12 jun 2010
Daniel Cohn-Bendit en el Parlamento Europeo
Una apasionada invectiva como la de Cohn-Bendit contra la herrumbre de las instituciones y la hipocresía y la pasividad culpables nos reconcilia con la llamada clase política y con las instituciones europeas.
No está todo perdido.
10 jun 2010
Sindicalismo y crisis
Hace tan sólo semanas el gobierno sostenía que no era necesaria una reforma laboral que le venían pidiendo desde distintos sectores algunos tan poco autorizados como el financiero. Ahora la impone por decreto, tras el fracaso de la mesa sindicatos patronal, alegando su inevitabilidad. Es posible que sea necesaria una reforma en este sentido; puede que una desregulación (flexibilización es el eufemismo) del factor trabajo redunde a la larga en una reducción del paro, como aseguran los adoradores del mercado libre; pero, no cabe duda de que es una medida importante en el desmantelamiento del sistema social europeo, que entre otras cosas amenaza en España con cargarse el sistema sindical, como ya ocurrió con el británico en tiempos de M. Thatcher.
El sindicalismo en nuestro país ha adolecido de su tardía recomposición, después de haber sido desmantelado por el franquismo. En realidad no logró situarse a la altura de los del entorno europeo, entre otras razones por falta de arraigo entre las clases trabajadoras (al franquismo no lo derribó ni la lucha política ni la obrera, se murió de viejo, como su fundador). Por las peculiaridades de la Transición, muy pronto desde el poder se protegió a los sindicatos legal y económicamente, como se hizo con los partidos, por entender que eran instrumentos imprescindibles en la consolidación democrática. El efecto fue sin duda positivo, pero tuvo contrapartidas: dificultad para inspirar credibilidad entre los que eran objeto de su lucha; desde su legalización se han sostenido más por la ayuda estatal que por el esfuerzo de sus defendidos; como consecuencia, muchos trabajadores los ven como un instrumento más del poder o de la administración del que esperan algo, pero con el que no se implican. Curiosamente las direcciones de los grandes sindicatos han actuado casi siempre con responsabilidad y eficacia y en muchas ocasiones han demostrado más sentido de Estado que muchos políticos o partidos, lo que es de agradecer, pero no ha contribuido a su imagen como organizaciones en defensa exclusiva de los intereses de los trabajadores.
Los sindicatos no pueden aceptar una reforma laboral que suponga un retroceso importante de las conquistas consolidadas en el pasado, el sacrificio tiene un límite, más difícil de soportar si los sectores responsables de la situación se van de rositas, como muestran todas las evidencias. Lo peor del caso es que la respuesta, la huelga general, no puede ser más que testimonial, y, por tanto, muy probablemente, un fracaso, como ha ocurrido con la de funcionarios. El callejón no tiene salida. Si en la reforma con la que chantajeaba el Gobierno se incluyen medidas para trocear la negociación colectiva y, en aras de una mayor racionalidad, se rebaja a nivel de empresa, el golpe para los sindicatos puede ser mortal.
Puede ocurrir que otro de los males que traiga la crisis sobre los trabajadores sea nada menos que el desmantelamiento de sus instrumentos de lucha y defensa de sus intereses. Otro sacrificio que en el altar del mercado está a punto de ofrendar el capital, y el Gobierno de acólito.
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7 jun 2010
Futbol en la sopa
Los jugadores de la selección española de futbol cobrarán 600.000 € de prima si consiguen la victoria final, el bonus más alto de los que pagará federación nacional alguna. Aunque he oído ya algunas críticas que alegan principios morales por la crisis y la situación que vive el país, estoy seguro de que será aceptada por la opinión pública sin mayores reparos, lo que pone en evidencia una vez más el valor que damos al éxito deportivo, especialmente en el futbol. La compensación psicológica que sentimos al identificarnos con el triunfo de los jugadores es tan satisfactoria que nos hace olvidar, según parece, principios éticos que exigimos indignados en otros campos. Que los políticos bajen sus remuneraciones, que se les recorte el sueldo a los funcionarios, que se contraiga el gasto en los programas de la administración, nos parece lógico y hasta puede que poco, pero esta desmesura en premiar la excelencia deportiva no se cuestiona.El éxito vicario que nos proporcionan los deportes de competición parece justificar cualquier cosa, incluso el abandono de la racionalidad. Calificar a esto de amor al deporte es, según toda evidencia, un exceso. Se trata más bien de la necesidad de sentirse triunfador, para lo cual se utiliza un juego deportivo que, además, sólo lo ejecuta una exigua minoría, la inmensa mayoría participa tan sólo emocionalmente, es decir, pasivamente, que es justo lo contrario de lo deportivo. Es posible que algunos psicólogos avalen la bondad de tales mecanismos porque vean en ellos una válvula que alivia tensiones y, puede que piensen, previene males mayores. Sin embargo, la creación de relaciones místicas entre el individuo y un grupo, sea deportivo, religioso, político o de cualquier tipo produce fanatismo, un abandono temporal o parcial de la racionalidad, el oscurecimiento del raciocinio anegado por un mar de emociones. Naturalmente será más o menos grave en función de nuestra capacidad individual de autocontrol, de educación y de otros muchos factores, pero siempre será fanatismo, irracionalidad. Pese a todo, en los medios periodísticos y más allá, se asume e incluso se alaba y promociona el efecto aglutinador (la palabra parece no tener más que perfiles positivos) que tienen los clubes, las selecciones y los grandes eventos deportivos: algunos intelectuales han perdido ya el pudor que antes les contenía y muestran y se enorgullecen de la comunión mística con su club o selección, quizá por un populismo que nadie les exige; los políticos la utilizan para ganarse seguidores, mostrándose al mismo nivel que las masas de las que esperan el favor, sin duda por un populismo que les resulta muy rentable; algunos imbéciles pretenden enternecernos destacando la ilusión que despierta en los niños, siempre angelical, como no. Ni que decir tiene que tales sentimientos forman parte de la condición humana, pero también la agresividad, el miedo o la envidia, y ni se alaban, ni se promocionan, ni se presume de ellos.
Las cifras que se mueven en torno a los deportes, especialmente el futbol, nos dan la pista de dónde está el motor de toda esta gigantesca superchería. Primero se revistió de formas y contenidos religiosos (¿quién duda que la hinchada lo vive religiosamente?), con su iglesia (su estructura organizativa) y sus predicadores y oficiantes (periodistas, preparadores…), sus grandes y espectaculares rituales litúrgicos, en los que el éxtasis místico alcanza su máxima expresión entre los fieles, su santos o sus dioses, venerados y adorados con todo tipo de excesos a lo largo y ancho del mundo y sus santuarios (el Bernabeu como centro de peregrinación se sitúa con honor en el ranquin de lugares santos); después, el capital, siempre al acecho, husmeó posibilidades de gran negocio y en los últimos tiempos ha hundido en él su hocico y sus garras, ha inundado a los clubs con lo peor de su canalla y ha introducido los modos de la picaresca y la chulería de la ostentación obscena del fajo de billetes. Pero nada desalienta a sus seguidores que permanecen ciegos o, en todo caso, paralizados, ante tan evidente corrupción del deporte, atentos sólo al éxtasis del encuentro, a la catarsis de la victoria, considerando natural que su club sea más que un club, que entre su corazón y la camiseta de la selección haya un vínculo espiritual.
Viviremos una vez más, con la paciencia y la resignación debidas, la orgía del absurdo que se nos prepara, y aceptaremos, impotentes, la ofrenda de los 600.000 €, por inevitable.
5 jun 2010
Un predicador en la bolsa
Está claro que, planteada la cuestión como un asunto ético, las medidas a tomar son otras muy distintas de las que se han aplicado hasta ahora (regulación de mercados, de la que se habló tanto y tan poco se hizo, control de los artefactos financieros que nos están asfixiando, recortes del gasto y otras boberías). Según se deduce de la hipótesis moral, lo que hace falta es limpieza de corazón y mucho amor al prójimo, porque es el Maligno, que ha emponzoñado el corazón de todos, el causante de la catástrofe.
Y ¿cómo se combate esta ofensiva del averno? Pues con armas espirituales, como siempre se hizo. Seguro que bastará con que cada mañana al abrirse Wall Street, en lugar de esos variopintos personajes que suben al balconcito a tocar la campana de apertura, debe subir un predicador que hable directamente al corazón de los brokers, alejando de sus mentes cualquier tentación de enriquecimiento, para ellos mismos o para quienes contraten sus servicios; que ganen, sí, pero poco. Si se viera necesario, durante la jornada se podrían leer por megafonía algunos textos santos ad hoc, como en otro tiempo hacían los monjes en el refectorio. ¿Quién duda de que las cosas cambiarían radicalmente? El ejemplo debería seguirse en todas las bolsas y salas de mercado del mundo, adaptándolo, por supuesto, a las costumbres y creencias locales. Programar ejercicios espirituales para directivos financieros podría ser un complemento necesario y muy adecuado y, por supuesto, colocar un director espiritual en cada consejo de administración, no sólo no reconduciría a las empresas descarriadas, sino que probablemente disminuiría el paro y promovería las vocaciones, de las que tan necesitados estamos.
¿Será muy atrevido decir que esta no es una cuestión de buenos y malos sino de política económica?
1 jun 2010
Iberismo
La idea de una unidad peninsular completa, iberismo, se ha abierto camino en los últimos años al haber sido recogida por algunos intelectuales, como Saramago, y por otras circunstancias, hasta el punto de que una encuesta, realizada por la Universidad de Salamanca en colaboración con instituciones portuguesas en años sucesivos y en los dos países, ha venido dando resultados favorables crecientes, más en Portugal que en España.
Pero ¿cómo empezó nuestra historia separados?
En el siglo XI, Alfonso VI, rey de Castilla, León y Galicia, casó a su hija Teresa con Enrique de Borgoña, noble franco que había acudido a Castilla a prestarle ayuda en su política expansiva frente a moros y cristianos y a hacer de paso fortuna, o quizá al revés; la dote fue el condado de Portucale, vinculado al reino de Galicia. El borgoñón y su viuda actuaron en sus tierras con gran autonomía, pero su hijo Alfonso Enríquez se autoproclamó rex, emulando a su bisabuelo Fernando I en Castilla y al hermano de éste, Ramiro I en Aragón; tradición de familia.
Alejamientos, aproximaciones y desenlace:
• En el XIV Juan I de Castilla casi consigue la corona lusa por su matrimonio con Beatriz de Portugal, pero fracasó militarmente en Aljubarrota (1385), suceso que se convirtió en emblemático para el posterior nacionalismo portugués.
• La crisis dinástica castellana del siglo XV se libró entre Juana, hija del rey Enrique y su hermana Isabel, la futura reina Católica, que tuvieron respectivamente la ayuda de Portugal y de Aragón; el azar se inclinó por Isabel y Aragón, prefigurando la unidad de la futura España, sin Portugal.
• En 1500 murió Miguel, por breve tiempo heredero de las tres coronas (Portugal, Castilla-León y Aragón), ya que era nieto de los RR.CC e hijo de Manuel I de Portugal. Otra ocasión frustrada.
• Ochenta años después Felipe II logró por fin la corona portuguesa a causa del agotamiento de la dinastía de Avís y por ser hijo de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, el Emperador. La unión se prolongó hasta el reinado de Felipe IV (60 años).
• En 1640, la crisis económica y la crisis bélica arrastraron a la monarquía a una descomposición institucional que tuvo su momento más grave en las sublevaciones de Cataluña y Portugal; el resultado fue la independencia del último, pero no de Cataluña. El desenlace inverso también habría sido posible.
Como se ve el protagonismo es de las dinastías, que actúan tratando a los territorios sobre los que ejercen soberanía como patrimonio de familia, que lo eran, de ahí las divisiones y reagrupaciones sucesivas; los pueblos, si acaso, aparecen como comparsa. Por eso basar el orgullo nacional en tales sucesos es además de irracional, ridículo, pero esa es otra historia. Hay por último un penoso suceso, por lo tardío, protagonizado por el ministro Godoy, un trepa de opereta, ya en el XIX, que llegó a pactar con Napoleón, un arribista de gran concierto, el reparto de Portugal, con trágico resultado para España.
Como afortunado contraste, este mismo siglo vio nacer el iberismo, movimiento que tiene facetas progresistas y dinásticas a un tiempo, pero en el que los protagonistas surgen del pueblo consciente e ilustrado. La revolución liberal coqueteó con la idea desde momentos tan tempranos como las Cortes de Cádiz, durante el exilio, en el Trienio Liberal, y tras el estallido de la Gloriosa (revolución de 1868), proponiendo soluciones dinásticas, en las que siempre se sustituía a los Borbones por candidatos portugueses. Paralelamente surgió un movimiento, casi políticamente neutral, con fuerte contenido cultural y económico que tiene su origen en el aventurero y diplomático catalán Sinibaldo de Mas, pero que encontró mucho eco en Portugal donde se editaron varios periódicos por la causa, alguno de ellos bilingüe. El republicanismo tanto portugués como español recogió la idea muy pronto (Nogueira, Sixto Cámara, Pi i Margall) y de ahí pasó al obrerismo especialmente anarquista –la Federación Anarquista Ibérica (FAI) fue la más influyente organización obrera iberista–. Teófilo Braga uno de los padres de la república portuguesa fue un convencido y minucioso constructor y difusor de la idea en los albores del siglo XX. A partir de ahí el desafortunado transcurrir político de ambos países con el ultranacionalismo de las dos dictaduras fascistoides de Franco y Salazar enterraron el proyecto, aunque ambos dictadores firmaran un fantasmal Bloque Ibérico, que sólo contenía retórica.
Es natural que la democracia y la constatación de que en la UE sólo los grandes hacen oír su voz, resucitaran la utopía. No hay que olvidar que el resultado sería un país próximo a los sesenta millones de habitantes, comparable a Italia o Francia, con más de 70 escaños en el parlamento europeo. Por otra parte la evolución económica ha superado afortunadamente la tradicional postura de ignorarse mutuamente, hasta el punto de que hoy España exporta a Portugal más que a toda Hispanoamérica, y somos su principal cliente y proveedor.
¿Merece todo esto olvidar Aljubarrota?
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En la imagen la bandera que Sinibaldo de Más ideó para la Unión Ibérica, con los colores de España y de la monarquía portuguesa.
