificarlo) hizo esfuerzos sobrehumanos por alejar de la tentación de votar sí a un sector de la oposición proclive al acuerdo ¿Quién quiere adversarios políticos con horribles inclinaciones al entendimiento? Donde se ponga un enemigo malencarado que se quiten las oposiciones dialogantes ¿Cómo si no justificar las políticas excluyentes salidas de una minoría radical como necesaria política de gobierno? Pero además, no son de la tribu y no hay que dar explicaciones sino volar el puente. Mientras, el otro sector del gobierno o callaba para que no le diera la risa o se daba a una cortesía hueca con palabritas de las que se lleva un soplo.
 
Malos tiempos para los puentes, es la hora de las iglesias y los rufianes. O sea, de rancios dogmas disruptivos y del engaño como sistema… y de aquello de «Pedro, sobre esta piedra edificaré mi iglesia». Palabra de Dios.

1 nov 2020

...Y Carmena

 

Dorothea Tanning: Eine kleine nachtmusik

Sólo un par de días después de que publicara mi post Los griegos, las repúblicas urbanas y el CGPJ apareció en El País una tribuna firmada por Manuela Carmena, No lo sigamos haciendo así, en la que coincide conmigo en el diagnóstico pero no en la solución.

Ciertamente resulta escandaloso que los partidos (PSOE, PP) hablen sin cortarse un pelo del “reparto” que ha quedado bloqueado, culpándose mutuamente, pero sin plantearse en ningún momento devolver a las Cortes la misión que les corresponde constitucionalmente de elegir a los miembros del CGPJ. Piensan, visualizan al Congreso y al Senado como instrumentos para sus equívocos fines pero de ningún modo como protagonistas de ese cometido. Por nuestra parte, en lugar de lamentar que el ominoso “reparto” esté empantanado deberíamos alarmarnos por la prepotencia de los partidos que han convertido semejante “apaño” en normal. A eso me refería cuando en mi post anterior decía que habían hecho presa en la justicia, en ese afán imparable por llevar agua a su molino.

La democracia es un sistema delicado que no se sostiene sólo porque haya una constitución que fragmente el poder, establezca unos equilibrios, formule principios y decrete normas de funcionamiento, sobre el papel, naturalmente, se necesita además una masa crítica ciudadana imbuida de fe democrática, que existe, o eso quiero creer, y unos partidos que antepongan la salud del sistema sobre el afán de consolidar e incrementar el poder de su propia organización. Y, lamentablemente, eso no existe.

Me he referido antes al PP y PSOE como principales hacedores del despropósito pero ahí está UP calladitos (o calladitas si respetamos la concordancia) en el gobierno sin que hayan dicho esta boca es mía salvo para increpar a la derecha, o sea entrando con convicción en el juego. Por supuesto los nacionalistas andarán bajo la mesa, cuando la haya, amenazando los tobillos de los negociadores hasta que cojan alguna pieza que caiga.

¿Cuál es la solución que propone Carmena? Que hagan un buen examen de conciencia, un sincero propósito de la enmienda y sean buenos de una vez por todas, porque la ley en vigor no habla de repartos sino de elección y es buena hasta rabiar. Es una conclusión que eleva el espíritu a cualquiera, suponiendo que eso exista. Pero ya los griegos, como decía en mi post, recelaban de las buenas intenciones y de los partidos, todo hay que decirlo, y por eso introdujeron el sorteo. No digo yo que haya que prescindir de los partidos para todo, pero sí cortarles las uñas, apartarlos de aquello en que patinaron, como es el caso, y mandarlos al rincón de pensar.

La verdad, no sé cómo podría hacerse, pero haya o no acuerdo en el reparto de ahora sería muy eficaz y provechoso pensar en mañana porque el afán por magnificar el interés propio es imparable y cada día se dispara desde la cota alcanzada el anterior. El daño que se puede causar por esta querencia es observable en el seno de los propios partidos ya que el asunto se presenta con estructura fractal, para más inri; así, aplicando la lupa véase como los líderes del PP han llevado a su organización a los bordes del vertedero por la pasta y el figurar, que tanto mola; cómo Sánchez ha vaciado a su partido de sustancia, probablemente irrecuperable, apoyándose en los votos de los militantes en una treta populista muy fashion; cómo los que manejan UP que se cuentan con los dedos de una mano y sobran tres trituran a la izquierda alternativa, a la que se supone que apadrinan, en variopintas maniobras del más depurado corte leninista; cómo Rivera asestó a los suyos un mazazo mortal por haber desarrollado una ridícula y arrolladora ambición personal que desbordaba sus capacidades…

¿Más datos?

25 oct 2020

Memoria e historia

 



Cuenta el neurólogo Oliver Saks1 que recordaba cómo de niño, llevado de la mano de su padre, caminaba por las calles del Londres bombardeado durante la guerra, sorteando escombros y envuelto por el olor a quemado que desprendían los restos de los incendios. Lo curioso del caso es que comentándolo con unos familiares le aseguraron que sus padres lo habían llevado fuera de Londres antes de los bombardeos y habían permanecido lejos de la ciudad durante toda la guerra. Era un recuerdo falso, fabricado en su cerebro sabe dios con qué estímulos y por qué necesidades. Y es que la memoria es así de leal con nosotros acudiendo a nuestras demandas y así de desleal con la realidad. Crea recuerdos, borra otros, modifica, transforma, embellece… Nuestra memoria es el pasado pero acomodado a las necesidades del presente: es el pasado que necesitamos, no nuestra historia.

Por eso la polémica y, de hecho, ya decaída ley de Zapatero denominada de la memoria histórica es un oxímoron, desde un punto de vista lingüístico encierra una contradicción en los términos: si es memoria no es historia. La memoria es pura subjetividad, la historia, en cambio, para merecer tal nombre, ha de buscar con ahínco la objetividad. Claro está que la memoria puede ser utilizada como fuente de la historia pero nunca sin contrastar y sin una crítica minuciosa y delicada. Después del parón que sufrió dicha ley durante los gobiernos del PP Sánchez la vuelve a resucitar en una secuela: Ley de la Memoria Democrática, de la que, es de agradecer, desapareció el término histórica. Comprendo la necesidad de ambas leyes y comparto, con matices, su oportunidad y alcance, pero me pronuncio por no usar el nombre de la historia en vano.

En vano y con alevosía se hace uso de la historia desmontando o atacando monumentos a Fray Junípero Serra2, Cristóbal Colón3 o Hernán Cortés, cambiando nombres del callejero o exigiendo disculpas públicas a un Estado por acciones de hace quinientos años4. El pasado que queremos, necesitamos o nos conviene no es la historia. En ¡Colón al paredón!, Letras Libres, Christopher Domínguez concluye su interesante artículo con esta reflexión:

Uno de los grandes logros del siglo XXI, el poner a los derechos humanos en el eje de la filosofía moral, se convierte, al aplicarse retrospectivamente, en la sustitución de la historia por la beatería de los poderosos, sean los talibanes o se trate de la izquierda conservadora que gobierna en México. En el fondo, quien dinamita los budas gigantes de Bamiyán o esconde la estatua de Cristóbal Colón responde, en proporciones hasta ahora distintas, al mismo principio, el del fanatismo.

Al Cesar lo que es del Cesar… y a la Historia lo que es de la Historia. El totum revolutum con que algunos espabilados nos presentan la política y la Historia sólo nos puede conducir a un sueño de la razón, que satirizara Goya, de nefastas e imprevisibles consecuencias.

_____________________

1 El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Saks, Oliver. Anagrama. 2008.

2 En junio de este año fueron dañadas varias estatuas de Fray Junipero en Los Ángeles.

3 La jefa de gobierno de la Ciudad de México mandó retirar en la víspera del 12 de octubre, la estatua de Cristóbal Colón del Paseo de la Reforma.

4 El presidente de México López Obrador ha demandado del gobierno de España que pida perdón por la conquista de México, aprovechando la celebración del quinto centenario.

 

22 oct 2020

Los griegos, las repúblicas urbanas y el CGPJ

 


El sistema más común para designar a los funcionarios que habían de gestionar la cosa pública en la antigua Atenas, unos 1100, era el sorteo. Sólo unos pocos, 100 aproximadamente, lo eran por elección y eso, bien porque su cargo implicaba responsabilidades económicas y había que asegurarse una garantía con el patrimonio del elegido (los pobres no valían), o bien porque se requería una cualificación especial como ocurría con los strategós (generales), función delicadísima y vital en una ciudad en la que la guerra era su estado normal. El sorteo se consideraba mucho más democrático que la elección, hasta el punto de que al primero lo asociaban los tratadistas con la democracia y al segundo con la oligarquía (Aristóteles, Herodoto…). No en balde la democracia se basaba en el principio de isonomía, igualdad entre todos los componentes del demos, y en el alejamiento de cualquier tipo de influencia o coerción, inevitables en el sistema electoral por las facciones o partidos que se generan, y por la no menos indeseable preeminencia que alcanzaban algunos notables en esos grupos y, por tanto, sobre el sistema.

En el medioevo, en donde en ámbitos urbanos también se dieron procesos democráticos, se llamó al procedimiento del sorteo insaculación, del latín in sacculo, por la bolsa o saco de la que se sacaban los nombres de los elegidos. Tuvo un desarrollo notable en Venecia y en otras repúblicas urbanas de Italia. También en España, especialmente en la Corona de Aragón, pero no sólo allí, para designar consellers, alcaldes, corregidores y otros cargos municipales. En España hoy se sigue recurriendo al procedimiento del sorteo para elegir a los miembros de la Junta Electoral Central de entre los magistrados del Supremo, para la designación de peritos en el procedimiento civil, la adjudicación de casos en la Audiencia Nacional o el nombramiento de tribunales para las oposiciones a funcionarios del Estado.

De lo anterior extraigo la siguiente reflexión:

En España los partidos, inevitables en una democracia representativa (y esta a su vez inevitable en el mundo presente) fueron tratados con guante de seda en el sistema que se gestó en la Transición. Salíamos de un régimen sin ellos que duró 40 años y había que ayudar a nacer, arraigar o rehacer estructuras tan necesarias. Pero con el tiempo los partidos han proyectado sus raíces por todos los intersticios del sistema institucional y han ido colonizando muchos de los ámbitos de la administración abusivamente y con maneras inapropiadas. La calidad de una democracia se mide por las barreras que levanta ante la hipertrofia de cualquier poder y hoy los partidos muestran todos los síntomas de ese mal. Están reclamando acciones que los frenen y los saneen.

La crisis entre el ejecutivo y el judicial que viene escandalizándonos desde hace tiempo no parece tener solución por la presa que han hecho en las instituciones de la justicia las dos grandes formaciones en liza. Extender el sistema de sorteo, que como se ha visto ya existe en ciertos casos en la justicia y su gobierno y goza de impecable pedigrí democrático, a la resolución del bloqueo quizás sea buena solución. Tendría la virtud de alejar a los partidos de botín tan apetitoso como peligroso para la calidad democrática. Bastaría con retirar al Congreso de diputados la facultad de nombrar a los miembros del TC y CGPJ que le corresponden y extraerlos por sorteo de una lista en la que figuren todos los magistrados y juristas que reúnen las condiciones necesarias para el cargo. El papel del Congreso se limitaría a determinar cuáles son esas condiciones. El sistema podría ampliarse, por ejemplo a la Fiscalía General del Estado arrebatándoselo al ejecutivo, fuente de escándalo cada vez que hay que nombrarlo, sea quien sea el partido de gobierno. Etc., etc.

Ese elevado porcentaje de españoles que en las encuestas afirman que uno de los principales problemas del país son los políticos lo agradecerían, y los demás seguramente también. Pero no habrá lugar porque el legislador no son los diputados del Congreso sino los partidos expresándose a través de los diputados y esos nunca permitirán una limitación de su poder por necesaria que la vea el sentido común.

_______

Ilustración: A. Lorenzetti, El buen gobierno en la ciudad. Palazzo Pubblico, Siena


6 jul 2019

Lecciones para formar gobierno



Hace un par de semanas me confesaba perplejo por la parálisis presidencial, hoy sigo en el mismo estado aunque un grado, un escalón, una pizca más… no sé cómo se mide la perplejidad. Pero ya no por el entumecimiento en las funciones presidenciales (a todo se acostumbra uno) sino por otras razones, algunas de las cuales  expongo enseguida a ver si viéndolas escritas me inunda la objetividad y descubro por fin si es mi cerebro o es el de los demás. Estoy preparado para cualquier cosa. 

Que el presidente en funciones quiere gobernar solo (solo con el PSOE) no lo he descubierto yo, lo ha dicho él y lo sabe todo el mundo; que tiene escasos (insuficientes) diputados es otra verdad incontrovertible; que se ha reunido con Iglesias y le ha dicho «No me mires que miran que nos miramos, no nos miremos, cuando no nos miren nos miraremos» (seguramente usando otros términos, pero tal cual) tampoco es falso; que el interpelado está mosca y el personal inquieto y expectante es obvio, más porque 123 y 40 son 163, o sea, todavía una miseria si la meta son 176; que por mucho que miremos por arriba y por debajo de los escaños, que no ocupen PP, Cs o Vox, ya no quedan más que un inocente o dos y el resto se lo reparten secesionistas confesos de diferente ralea pero igual sustancia, que diría un metafísico (profesión de la que cada vez estamos más necesitados); que tiene anunciado, el personal asumido y sus compis del PSOE tragado, que nunca pactó ni pactará con la chusma del secesionismo, pero que si le regalan los votos… pues que a nadie le amarga un dulce.

Como estoy en modo no sectario y ante la expectativa de alcanzar la objetividad anhelada no añadiré glosa alguna a lo expuesto, ni inocente ni malintencionada. Continúo.

El aspirante a líder de la oposición, por el momento tercero en el escalafón, también ha hecho cosas feas: quiere ser segundo y lo peor es que no deja de decirlo, metiendo ruido para que acabemos creyendo que ya lo es, cuando no pasa de simple antojo, molesto por lo ansioso, eso sí; por amor a la simetría (Rivera es muy suyo con la estética) le ha preguntado a Sánchez que 'qué es lo que no ha entendido del no', y le replican que sólo esperan que haga lo que ya hizo el PSOE con Rajoy, abstenerse en su investidura, pero se callan que aquello fue después de la defenestración de Sánchez, precisamente por haberse encasquillado en el 'no es no'; cerrando el círculo Cs se niega a negociar con Vox, pero si éste quiere apoyar las coaliciones PP - Cs… pues que a nadie le amarga un dulce... y que si algún compi no traga pues que ahí está la puerta, Nart, Toni.

Terminaba el párrafo anterior y escuchaba en la tele que en Navarra ya teníamos un principio de acuerdo PSN-Geroa bai-Podemos-IE, a los que Bildu regalará sus votos (imprescindibles) pero sin que nadie (faltaría más) negocie con ellos… ¿A quién le amarga un dulce?

Bueno, la política es así, pero digo yo ¿A qué viene entonces la demonización mediática de Cs? ¡Todos contra el impostor! Puestos unos y otros en los platillos de la balanza de la impostura, la irresponsabilidad, la doblez y el cinismo ¿Por qué lado caería? ¿Por el de Sánchez o por el de Rivera? Entonces ¿a qué viene el guirigay?

Tranquilo, no soy yo, son los demás.

20 jun 2019

GANANDO TIEMPO

Estoy un tanto perplejo con la inactividad de Pedro Sánchez tras su victoria electoral. Puede ser una percepción torcida por mis prejuicios sobre el personaje, eso que llaman los expertos sesgos cognitivos, pero lo comparo con su predecesor después de que aquel ganara sus últimas elecciones y no aprecio ni un ápice de mayor diligencia por confeccionar un gobierno viable, si acaso un punto menos, aunque era Rajoy el que gozaba de fama de vago, de sentarse a verlas venir. En los debates mediáticos que tratan el asunto a diario durante horas interminables oigo a algunos periodistas áulicos justificar la inacción del presidente in pectore, o en funciones, como una estrategia para “ganar tiempo”, y mi confusión crece: “ganar” o “perder” el tiempo ¿Cuál es la diferencia? Seguramente dependerá del punto de vista, como tantas cosas.

Hemos visto como después de un largo impasse Sánchez se ponía en movimiento, por un instante, recibiendo en la Moncloa a algunos líderes (los no manchados por la incorrección política a la moda, que hoy excluye a Podemos, incluye a Vox y mantiene una sospechosa ambigüedad con el secesionismo). La sorpresa es que lo ha hecho como el Rey, como un acto protocolario, un ritual de cara a la galería, no un intento real de cotejar intereses encaminado a la formación de gobierno, para, a continuación, ensimismarse otra vez en la meditación ¿ganando tiempo? ¿perdiendo el tiempo?. Como de esas reuniones no salió nada, entre otras cosas porque él nada ofreció, salvo la predicción de la tranquilidad de espíritu de que gozarían si le permitían gobernar, da la impresión de que sólo quería justificarse ¿Para qué? Eso es lo que asusta, que no lo sabemos… tanto si él bien que lo sabe, como si él tampoco lo sabe.

Desde que se conocieron los resultados de las elecciones generales–autonómicas– locales–europeas me pareció que la clave para una primera evaluación del complejo evento estaba en Navarra. Ya comienzan a revelarse consecuencias y no pintan bien (entendiendo por no pintar bien la consolidación de los secesionistas en el poder navarro). Un servidor piensa que el mayor peligro que puede sufrir un país es que cada vez más ciudadanos pongan en cuestión su integridad territorial, y la expansión del secesionismo, descarado en Cataluña (no en el pasado), soterrado y silencioso en el País Vasco (en el presente) muestran que eso es lo que está ocurriendo. No olvidemos que la presión del nacionalismo vasco logró colar en la Constitución un artículo (Disposición transitoria cuarta) que permite la anexión de Navarra a Euskadi y que si eso ocurriera haría por fin viable la independencia del País Vasco, hoy problemática por su exigüidad territorial y demográfica. Entonces veríamos donde quedaba la “prudencia” y el “buen hacer” del PNV, el partido kalós kai agazós (καλός καί ἀγαθός) de nuestro panorama político, según el papanatismo mediático mayoritario.

Navarra nos revela el camino que seguirá Sánchez si no me equivoco demasiado: demonización de las “tres derechas” (ninguna de las cuales ha puesto en cuestión la Constitución, la existencia de España tal y como la conocemos/disfrutamos/padecemos, ni el proyecto europeo); aproximación a populistas de izquierda y secesionistas (todos los cuales han cuestionado la legitimidad democrática de la Constitución y la integridad territorial del Estado, y, algunos, la UE por capitalista); justificación ante el partido, que lo defenestró hace nada por lo mismo (la querencia hacia el populismo izquierdoso y el secesionismo), y justificación ante sus votantes, abducidos o perplejos (en todo caso pasmados), con la escuálida entrevista que mantuvo con los candidatos a opositores o aliados. Y aquí habrá que reconocer que, por las razones que sean, porque son más tontos que él, porque les cogió con el pie cambiado, porque absortos por intereses a corto no ven el horizonte, por lo que sea, repito, se lo han puesto muy fácil, especialmente Ciudadanos, cuyo futuro, me temo, se jugó en esta mano.

Ganar o perder tiempo, esa no es la cuestión.

17 may 2019

OTRA VEZ DE NACIONALISMO



Una cosa es el sentimiento nacional y otra el nacionalismo. El primero es eso, un sentimiento, una emoción cuyo origen quizás podamos rastrear en el proceso evolutivo de la especie como un arma más ante el entorno hostil; anclada en el cerebro desde Dios sabe cuándo, transformada, de un cálido sentimiento ante lo que nos es próximo, a la vez refugio y objeto de nuestros cuidados, en amor por una entidad histórica que hemos convertido desde hace muchas o pocas generaciones en marco geográfico y político de nuestra existencia. Como a todos los sentimientos, hemos de atarlo corto para que no caiga en excesos que anulen la racionalidad convirtiéndose en pernicioso y autodestructivo: las guerras europeas de los dos últimos siglos son un ejemplo recurrente. Se atribuye a Paracelso la frase: "dosis sola facit venenum" (solo la dosis hace al veneno); podemos sacarla de la farmacopea y aplicarla a la sociología política sin menoscabo de su exactitud. Es cuando el sentimiento nacional se desboca cuando el nacionalismo hace su agosto.

El nacionalismo es una ideología. Sólo tiene que ver con el sentimiento nacional porque es excitándolo como obtiene adhesiones. Como doctrina establece que la nación es un hecho originario que precede a la comunidad política, así que no hay comunidad política bien establecida si no coincide con los límites de una nación previa. Es decir, que todo poder ha de corresponderse con una nación y, sobre todo, ha de dedicarse a reinventarla a diario, creando una red de valores y obligaciones que el gobierno ha de promocionar y los ciudadanos aceptar (lo que el pujolismo llamaba crear nación). Valores y obligaciones que se sitúan fuera y por encima del debate y el consenso: se pertenece a una nación porque se ha nacido en ella, de lo que se deriva que rechazar es traicionar, como renegar de la propia familia. Por eso gusta de presentarse como algo natural, de sentido común; aunque, nada hay menos natural y más alejado del sentido común que la excitación del sentimiento nacional para imponer una ideología confundiendo a ambos (sentimiento e ideología) y enredando al personal.

Cuando a partir del XVII los monarcas soberanos empezaron a perder sus cabezas a manos de súbditos empoderados como ciudadanos, la soberanía, huérfana, encontró nuevo hogar en la “nación”, sea lo que sea lo que esto significara. Los poderes se apresuraron a llenarla de contenido, a construirla, a recrear y pulir sus orígenes situándolos en la noche de los tiempos, cuanto más de madrugada mejor, con mucha imaginación y algún pergamino que otro. A dotarla de símbolos y rituales no menos venerables, avalados por la historia recién acomodada para tal fin. El éxito fue espectacular. En cuatro oleadas sucesivas: americana (descolonización inglesa y española), unificadora (Alemania, Italia), disgregadora (Austria, Turquía) y creadora o inventora (2ª descolonización, s. XX) el Mundo se convirtió en un agregado de naciones.

Ni el liberalismo ni el marxismo se sentían felices con el nacionalismo. El primero por el ninguneo al individuo que prácticamente desaparece ante la inmensidad del colectivo nación; el marxismo porque lo considera una treta de la burguesía para minimizar a los únicos colectivos con sustancia real: “la clase”, que traspasa las fronteras («Proletarios del Mundo, uníos»). Pero unos y otros han acabado, o comenzado, transigiendo: para los liberales fue un pecadillo, por supuesto perdonable, de los hazañosos padres regicidas; la izquierda porque a la larga la nación resultó más atractiva, con más color, y porque la mejora de las condiciones económicas diluyó lentamente la conciencia de clase (¿otra artimaña burguesa?), o quizás porque si el izquierdismo es la enfermedad infantil de las gentes de izquierdas (Lenin dixit) el nacionalismo podría ser su enfermedad senil.

Así que el nacionalismo, que debería oler a rancio, está otra vez de moda. Lo han traído la reacción, ese impulso que nos empuja a dar dos pasos atrás por cada uno adelante, y la constatación, desconcertante para los ingenuos, de que la globalización no era el paraíso sino una estación más con sus pasos a nivel, sus vías muertas, sus ruidos y sus peligros. Y ya está el lío montado: la izquierda confundiendo el futuro con el pasado y leyendo progreso donde pone regreso, la derecha descubriendo pruebas de la nación en el pasaporte de Argantonios, y los otros un relicario con el retrato de Puigdemont entre las cosas de Wifredo el Belloso, perdón, de Guifré el Pilós, quise decir.

1 may 2019

EL DÍA DESPUÉS

Estamos en el día después. Es el día en que se echan las culpas del fracaso a la ley D´Hont, a los ganadores, que han vendido humo, y a los partidos emergentes de la misma onda que han sembrado confusión y dividido a los votantes. Antes, en otros lugares o, quizás, en una situación soñada, era el día de los mea culpa y de las dimisiones. También es el día en que los periodistas incrementan la matraca a los electos, y a los sufridos electores, sobre con quién van a pactar o con quién no pactarán en ningún caso. Lamentablemente todos los días después de todas las elecciones son lo mismo, así que, inevitablemente, es un día aburrido. Pero, no me quejo, soy de los que piensan que en política el aburrimiento es la mejor situación posible. Por eso la democracia es tan tediosa, excepto cuando se pone en peligro.

25 abr 2019

CONFESIONES DE UN ELECTOR

Otra vez a las urnas. Dicen que es la fiesta de la democracia pero lo cierto es que no hay elecciones que no nos pongan a cavilar. Hasta a la víspera la llamamos día de reflexión, suspendiéndose por ley todo ruido propagandístico para que las cogitaciones (me apetece usar el palabro por lo que se parece a retortijones) se desarrollen sin malignas manipulaciones alienantes. Luego, pese a tantas facilidades, pocos serán los que puedan dar cuenta fiel de su voto y sus porqués. Por mi parte la cosa está por fin clara y la cuento sin tardar.

13 abr 2019

BREXIT OR NOT BREXIT THAT IS THE QUESTION

El Brexit ha cambiado la imagen que teníamos del Reino Unido. Sencillamente lo ha traído al mundo de los mortales, donde habitamos los continentales. Nunca fui un mitómano, lo que me libró de devociones vergonzantes, no de otros sonrojos, lamentablemente, pero es una evidencia que su sistema político viene despertando envidias desde hace doscientos años por su estabilidad y capacidad para adaptarse y perdurar. Nosotros, los españoles, sin ir más lejos, hemos encontrado allí inspiración muchas veces y en alguna ocasión lo tratamos de imitar, aunque con escasa fortuna porque lo que resultó fue, más bien, una caricatura. Me refiero al experimento de Cánovas en el último cuarto del XIX, con la noble intención de plantar de modo estable un parlamentarismo civilizado en nuestro país por la vía de un bipartidismo que, al traducirlo del inglés, quedó artificioso y chirriante. Es sabido que los implantes no suelen prosperar sólo con buena voluntad. Curiosamente, luego, sin proponérnoslo, nos salió uno, la mar de majo, en la primera etapa de nuestra democracia que recién hemos arrojado a la basura (el bipartidismo, no la democracia… por ahora).

Cuando se firmaron los Tratados de Roma, allá por los cincuenta, los británicos lo esquivaron con gesto displicente ‒alguien más cheli que yo diría que hicieron la cobra a los firmantes‒. Ya Churchill en un famoso discurso nada más terminada la guerra había sugerido la creación de unos Estados Unidos de Europa en los que Inglaterra debía reservarse la tarea de observar y ayudar desde el otro lado del canal pero sin participar ‒nueva versión del splendid isolation decimonónico‒. Pero, la vida es dura, y en los sesenta ya estaban llamando a la puerta de la CEE, tan pronto comprendieron que el artilugio que comandaban en el continente en forma de unión aduanera (la EFTA, hoy reducida a Islandia, Noruega, Liechtenstein y Suiza) no satisfacía sus expectativas. La economía manda más que el orgullo. Precisamente el orgullo sufrió bastante aquellos años en los que Europa ignoraba los aldabonazos británicos por la negativa francesa a abrirles la puerta ‒De Gaulle se cobraba viejas facturas, pensábamos entonces, o los conocía muy bien, pensamos ahora‒.

Tan pronto se les abrió la puerta adoptaron el papel de china en el zapato. En lugar de adaptarse a los modos y aspiraciones de Europa, nunca cejaron en el empeño de que Europa se adaptara a sus afanes e intereses. La entrada la había facilitado la inicial táctica comunitaria de empezar la unión por la economía; en realidad los británicos esperaban que se limitara a eso. Su presencia en las instituciones supuso un freno a los compromisos netamente políticos, se refirieran a la constitución interna de la Unión o a sus relaciones con el exterior, y aquellas decisiones económicas que implicaban acercamiento político, como la moneda única, si no las bloquearon fue porque obtuvieron la exención. La situación ha sido cada vez más incómoda ya que los avances en la unión económica reclamaban imperiosamente mayores compromisos políticos. Eso, unido a la crisis determinó la formación de una opinión euroescéptica en amplios sectores de la población, cultivada con éxito por el populismo de moda, a la que un mandatario con problemas e irresponsabilidad, Cameron, abrió la puerta del referéndum, instrumento que siempre está en la agenda de cualquier demagogo que se precie.

Nadie puede en este momento, en que se amplía una y otra vez el plazo para la salida, cuál va a ser el resultado final, pero sí se pueden extraer conclusiones que nos dicta la experiencia: que el comportamiento del Reino Unido nunca fue leal; que el retraso en la unión política es en buena medida achacable a la actitud reticente, cuando no obstruccionista de los británicos; que la salida va a ser costosa para todos, pero ellos van a tener que sumar el descrédito de su imagen, que pasa de deslumbrante a ridícula por el espectáculo que están dando sus políticos bajo las cubiertas del falso gótico de su parlamento y fuera de ellas; que (no hay mal que por bien no venga) dar dos pasos adelante y uno hacia atrás ha permitido debatir hasta la saciedad, no tomar decisiones precipitadas y una maduración que, por ser lenta, puede ser más sólida. Amen.

5 abr 2019

POPULISMO A LA MEXICANA

AMLO-Trump. Caricatura en Twiter
El indeginismo es un movimiento que, especialmente en México pero también en otros países latinoamericanos, reivindica los valores indígenas, pero que con frecuencia se utiliza como demanda nacionalista frente a los supuestos agravios de la colonización. En este sentido, y con todos los colores del populismo demagógico, ha sido utilizado recientemente por el presidente López Obrador al exigir en carta dirigida al rey de España la petición de perdón a la nación mexicana por lo acaecido en la “conquista”, de la que hará pronto 500 años. El suceso y la efemérides han sacado a la palestra aquellos episodios, afortunados, infamantes o gloriosos según perspectivas, pero, sin duda, trascendentes para todos. Conviene, también a todos, abandonar la demagogia y centrarnos en la historia, en la que, como en cualquier disciplina científica, hemos de mantener atadas en corto emociones y sentimientos para dar oportunidad a la razón. La concepción de la historia como un eterno combate entre héroes y villanos es vieja e inservible; puede ser útil como arma, si es la agresión lo que se busca, pero no como instrumento de conocimiento, mucho menos porque en ella los papeles son intercambiables, a tenor de quién haga el relato.

Pierre Vilar, el famoso hispanista francés, ha dejado escrito, parafraseando a Lenin que el “imperialismo español en América” sería “la última etapa del feudalismo”. En el caso de la colonización hispánica hay que tener en cuenta, para entenderla, el universo mental en el que se mueven sus protagonista que es el del feudalismo tardío, o la modernidad temprana, si se quiere; y por supuesto las construcciones sociales, jurídicas… etc. en las que forzosamente actúan, no solo el estado de las tecnologías entre contendientes. La presencia castellana en América y la conquista (finales del XV y primera mitad del XVI) fue el primer episodio de la colonización europea: adelantó en más de un siglo a la británica, por ejemplo, ya en pleno desarrollo del capitalismo inicial. Juzgarla con parámetros del siglo XXI es un ejercicio inútil, si no malicioso.

John H. Elliott, conocidísimo hispanista inglés, ha hecho un reciente estudio de historia comparada, una de sus especialidades, entre el imperio español y el británico: Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América, 1492-1830. Madrid, 2006. De él el español no sale ni mucho menos malparado. Sin entrar en el detalle de las diferencias que se explican por las distintas y complejas circunstancias, baste con señalar el reconocimiento de la superioridad moral de la acción de España, aunque solo sea porque generó una interesante polémica interna sobre la legitimidad de la conquista y el trato a los indios, que dio lugar a una acción legislativa (Leyes de Indias), de las cuales, la polémica y la legislación, ni de algo parecido, encontramos rastro en las otras potencias colonizadoras europeas de la época.

Matthew Restall, historiador británico, ha publicado Los siete mitos de la conquista española de América. Barcelona, 2004. Ya en el título puede apreciarse el afán revisionista que lo mueve, aunque tal intención no afecte gran cosa al mundo académico, que tiene ya descontados tales mitos en gran medida. En el libro se manejan, en general, las fuentes españolas e indígenas con profundidad e inteligencia sin perder por eso el carácter de best seller histórico al alcance del gran público. El autor es uno de esos historiadores afortunados que saben llegar al profano en la materia sin perder rigor científico. Los siete mitos o ficciones son: 1) el mito de los hombres excepcionales ; 2) la creencia de que la conquista fue realizada por los ejércitos regulares de España (aquí); 3) el mito del conquistador blanco, en referencia a la presencia de la numerosa participación de indígenas en las acciones contra aztecas, incas, etc. que relativizan el protagonismo español y sugieren la guerra civil, de la que los conquistadores sacan provecho para sus intereses; 4) el mito de que la conquista se completó en la 1ª mitad del XVI; 5) el mito de la comunicación y el fallo comunicativo entre españoles e indígenas; 6) la falacia del exterminio indígena; y 7) el mito de la superioridad española. El prestigio crítico de Restall es un acicate para su lectura que resulta sin duda provechosa para el tema que nos ocupa.

Podría proponer más lecturas sugerentes para el tema, como quizás otro best seller reciente: Imperiofobia y leyenda negra. De Roca Barea (Madrid 1918), Que dedica amplio espacio a la acción en América, pero sería a costa de la extensión deseada para este artículo.

Es obvio que la iniciativa de López Obrador no hace nada por la historia; probablemente tampoco por la política, si hemos de hacer caso al historiador y escritor mexicano Enrique Krauze, que en un reciente artículo en El País exponía el riesgo de que, con tan inoportuna y absurda demanda, se rompa una tradición de acercamiento y comprensión entre España y México que dura ya ochenta años.

13 mar 2019

NACIONALISMOS

Leo en J.A. Marina (Biografía de la humanidad. Ariel, 1918) que somos seres emocionales en vías de ser racionales. En diversas ocasiones he tocado en este blog ese tema que me es muy querido, aunque con menos acierto y precisión que el filósofo, naturalmente (aquí, aquí, aquí…). Siempre me pareció que las emociones ganan la batalla de la acción que tratamos de racionalizar a posteriori, justificándola con un barniz que intuimos más noble. La política, que reclama nuestra atención constantemente, es un banco de pruebas permanente: las adhesiones, las opciones políticas requieren el uso de la razón que utilizamos a porfía argumentando para convencer y justificar, ante los demás y ante nosotros mismos; pero, por poco que indaguemos vamos descubriendo que lo que creíamos o presentábamos como razones tienen más bien la catadura de las creencias, y se presentan tan sólidas que permanecen inalteradas, sin apenas erosiones, ante los argumentos más poderosos. De hecho los acuerdos políticos se basan en intereses puntuales de las partes, nunca porque ningún argumento haya convencido al adversario. Pero, eso sí, aunque las creencias tengan vocación de permanencia y condicionen gravemente el comportamiento, sería muy conveniente que fuéramos siempre conscientes de su naturaleza y de las limitaciones que produce, por dos útiles motivos: 1) generar empatía hacia los otros, imprescindible condición para el diálogo, y 2) moderación a los imperativos propios. Escribió Espinoza que “la libertad es la necesidad conocida”, porque no podemos desprendernos de las creencias y emociones (“necesidad”), pero conocerlas ya es un logro notable.

El nacionalismo nace de un instinto primario: la necesidad de identificarse con los que son próximos y comparten inquietudes e intereses. En su hogar primigenio los humanos eran criaturas débiles que requerían de la colaboración para subsistir. La horda, la tribu, la nación son construcciones sociales que nacen de ese instinto, en épocas y condiciones históricas diferentes. En lo profundo de la inteligencia emocional de los individuos se han acumulado mitos, símbolos, ritos que han dado forma y han consolidado un sentimiento nacionalista que, pese a las luces de la contemporaneidad, se muestra inmune, invulnerable ante el acoso de la razón; que es capaz, incluso, de alterar la realidad ante nuestra conciencia para que podamos usar las armas de la razón en su defensa sin que percibamos contradicción.

No hay diálogo posible entre grupos que perciben la realidad de forma distinta y a veces contradictoria. A lo más que se puede aspirar es a la “conllevanza”, que propuso Ortega y Gasset a propósito del problema catalán allá por los años treinta. Dice la RAE acerca de conllevar que es sufrir, soportar las impertinencias o el genio de alguien. Pero hasta para ello se requiere de la voluntad de entenderse, y para que aparezca es preciso que se vea algún interés en el logro de la convivencia o algún perjuicio grave en el fracaso y que las mentes consigan la iluminación necesaria para percibirlos. Tarea compleja para los creadores de opinión que, por una parte, tienen que desprenderse de los demonios propios y, por otra, neutralizar la tarea de los constructores de mitos, de los cultivadores de emociones, que trabajan a favor de la corriente, como se deduce de todo lo anterior.

8 mar 2019

UNA FEMINISTA DE AYER

Olympe de Geouges
El primer feminismo nace con la Ilustración en el siglo XVIII, antes de que se inventara el apelativo con el que lo designamos hoy. Su primera manifestación espectacular y dramática fue protagonizada por Olympe de Geouges, una burguesa de Montauban, establecida en París con su hijo, después de haber enviudado. Allí se dio a conocer en los salones literarios, pero por sus convicciones abolicionistas, escribió varias obras contra la esclavitud, fue encarcelada en la Bastilla mediante una letre de cachet (instrumento discrecional de que se valía la monarquía absoluta para reprimir la oposición política al sistema). Al fin pudo ser liberada por las gestiones de sus amigos. Iniciada la revolución publicó una Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), parafraseando la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Constituyente en 1789. La de Olympia comenzaba con una pregunta provocadora:
Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta.
El articulado de su Declaración rezaba así:
I. La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.

II. El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión.

III. El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ellos.

IV. La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer solo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y de la razón.

V. Las leyes de la naturaleza y de la razón prohíben todas las acciones perjudiciales para la Sociedad: todo lo que no esté prohibido por estas leyes, prudentes y divinas, no puede ser impedido y nadie puede ser obligado a hacer lo que ellas no ordenan.

VI. La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más distinción que la de sus virtudes y sus talentos.

VII. Ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta Ley rigurosa.

VIII. La Ley solo debe establecer penas estrictas y evidentemente necesarias y nadie puede ser castigado más que en virtud de una Ley establecida y promulgada anteriormente al delito y legalmente aplicada a las mujeres.
 
IX. Sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.

X. Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la Ley.

XI. La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la legitimidad de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues, decir libremente, soy madre de un hijo que os pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la fuerce a disimular la verdad; con la salvedad de responder por el abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley.

XII. La garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana implica una utilidad mayor; esta garantía debe ser instituida para ventaja de todos y no para utilidad particular de aquellas a quienes es confiada.

XIII. Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, las contribuciones de la mujer y del hombre son las mismas; ella participa en todas las prestaciones personales, en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en la distribución de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.

XIV. Las Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por medio de sus representantes, la necesidad de la contribución pública. Las Ciudadanas únicamente pueden aprobarla si se admite un reparto igual, no solo en la fortuna sino también en la administración pública, y si determinan la cuota, la base tributaria, la recaudación y la duración del impuesto.

XV. La masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución, tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.

XVI. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su redacción.

XVII. Las propiedades pertenecen a todos los sexos reunidos o separados; son, para cada uno, un derecho inviolable y sagrado; nadie puede ser privado de ella como verdadero patrimonio de la naturaleza a no ser que la necesidad pública, legalmente constatada, lo exija de manera evidente y bajo la condición de una justa y previa indemnización.
EPÍLOGO. Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de estar rodeado de prejuicios, fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la usurpación. El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado apelar a las tuyas para romper sus cadenas. Pero una vez en libertad, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuando dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible. [...] Cualesquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.

Fue una activa revolucionaria que simpatizó con los girondinos, opción moderada y federalista propia de la burguesía liberal que abundaba en las grandes ciudades portuarias de Francia. Durante el Periodo de la Convención Nacional su defensa de los girondinos, sometidos a la represión jacobina, y su oposición a la ejecución del rey le valió la cárcel, esta vez por orden del Comité de Salvación Pública que dirigía Robespierre, y la guillotina inmediatamente después (1793). Sólo hacía dos años que había publicado su famosa Declaración. 


Los intentos de apropiación del movimiento feminista, tan exultante hoy, por las diversas tribus políticas resultan ridículos si se mira hacia atrás.

2 mar 2019

A PROPÓSITO DE LA DEMOCRACIA, EL POPULISMO, LA IDIOTEZ Y EL MERCADO



El dilema al que se enfrenta el político profesional honesto está expresado sintética y sabiamente en una frase del presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker: Sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos. La ventaja del político populista reside en reducir el problema a cómo salir elegido. La desaparición de la primera parte de la contradicción ha podido producirse por debilidad de la conciencia o por ignorancia, o sea, simple estupidez, cualidad cuya abundancia nunca hay que infravalorar (abusando quizás del argumento de autoridad recordaré que Einstein dijo en cierta ocasión: Sólo hay dos cosas infinitas, el Universo y la estupidez humana, y de la primera no estamos seguros). De lo anterior se deduce, obviando la digresión sobre el genio de la física y la idiocia ciudadana, la enorme superioridad, se entiende que política, del candidato populista, pues la política no atiende a la estatura moral o la profundidad de la sabiduría sino a la capacidad de triunfo. El mercado político no premiará al político profesional honesto porque sus costes para compaginar ambos términos de la oposición son enormes, mientras que el populista los ha reducido casi a la nada.

Pero… seamos sinceros por una vez: tanto el intelecto como la conciencia, si es que ambas cosas se pueden separar, no funcionan sin deformaciones o desviaciones, sesgos cognitivos en la jerga psicológica, o emociones que alteran una elección lógica o un comportamiento correcto según la razón. Ningún individuo humano escapa a esta realidad que es parte de su condición y que seguramente la madre naturaleza habrá ido labrando y fijando en el equipamiento de la especie a lo largo de millones de años, con el prodigioso instrumento de la selección natural y finalidades que aún se nos escapan. Lo cierto es que las acciones colectivas, como la elección de representantes, no tienen por qué estar más condicionadas por la excelencia lógica y racional o por la “limpieza de corazón” que nuestras pulsiones cotidianas consideradas individualmente, y marcadas, si no determinadas, por aquellos sesgos y emociones que las hacen tan poco fiables.

Para colmo de males las instituciones tampoco colaboran. El mercado y sus leyes han venido creciendo en importancia a lo largo de los últimos siglos hasta el punto de ocupar un lugar central en nuestra sociedad, pero también en nuestro imaginario, hasta el punto de que hoy lo vemos todo a través de su prisma. La democracia liberal ha acabado configurándose según sus leyes: la oferta, la demanda, la libre competencia, etc. Pero si en los mercados realmente existentes es difícil encontrar una situación en la que los agentes gocen de absoluta libertad, los consumidores estén perfectamente informados, todos actúen según sus intereses objetivos y, en consecuencia, la competencia sea perfecta; en la política, por todo lo que se insinúa arriba y mucho más ni siquiera insinuado, es prácticamente imposible y el objetivo declarado de la democracia, que es el de elegir a los representantes más capacitados y virtuosos, resulta ser una broma de mal gusto. Lástima que cualquier otro sistema al margen de la democracia liberal sea una burla trágica, como largamente nos ha demostrado la experiencia.

Llegados a este punto Mr. Churchill tomaría la palabra para rematar con ironía: La democracia es la peor forma de gobierno que conozco si exceptuamos a todas las demás.
_______________
NOTA.- Esta reflexión, o como quiera que se la llame, se entiende mejor leyendo la conferencia de Félix Ovejero ¿Idiotas o ciudadanos?, publicada en Claves de la Razón Práctica, nº 184.


26 feb 2019

EL SUEÑO DE LA POLÍTICA (TAMBIÉN) PRODUCE MOSTRUOS

Ensor - Dos esqueletos se disputan un hombre ahorcado

Si hemos de hacer caso a los políticos en liza en estas elecciones tendremos que elegir entre una pandilla de traidores, vendepatrias, ineptos, granujas, trepadores, hipócritas, fachas… Sabíamos, por la lógica de las cosas no porque nos adornen superpoderes intelectivos, que estas cualidades se reparten aleatoriamente entre los componentes de cualquier ciudadanía y que a los políticos se les aplican con más frecuencia por la tendencia de todo hijo de vecino a culpar de sus problemas a quien ostenta algún poder, eludiendo así su propia responsabilidad o, simplemente, porque es cómodo y siempre encuentra audiencia. Lo que choca es que los afectados por tan malvada costumbre la hayan comprado para aplicarla sin excepción y sin pausa a todos sus oponentes, produciendo la sensación de que las cualidades personales de los candidatos son aterradoras y de que los partidos son maquinarias infernales dedicadas a promover en exclusiva las carreras políticas de sus miembros al margen de cualquier consideración ética y a distancia astronómica de los intereses verdaderos de los ciudadanos, de los que, por cierto, todos hablan para lamentar que están a la intemperie y sin que a ninguno, de los otros, le importe un comino. Parece que todos los partidos hubieran acabado por adoptar el mismo programa, a saber: desalojar, o alejar lo más posible del poder a los oponentes, dada la peligrosidad letal de sus intenciones, dejando en un segundo término lo que siempre entendimos por programa. 


El populismo que nos invade parece estar alcanzando sus últimos objetivos: se ha contagiado a todos, demostración palmaria de que nadie era inmune; la propia clase política se autodescalifica al culparse unos a otros de haber corrompido sus objetivos originarios; se demoniza la negociación y el pacto, como si parlamento no tuviera nada que ver con parlamentar, que no es sino hablar para zanjar diferencias; y, en fin, empieza a desaparecer cualquier esperanza de regeneración desde la política. Es el momento del gran populista, el gran hermano que, como el Comandante de la canción (el nuestro era general), llegue y mande parar (Y en eso llegó Fidel/ y se acabó la diversión/Llegó el comandante y mandó parar). 

Digo que es el momento, no que vaya a ocurrir. Afortunadamente no hay comandantes ni generales a la vista y por otra parte desde hace tiempo (nos lo dijo Marx) sabemos que la historia siempre ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia, la segunda como una miserable farsa

Si he de ser sincero me alivia que se haya pasado el tiempo de la tragedia, estamos en el de la repetición, pero me deprime profundamente que nos espere una payasada infame. De hecho, juraría que ya estamos viendo el introito.

16 feb 2019

Ante las elecciones (abril 2019)


La política española ha entrado en un proceso de centrifugación, o sea, de huida del centro, donde hasta hoy siempre se había dicho que se ganaban las elecciones. Sin embargo, desde hace algún tiempo la atracción de la periferia es tan fuerte que parece arrastrar a todos los partidos sin excepción. Las alianzas, tácitas o explícitas, que antes se gestaban en el centro ahora ni se intentan, se buscan los socios en los extremos. Hay, no sólo un proceso, sino también, y sobre todo, un afán de radicalización evidentes.

El hecho de que a los dos grandes partidos que antes se alternaban en el poder le salieran competidores creíbles, por la izquierda al de izquierdas y por la derecha al de derechas, ha tenido el curioso efecto de que ambos se han apresurado a neutralizarlos asumiendo parte de sus propuestas, aliándose con ellos e incluso emulándolos, en un intento de escapar a la crítica que los acusaba de ser indistinguibles entre sí. Una actitud incomprensible sin presuponer mala conciencia en los protagonistas. Sin duda la crítica podía hacerse y, asimismo, aceptar esa mala conciencia (autocrítica si queremos ser benevolentes) pero también es claro (los hechos son reveladores) que hemos salido de Málaga para entrar en Malagón: la aparición de los nuevos partidos lo primero que ha generado es radicalización ¿Se impondrá después con nitidez el efecto positivo, la ampliación de opciones, la claridad y diferenciación de propuestas, sobre el negativo señalado arriba?

En la izquierda Podemos, uno de los noveles en liza, se pulveriza ya porque las múltiples partículas de su composición comienzan a desagregarse conforme la dirección va revelando cada vez más claramente su querencia leninista, perdiendo progresivamente el atractivo de sus comienzos entre tantos de sus seguidores, politizados, seguramente, sólo por las circunstancias de aquel momento. Quizá el PSOE, que parecía agonizar por el deterioro interno, el desgaste por la derecha (Cs) y por la izquierda (Podemos), frene su caída por el alivio que proporciona la crisis podemita y porque Cs parece mostrar ahora más apetito por los votantes de derechas que de izquierdas. Está por ver el efecto de los ocho meses de Sánchez en la Moncloa: para unos ha sido alarmante y revelador su comportamiento con el secesionismo; para otros habría sido una muestra de la actitud dialogante que se le reclamaba a Rajoy. No lo sabremos hasta el 28 de Abril cuando se abran las urnas.

El PP tiene el problema añadido de tener que hacer frente (ahora le toca a él) a una erosión bilateral en plena efervescencia: por su lado más reaccionario, Vox, y por el más liberal, Cs. Una situación que amenaza con su jibarización, con reducirlo a una opción exclusivamente democristiana, suponiendo que el escándalo por la corrupción le haya dejado algún seguidor de esta tendencia.

El papel de Cs es equívoco: empezó a destacar como una fuerza de centro de carácter socio-liberal y revisionista en lo territorial autonómico, pero últimamente se ha decantado más por la derecha (¿A causa de la ambigüedad de la izquierda con el secesionismo o porque se imponen sus genes liberales?), lo que introduce un factor de complejidad. Desde luego, hasta ahora su crecimiento según las encuestas, que no desmienten las elecciones celebradas, es constante, aunque más lento de lo que a todas luces anhelan sus dirigentes. ¿No les conducirá la impaciencia a alguna situación irreversible, quizá a una definitiva decantación en el ecosistema de la derecha, de lo que ya se le acusa y de la que no pueda regresar?

Las elecciones convierten en candentes los interrogantes que se han planteado y abre otros, como el de si la convocatoria funcionará como acelerador de la centrifugadora o lo contrario. De lo que no parece plantear dudas es que el resultado no arreglará gran cosa porque no habrá una mayoría clara y el secesionismo no remitirá, dos problemas capitales del momento para los que no se atisban soluciones. Hemos entrado en un periodo de gobiernos frágiles con dificultades para cubrir la legislatura, gobiernos de meses al estilo italiano. Los que anhelaban el cese del cuasibipartidismo que hemos disfrutado/sufrido desde la desaparición de UCD seguramente no pensaban en este efecto, tan común, por cierto, en los sistemas parlamentarios, aunque se apliquen mecanismos electorales y constitucionales para evitarlo, como ocurre en nuestro ordenamiento.