10 abr 2010

Tribulaciones de un ciudadano perplejo (1)

No estoy seguro, podría tratarse del síntoma de una rara patología, o quizá no, pero lo cierto es que en los últimos tiempos la perplejidad es mi estado de ánimo permanente ante la cosa pública. Puede que sólo sea aturdimiento senil, pero nada pierdo dejando constancia de turbaciones que posiblemente alivien desconciertos ajenos. Con ellas comienzo esta serie que intercalaré con las entradas habituales.

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A Garzón lo asocio siempre con unas escaleras: en los primeros tiempos de su estrellato solía darnos la prensa, escrita y audiovisual, imágenes suyas subiendo con diligencia arrolladora las de la Audiencia Nacional; en las que nos dan ahora lo veo bajándolas siempre. ¿Dónde se ha operado esta transmutación, en la realidad o sólo en mi cerebro? No sabría decir. Me temo que cuando empiecen a proporcionarnos algunas en estado de reposo sea sentado en el banquillo.

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Hace muchos años, los de mi edad lo recordarán, el cardenal Danielou murió de un infarto en un prostíbulo de París. Ni la santa omertá vaticana pudo silenciarlo entonces, aunque eran tiempos de silencio; ahora con la movida menorera del clero se me ocurre que aquel era un santo varón, al menos dejaba en paz a los niños. Si algún papa lo hubiera canonizado y ofrecido a los seminaristas como ejemplo no tendríamos estos sobresaltos de hoy.

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Monseñor González, obispo de Almería, ha dicho en una homilía a sus fieles que la Ley de muerte digna que aprobó el parlamento de Andalucía le recuerda «la tortura, el acoso criminal de los regímenes totalitarios, la pena de muerte, los enfrentamientos raciales, los genocidios y las persecuciones de cristianos». A mí todas estas barbaridades me recuerdan la historia de la Iglesia: las torturas de la inquisición, las bendiciones a la dictadura de Franco, las condenas del Santo Oficio, la complicidad en la criminal explotación colonial del Congo, las cruzadas y la matanza de cristianos de otras iglesias. En cambio la Ley de muerte digna no me recuerda nada, me pone en la pista de un futuro más humano. Uno de los dos anda mal de la cabeza… y del corazón.

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8 abr 2010

¿Quién teme a la reforma electoral?

Una buena ley electoral es elemento decisivo para que el desarrollo democrático sea de calidad, lo que no queda siempre garantizado en la constitución, por excelente que ésta sea. Y es que aquella frase tantas veces repetida de Romanones, uno de los más maniobreros políticos de la España contemporánea: «Haced vosotros las leyes, dejadme a mí los reglamentos» tiene y tendrá siempre un fondo incuestionable de verdad y de actualidad.

El sistema D’Hondt y las circunscripciones electorales de carácter provincial tal y como se utilizan hoy propician unos resultados que sin alterar el mandato constitucional benefician escandalosamente a los grandes partidos (PP, PSOE) y a los que se presentan en pocas circunscripciones (nacionalistas); como ejemplo, valga el dato de que un diputado de IU cuesta más de 400.000 votos y uno del PSOE o del PP algo más de 60.000; al tiempo, los partidos bisagra son siempre nacionalistas: vascos, catalanes, gallegos o canarios, que se postulan como mucho en cuatro circunscripciones, con lo que su importancia a nivel estatal se magnifica hasta el despropósito.

Cuando se diseñó el método vigente se tuvieron en cuenta, entre otras, dos cuestiones capitales en aquel entonces: 1)fortalecer el sistema de partidos con diversas medidas, como las listas cerradas y bloqueadas y otras sutilezas que impidieran una excesiva proliferación, lo que también redundaría en beneficio de la gobernabilidad, no en balde salíamos de un régimen autocrático que durante casi cuarenta años se había dedicado con aplicada inquina al descrédito del sistema de partidos; 2)respetar los anhelos nacionalistas, compañeros inseparables de cualquier eclosión democrática en nuestro país, según demuestra la historia , pero que fue la bestia negra del centralismo franquista. Seguramente fue una decisión acertada, pero han transcurrido treintaidós años, los jóvenes de hoy confunden a Franco con el tío del saco, aquel ente de ficción con el que asustaban las abuelas a los niños que hoy somos abuelos, y ya la ley electoral chirría.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Granada ha puesto en marcha con todo el aparato científico que cabría esperar un proyecto de reforma de la Ley Electoral, poniendo buen cuidado en que no pueda ser rechazado por utópico. De hecho un primer proyecto en 2008 que proponía una mínima reforma constitucional (Art. 68) ha sido sustituido por otro en 2009 que conserva el mismo espíritu pero que no requiere tocar la Constitución (Informe GIME’09). Por un ingenioso procedimiento que incluye ampliar a 400 el número de diputados desaparece la penalización que pesa sobre los partidos de ámbito estatal no mayoritarios, mantiene los escaños que alcanzaron los nacionalismos periféricos con escasísima alteración y conserva la situación predominante de los grandes partidos. La equidad mejora considerablemente sin menoscabo de la gobernabilidad. Permanece la ley d’Hondt, como deseable corrección a la proporcionalidad y garantía de gobernabilidad, así como las circunscripciones provinciales que se consideran una tradición en la historia electoral de España. No se puede pedir más por tan poco.

La comisión electoral del Congreso de los Diputados trabaja estos días en una reforma que tiene como objetivo cerrar por completo el paso a los afines a ETA y sobre las circunscripciones en las europeas, pero no se van a ocupar en absoluto de las elecciones al Congreso, han rechazado una propuesta en ese sentido de IU y UPD. Ninguno de los dos grandes partidos tiene el mínimo interés en una reforma que sólo puede debilitar su posición, al fin y al cabo su situación de privilegio la han logrado con esta ley y, sin ellos, nada es posible; cuentan además con la alianza de los más beneficiados por el sistema: los partidos nacionalistas. A menos que IU y UPD consiguieran sacar el tema a la calle y presionar con la movilización popular, no habrá reforma. ¿Tendrán capacidad para eso? Permitidme dudarlo. De momento se limitarán a incluirlo en sus programas electorales con la esperanza de arañar algún voto, pero carecen de nervio para otra cosa, y la colaboración es cosa que ni se contempla, faltaría más. Los electores de momento o practicamos la virtud de la resignación o el vicio de la desafección.

Y aquí paz y después gloria.

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4 abr 2010

Corrupción

En cierta ocasión me crucé en una calle de Málaga con Jesús Gil (que seguramente descansa en paz, pero que a nosotros es seguro que nos dejó disfrutando de un merecidísimo sosiego); le acosaban varias señoras con cabellos rubio ceniza y complementos Burberrys, entre las que repartía insignias del Atlético, lo tocaban, lo palpaban, como si se tratara de un santo milagrero y de esa acción esperaran obtener indulgencia plenaria. Eran sus momentos de gloria en la alcaldía de Marbella; después vendría un calvario de cárceles y tribunales, ninguna gran cosa para lo que había hecho y enseñado a hacer, porque creó escuela: alguno de sus pupilos todavía nos altera la digestión de vez en cuando desde los platós televisivos y otros se enfrentan a un macrojuicio que esperemos no se hunda en el caos. Sin embargo, los fieles siguieron votando a su engendro político, el GIL, y se puede decir que, como el Cid, ganó sus últimas batallas después de muerto. Ninguno de ellos (sus seguidores) se escandalizó porque actuara en abierta y desafiante ilegalidad o se enfangara en la corrupción: era su héroe, estatus que alcanzó transitando no se sabe bien qué oscuros pasajes mentales de sus incondicionales.

Hoy al PP le nace un corrupto por día, o más, sin que parezcan arruinarse sus expectativas electorales: un presidente valenciano al que un amiguito del alma le regalaba trajes de miles de euros mientras otro, juez él, le evitaba el disgusto de una condena; un presidente balear y ex ministro que colocó al magistrado que lo interrogó a las puertas del vómito, según se deduce de su auto, por su desprecio de los ciudadanos a los que parece que sólo veía como sujetos de cualquier burdo timo, que él se sentía casi en la obligación de perpetrar; un secretario de finanzas que se las pintaba de maravilla para sacar de extranjis en toda ocasión un óbolo para el partido y otro para su bolsillo; en fin, tal variedad y cantidad de casos que su enumeración completa resultaría sumamente tediosa. Sólo en los últimos años de la presidencia González hubo una proliferación comparable; pero, la diferencia es notoria y constituye la base de la tesis que expongo a continuación:

Los corruptos son penalizados políticamente cuando pertenecen a partidos de izquierdas. Son exonerados total o parcialmente de sus delitos si pertenecen a partidos de derechas; en tal caso, si escapan a la justicia, cosa bastante probable debido a la ilegalidad de las pruebas aportadas, la prevaricación de los jueces instructores y otros imponderables, pueden ser elegidos nuevamente con fe renovada por sus correligionarios e incluso conseguir un plus de nuevos seguidores admirados de su habilidad y asqueados de la bobería de sus oponentes.

Toda tesis requiere su comprobación. Nada más fácil en este caso: las hemerotecas son una fuente exuberante de pruebas, así que basta con saber leer o disponer de tiempo para ver y escuchar los medios audiovisuales. Otra cosa es explicar por qué se produce un trato tan desigual, que, a un marciano, por ejemplo, podría parecerle injusto, pero no a un ciudadano de este país, ya de vuelta de tantas cosas, faltaría más. El desarrollo argumental en el silencioso trajín de sus neuronas puede ser éste:

Ante el corrupto de izquierdas: ¿Qué se habrá creído éste desgraciado? Como si no supiera yo que era colega de mi cuñado. Un muerto de hambre que quiere hacerse rico a nuestra costa. ¡Diputado! ¡A trabajar, cabrón! Pero cuando salgas de la cárcel.

Ante el corrupto de derechas: El tío es que tiene clase. Qué necesidad va a tener de robar a nadie si está forrado. Pura envidia. Un tío hábil es lo que es, y claro, la gente le está agradecida. Además, Quién no haría lo mismo en su lugar. Yo desde luego que sí.

Ya dejó dicho nuestro inmortal Quevedo que poderoso caballero es don Dinero; así que quien lo posee o aparenta poseerlo tiene nobleza ganada y venia para adquirir más; pero, a quien no lo tiene más le vale no dejarse ver y no alargar la mano porque puede perderla. El voto es el sahumerio para el poderoso y el hacha para el igual.

A pesar de todo soy un demócrata convencido, palabra; lo que pasa es que no sé muy bien por qué.

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30 mar 2010

Vivir Semana Santa

Reconozco que soy un poco atravesado, como se dice por aquí, y las celebraciones populares y masivas desactivan por completo mis deseos de festejo, si es que la edad me dejó alguno; pero, poneos en mi lugar, vivir en Málaga en Semana Santa no es fácil. Los esforzados cofrades (esforzados por el denuedo con que nos hacen antipáticos estos primeros días primaverales) no se percatan de que los verdaderos penitentes somos los que no queremos en modo alguno castigar nuestros cuerpos ni nuestros espíritus con el festival gore que nos ofrecen sin dejarnos el mínimo resquicio de escape.

¿Qué decir de la Semana Santa? Insistir en que rememora los atávicos ritos de fertilidad propios del equinocio primaveral, que no otra cosa es el sacrificio de una víctima que con su sangre renueva la vida, efecto simbolizado en su propia resurrección, no es ni novedoso ni sirve de consuelo. Hoy, cuando hace tiempo que perdimos todo contacto con la naturaleza y nuestros hijos aprenden en la escuela qué es sembrar, cultivar y cosechar, o para ver un burro han de ir al zoológico, un ritual así se nos presenta como surrealista. ¿Por qué se sigue haciendo? Hay una razón comercial que a nadie hay que explicar, por obvia; luego, está aquello de las señas de identidad; por último, cómo no, una porción de sentimiento religioso, tan confuso, caótico e ininteligible que no cabría en la teología más loca, pero ante el que, al parecer, hay que inclinarse porque comparte dos adjetivos sacralizados: popular y religioso, ahí es nada.

Dejar algo en manos del pueblo tiene sus riesgos. La iglesia oficial siempre ha tenido una incómoda convivencia con las celebraciones populares de Semana Santa, pero al final, aunque dando con disimulo la espalda, como avergonzada de su propia obra, acaba consintiendo; quien algo quiere algo le cuesta y mantener la hegemonía espiritual de la colectividad (que también genera réditos menos sutiles) tiene un precio a pagar, aunque éste sea la corrupción de las verdades vertebradoras del credo, de cuya pureza dicen ser responsables. La idolatría, la más evidente de las desviaciones de estos días de Pascua, eclosiona en la devoción a las imágenes, más numerosas que variadas (pasos, en la denominación tradicional, por su origen dramático), que se acompaña de acciones sorprendentes: desde la canción que entonan los legionarios (los de verdad, no los de Cristo) proclamándose novios de la muerte mientras hacen piruetas con sus armas en la estela de un Cristo muerto, reducido a papel de figurante, al Gaudeamus igitur que, por no ser menos, cantan los cofrades de la hermandad de Estudiantes, que, si lo son, no saben que la canción habla del disfrute de la vida y de la nada que nos espera tras ella (¿por qué quitarían el latín del currículum escolar?). Todo un festival de castizo surrealismo. Las imágenes se visten, engalanan y enjoyan con inusitada riqueza; se las traslada de los templos donde permanecen durante el año a las casas de las hermandades donde hay espacio suficiente para montar gigantescos tronos sobre los que procesionarán, sin desmerecer un ápice de lo que harían con sus ídolos en la Babilonia de hace miles de años nuestros ancestros mesopotámicos. La truculencia barroca de las escenas de pasión representadas alcanza los límites de lo soportable con un abuso de cruces y de sangre que mana de heridas infringidas por látigos, espinas, clavos… que se prolonga en la representación del dolor y la angustia de la Madre con un corazón también atravesado por puñales o espinas. Un recrearse en la sangre que sólo se ve en los espectáculos gore alimentadores del morbo que al parecer yace en el fondo de nuestra alma, supongo que en unos más que en otros.

Casticismo, surrealismo y truculencia que hoy ha alcanzado una dimensión comercial y política de dimensiones jamás imaginadas. En el primer caso, atrayendo legiones de turistas que completan la percepción de España que les proporcionó el espectáculo taurino, mientras nutren con su gasto bolsillos particulares y arcas públicas; en el segundo, con la entrega incondicional de la ciudad a las bandas organizadas de meapilas o capillitas y con la inmersión de políticos de todo pelaje en el circo escatológico, por sus habilidades populistas o porque no dan para más (véase como perla última el proyecto parlamentario de Gordillo, el Lenin de Marinaleda, sobre la virgen Macarena y su indumentaria; como si a mí, votante de izquierdas, un suponer, me importasen un carajo los aditamentos que le cuelguen a una imagen).

Como lo oís, vivir en Andalucía en Semana Santa es un coñazo, con perdón de feministas y bien hablados.
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23 mar 2010

Infantes y golfantes

El papa Alejandro VI (1431-1503) era español (Rodrigo Borja) y además de papa fue papá: tuvo, si no hay error, nueve hijos, aunque no de todos se sabe quién fue la madre; de ellos Lucrecia y Cesar son los más famosos, por razones diferentes pero relacionadas, aunque ninguna demasiado edificante. Se me ocurrió empezar con él por ser paisano y tenerle más confianza, pero su comportamiento no era insólito entre las altas jerarquías de la Iglesia. No cabe pensar que el clero común tuviera mejor nivel ético. Eran otros tiempos. En los cien años que van de 1484 a 1585, seis papas tuvieron hijos ilegítimos. En años anteriores hubo algunos casados y bastantes fueron hijos de papas o de otros jerarcas de la Iglesia. Desde Trento (1545-63) y por la amenaza que suponía la revolución protestante (necesidad obliga) la Iglesia se autodisciplinó.

Eran otros tiempos. La moral aristocratizante de la época, con sus vicios y virtudes, también tenía que impregnar a la Iglesia. No hay más que ver como en los siglos siguientes la ética de las clases medias, más rígida y estricta, fue la norma entre los clérigos, que, desde entonces, se ocuparían sobre todo de que los pecadillos no se vieran. El único problema es que uno había creído siempre que era la Iglesia la que marcaba las normas de la moral (inalterables por el tiempo, que por algo es obra divina), pero según parece se trataba más bien de poner letra a la música que tocaban desde abajo. Digo yo que para ese viaje no necesitábamos alforjas.

En otros tiempos la infancia no existía, o, seguramente, como la pubertad y la adolescencia estaban por aquel entonces fuera de ella, se la veía mucho menos. Los abusos a los niños, por tanto, tampoco existían (¡ay, si pajes, grumetes o novicios hablaran!). La historia, que sólo trata de lo que existe, no ha registrado más que los manejos entre adultos; pero, de aquellos otros trajines hubo, ¿cómo dudarlo? y, además, la impunidad, que garantizaba el prestigio social del clero y la invisibilidad de las víctimas, debió ser un excelente caldo de cultivo, como se ha demostrado en Irlanda y se podrá demostrar en cualquier lugar por poco que se hurgue.

En estos tiempos la situación se ha invertido: los niños, quizá por la escasez, han sido sacralizados, y cualquiera que meta mano ahí (por ahora sólo en la bragueta, esperemos que pronto también en la cabeza) es, no solo reo de delito, sino también un pervertido; constatamos, a la par, que la infancia se ha expandido prolongándose por edades impensables años atrás.

En estos tiempos todo se vuelve contra la Iglesia. Como si no fuera poco ponerse a escribir las normas y pregonarlas por púlpitos y cátedras, ahora les exigimos que además las cumplan. Y es que, como dice Cañizares (el cardenal), hay mucha gente interesada en ocultar lo que de verdad importa, que es Dios, no lo que hagan o dejen de hacer los curas. Por su parte Benedicto (el papa) dice que lo que hay que castigar es el pecado y perdonar al pecador, y si alguien se pone bravo, agrega, habrá que recordarle que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Puede que éste sea un golpe bajo, como dicen algunos hipercríticos ganados ya por Satanás, pero, qué queréis, aquí todo anda por los bajos, los que manosean los curas y los que les están tocando ahora a ellos.