28 jun 2010

Lenguas

La aparición de las lenguas fue una gran revolución, un salto gigantesco desde el grito y la gestualidad, que ha permitido a nuestra especie construir sociedades complejas afinando y multiplicando exponencialmente la capacidad de comunicación. Discuten aún los científicos si en su nacimiento hubo una sola raíz (monogénesis) o varias independientes (poligénesis). Lo cierto es que, por la dispersión y el aislamiento de los grupos humanos se fue produciendo desde su mismo origen una divergencia que dio lugar a miles y miles de idiomas diferentes. Con el transcurso del tiempo, el crecimiento demográfico ha casi eliminado el aislamiento entre los grupos humanos con hablas dispares, por lo que, en manifiesta contradicción con las razones de su origen, se convirtieron con frecuencia en elemento de incomunicación (mito de Babel) e incluso en arma para la provocación y el combate, como ocurre con muchos nacionalismos (caso belga o también español). La compactación de la población del Mundo por su gigantesco crecimiento y la revolución en las comunicaciones está produciendo el fenómeno inverso al de los comienzos: la desaparición de lenguas por miles, de forma que hoy se empiezan a contemplar como patrimonio cultural a conservar. Hay quien asegura que en este mismo siglo las decenas de miles que subsisten en la actualidad quedaran reducidas a no más de 500.

En el solar histórico de nuestro país afincaron muchas lenguas, de las cuales quedan cuatro, tres emparentadas en su origen con el latín, y el vasco, que carece de parientes próximos o lejanos porque su tronco originario también desapareció, lo que la convierte en una rareza, pero que está sólidamente arraigada en Euskalherría (país del euskera). Lamentablemente en los cuatro casos (español o castellano, vasco, catalán y gallego) las lenguas han sido patrimonializadas y convertidas en arma para el enfrentamiento por los nacionalismos respectivos.

La peculiar evolución política peninsular tuvo diversos efectos sobre las lenguas: expansión del castellano y catalán, en un principio (baja Edad Media), con predominio posterior (Edad Moderna) del Castellano; diferenciación del portugués del tronco galaico; desaparición de otras lenguas incipientes como el leonés o el aragonés; confinamiento y retroceso paulatino del vasco. El catalán se extendió por el área mediterránea siguiendo los intereses de la Corona de Aragón, mientras que el castellano lo hizo por el centro peninsular y más tarde por el Atlántico, clave de su éxito universal, obedeciendo a los intereses de la Corona de Castilla. El portugués se diferenció y progresó solidariamente con la Corona Portuguesa. La difusión de todas ellas es inseparable de los entes políticos que las adoptan.

En el XVIII se construye por primera vez un Estado centralizado en la Península (Portugal excluido) comandado por Castilla y, como consecuencia, a las demás lenguas se les impone un papel subalterno, con la complicidad táctica de sectores locales. En los casi tres siglos siguientes los amagos descentralizadores, que también lo fueron democráticos, prometen una recuperación de las lenguas autóctonas, pero siempre se frustran.

La revolución democrática de la Transición trajo definitivamente, no podía ser de otro modo, la descentralización y una posición digna para las otras lenguas del Estado; pero, quizá, como algunos piensan que ocurrió en lo político institucional, en la política lingüística no se dieron los pasos definitivos. Nada importante si se consideran sólo pospuestos, pero sí si se entiende cerrado el proceso. Aquí reside el problema: el estatus de las lenguas se ha embarullado con el enredo místico reivindicativo o impositivo de los nacionalismos y las emociones, las filias, las fobias, los resentimientos que se transforman en rencores por hipotéticas ofensas o humillaciones, se van imponiendo sobre la racionalidad y el sentido común. El españolismo no tolera la coexistencia de todas las lenguas en pie de igualdad y busca su apoyo en el texto constitucional (Art. 3), que quizá habría que redactar de otro modo, mientras algunos nacionalistas periféricos desearían ver expulsado al castellano de su territorio. Son emblemáticas las figuras del castellanoparlante ofendido de que en Cataluña le hablen en catalán, y la del que se expresa en su lengua vernácula ante una audiencia que no la comprende sólo porque se siente con derecho a hacerlo. No entiendo el vía crucis del castellanoparlante en las comunidades con lengua propia porque es tan impostado como el de los nacionalistas (vascos, catalanes, etc.) en el estado democrático ¿Por qué amamos tanto la palma del martirio?

Una cosa tengo clara: que existen varias lenguas en nuestro país y que nadie debería tener derecho a decirle a otro en cuál de ellas debe hablar, independientemente del territorio en el que estemos. Si el Estado quiere ser de todos, a todos ha de aceptar en iguales condiciones y si la Constitución marca diferencias, mal está, la hicimos en un momento en que así y todo era un avance inmenso, pero no nos ata más de lo que queramos. Ahora bien, sin generosidad y sentido común ninguna ley funcionará.
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21 jun 2010

Esquilache en la morería

Leopoldo di Gregorio, marchese di Squillace, fue uno de los personajes ilustrados de la corte de Carlos III, que el monarca trajo consigo de Italia, donde había sido rey de Nápoles antes que de España. Ocupó varias secretarías (ministerios) desde las que legisló abundantemente para modernizar al país y a Madrid, en la que emprendió obras de saneamiento, alumbrado y urbanizadoras. Su afán reformista le llevó hasta intentar cambiar los hábitos vestimentarios de los madrileños (obsoletos, favorecedores del anonimato y, por ello, proclives al delito), por decreto; para vencer resistencias apostó en las calles sastres que auxiliados por alguaciles cortaban las capas de los mosqueados viandantes hasta la altura requerida y cosían las alas de los chambergos convirtiéndolos en sombreros de tres picos. El populacho, ignorante, hambriento por la crisis de subsistencias y escamado por las medidas, se dejó azuzar por el clero y los nobles que temían y detestaban a los reformadores y la cosa desembocó en un peligroso motín (1766). Esquilache fue destituido y expulsado de España; pero el rey, cuando por fin recobró la iniciativa, expulsó a los jesuitas y concedió honores y nuevos cargos al italiano, para entonces la nueva moda se había impuesto y las largas capas y los sombreros de ala ancha (a la chamberga) eran ya historia.

Hoy cualquier concejal se siente Esquilache, o esquilachea , y hasta al ponderado y muy comedido ministro de justicia se le han visto maneras ante la contemplación de los velos de nuestras inmigradas musulmanas. La cuestión tiene dos puntos curiosos, por no decir intrigantes: 1) si uno va a Marruecos (Rabat, Casablanca, Fez…) apenas si ve más mujeres con velo que aquí, pareciera que sólo emigran las que usan la dichosa prenda; 2) velos integrales o burkas no se ven por nuestras calles en absoluto y, sin embargo, en todos los ayuntamientos se ha despertado un celo extraordinario para prohibirlos. Misterios de la naturaleza humana, o de los velos, pero que a mí me tienen desvelado.

Más misterios. Mi abuela Benicia, que lucía el tradicional moño, siempre se ponía un pañuelo en la cabeza si salía a la calle y puedo asegurar que lo más cerca que estuvo nunca de un musulmán fue en las fiestas de moros y cristianos de su pueblo (era de la comarca de Baza). Es posible que yo tenga la memoria alterada, pero creo recordar que en mi niñez el uso del pañuelo entre las mujeres españolas, incluidas las mocitas en edad de merecer, que se decía entonces, era muy frecuente (os invito a que veáis películas de los cuarenta, cincuenta y hasta sesenta, no sólo españolas, podéis incluir italianas, por ejemplo); de acuerdo que era otro look, pero pañuelos eran aquellos y pañuelos son estos. La prenda tradicional más típica de la mujer española, la mantilla, es un velo para cubrir la cabeza. No he hablado de las monjas, pero existían y existen. Hace tiempo que no voy por las iglesias más que de turismo, pero recuerdo, si la memoria no me está gastando malas pasadas, que para las mujeres era obligado el uso del velo en tales recintos. Me admira que las musulmanas veladas causen tanto escándalo, quizá nos estamos creyendo suecos, o yo soy la reencarnación de un fulano sudanés y me he hecho un lío con las dos memorias.

Decía antes que por aquí no se ven velos integrales o burkas, he mentido: en Marbella es frecuente toparse con mujeres en grupos numerosos, ataviadas como fantasmas, que salen de compras pastoreadas por intimidadores guardaespaldas, son los harenes de los jeques o príncipes árabes que pululan por la Costa del Sol; pero esto, misteriosamente, nunca ha escandalizado a nadie y por eso a mí ni se me había ocurrido mentarlo; por consecuencia, en éste lugar no hay esquilaches (al jeque Abdullah, que ha comprado estos días el Malaga Club de Fútbol, nadie le ha preguntado cuantas jequesas tiene –espero que se diga así– ni como las viste).

Está claro: como esto está tan oscuro, lo mejor será que antes de manifestar una opinión sobre el particular deberíamos pasar alguna prueba de la hipocresía, el racismo o el sentido común, o las tres ¿Las hay?
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17 jun 2010

Las vacas flacas

Desde pequeñitos conocemos el cuento de las vacas gordas y las vacas flacas. Se podría alegar que en aquellos tiempos eran el clima y otros imponderables de la naturaleza los que imponían las oscilaciones en la prosperidad, pero que hoy en cierto modo hemos superado eso desde que nos emancipamos de la agricultura. Es de tontos, o de ciegos, si lo preferís, porque desde su nacimiento el mercado capitalista ha mostrado el mismo perfil bipolar (euforia/depresión) y una peligrosa tendencia a generar burbujas especulativas que al reventar generan catástrofes: la primera bien estudiada la protagonizó Holanda con los tulipanes nada menos que en el siglo XVII.

La misión de un gobierno no es la simple administración de las cosas comunes, sino que debe marcar caminos, prever obstáculos y poner los medios para sortearlos. No es una política popular la de tocar las estructuras cuando las cosas van bien, con las incomodidades que genera, pero ¿quién ha dicho que gobernar sea fácil? Si al que gobierna se lo parece es que algo no marcha, probablemente sea que se está limitando a halagar a la clientela. Un buen estadista, en los momentos de prosperidad, no se instala en la autosatisfacción y la contemplación arrobada del propio ombligo, sino que toma medidas para cuando llegue el tiempo de las vacas flacas, que llegará, sea bajo su mandato o el del siguiente. Ahí puede estar la cuestión: el que venga detrás que arree.

Aznar se va pavoneando por el mundo de haber instalado a España en la prosperidad, pero no dice que sus medidas económicas crearon la burbuja inmobiliaria, que tuvo como primer efecto inflar la bolsa de promotores y constructores y también del gobierno, de las comunidades y de los municipios, que, por eso mismo, no sintieron necesidad de subir impuestos, antes bien, los redujeron, especialmente los directos que tienen mayor impacto populista. Pero la prosperidad era a todas luces pasajera, estaba basada en una burbuja especulativa, cosa que sabía todo el mundo, aunque se prefiriera ignorarlo. La llegada de Zapatero no cambió nada, se habló de desinflar controladamente la burbuja, pero nada se hizo salvo disfrutar, que son dos días; y lo mismo hicieron los gobiernos de las comunidades autónomas y los municipios. Hasta las familias, contagiadas de la fiebre de nuevos ricos, se entramparon hasta las cejas: pasamos casi sin transición de la maleta de madera a las playas del Caribe, de la chabola a la segunda vivienda, y todo a crédito, naturalmente. La llegada de las vacas flacas ha dejado de golpe al tesoro sin ingresos por la debilidad de su sistema fiscal y ha disparado los gastos, justo igual que en las familias. La situación que vivimos hoy es penosa, pero aquí no hay nadie sin responsabilidad, asumámoslo.

Aznar ya no puede dimitir, por lo menos podría callar, el ruido entorpece, enerva y no tiene ninguna utilidad. Zapatero ha fracasado en su política económica, esto es un hecho objetivo, y el estrépito es de tal magnitud que no parece razonable permanecer hasta las elecciones de aquí a dos años; por otra parte, ya gobierna casi al dictado del exterior y de las circunstancias, sin la mínima iniciativa, ni la mínima posibilidad de aplicar la política que prometió. En esta coyuntura se impone la dimisión. Cierto que unas elecciones no son el mejor escenario hoy, pero existe la posibilidad de marcharse dejando a otro, libre de descrédito, la tarea de recuperar la confianza y el equilibrio (tenemos el precedente de Suárez), lo que se saldaría con sólo unos días de zozobra y un debate parlamentario. Pienso que después de tomar las medidas más urgentes, que es un deber patriótico, debería cumplir el otro, dimitir. Probablemente, dadas las circunstancias, la única decisión honorable.
¡Qué difíciles son los finales!



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14 jun 2010

Ocaso de una época


Lo que hemos venido llamando Estado del bienestar no surgió por obra de la Providencia o de la naturaleza, como algo inevitable, fue el producto de la postguerra y de la guerra fría y, por supuesto, de la forzada coexistencia con el bloque socialista. La Unión Soviética ensayaba una alternativa al capitalismo que era la airada contestación a la situación insoportable de las masas ante el imperio del mercado libre. El ahogo de las libertades políticas en el régimen bolchevique parecía a muchos, los excluidos del banquete capitalista, una nimiedad perfectamente sacrificable en aras de la justicia social, que, lograda, forjaría la verdadera libertad, no esa especie de pequeño lujo burgués que eran las democracias liberales.
Los éxitos iniciales del régimen soviético y el estado de postración en Europa tras la guerra puso en marcha políticas que trataron de impedir el contagio de los trabajadores europeos con las ideas y los proyectos del socialismo bolchevique, que se extendía como una mancha de aceite desde el Este. Junto a las acciones de fuerza que levantaron el telón de acero y la construcción de la alianza atlántica (OTAN), otras de carácter económico como el plan Marshall, y, con los recursos que él generó, políticas sociales encaminadas a mitigar la asfixiante situación económica de las masas y evitar que miraran con envidia y esperanza a los países comunistas.
En unas décadas muchos países europeos levantaron estados acostumbrados a intervenir para estimular la actividad económica, orientar su desarrollo y tutelar a la sociedad protegiendo a los individuos en situaciones de precariedad. El estímulo venía por igual de las inercias intervencionistas que procedían de la guerra como de la necesidad de competir con el comunismo del Este, creando una sociedad sin grandes diferencias económicas o, en todo caso, sin los abismos vertiginosos que el libre mercado creaba. En los años sesenta, en el norte del continente sobre todo, parecía haberse consolidado una tercera vía, un tipo de organización que sin abandonar el capitalismo intervenía socialmente, no necesitaba del dirigismo asfixiante de la Europa oriental y conservaba las libertades democráticas. Básicamente fueron el laborismo británico, el SPD alemán y los socialismos nórdicos, los responsables del invento, pero su influjo se extendió a toda la Europa llamada occidental (incluidas algunas dictaduras) y hasta parecía querer saltar el Atlántico.
En el último cuarto del siglo XX se produjo un cambio radical. La crisis del petróleo (1973) puso en evidencia la validez de las recetas intervencionistas que habían funcionado hasta entonces y, primero en Inglaterra y después en otros lugares del corazón socialdemócrata, se empezaron a aplicar políticas liberales, avaladas por una emergente teoría económica que hundía sus raíces en el más rancio liberalismo. Al mismo tiempo, el bloque soviético, que venía dando muestras de debilidad desde hacía algún tiempo, empezó a desmoronarse espectacularmente. En un par de décadas la amenaza comunista había desaparecido, se había convertido en historia. Sin él la tercera vía carecía del estímulo externo, y el interno se puso en cuestión desde que el neoliberalismo demostró cierta eficacia para remontar la crisis. Nada paró ya la carrera hacia el libre mercado, pero Europa seguía conservando, como peculiaridad de su idiosincrasia política, un núcleo del Estado del bienestar. En América latina y Sureste asiático, sin esa tradición, los organismos internacionales, controlados ya por los nuevos ideólogos y los viejos intereses, entraron a saco en la primera oportunidad ensayando fórmulas del más salvaje liberalismo. con los dramáticos resultados conocidos.
La globalización ha marcado el triunfo del nuevo sistema; el capital ha circulado por el mundo sin restricción alguna, mostrando así efectivamente (y simbólicamente) su coerción sobre los gobiernos que han ido cediendo en su beneficio porciones crecientes de soberanía. La crisis, que no es más que el resultado del funcionamiento caótico del mercado, que conduce inexorablemente a la formación de burbujas especulativas y a convulsiones como la presente, no va a servir para rectificar, sino, como se está viendo, para imponerse de modo absoluto sobre los gobiernos, que, urgidos desde instituciones financieras y organismos internacionales desmontan los últimos restos del Estado del bienestar en busca de un supuestamente benéfico déficit cero, en realidad, su desarme económico.
¿Será casualidad que la crisis se haya cebado con Europa, o será que al mercado no le gusta ese modelo? La ética liberal dice que el gasto es cosa privada, los Estados deben ser austeros, los ciudadanos que necesitan de su protección que espabilen. A eso vamos.

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12 jun 2010

Daniel Cohn-Bendit en el Parlamento Europeo

Este video que os ofrezco hoy circula desde hace semanas por la web y muy probablemente lo habréis visto ya. Yo lo he recogido del estupendo blog de Fco. Álvarez Molina No le digas a mi madre que trabajo en bolsa, pero lo incluyo en el mío sin dudarlo porque necesitamos de vez en cuando confirmarnos en la idea de que todos los políticos no son iguales. Va a ser que somos unos mantas a la hora de elegir…

Una apasionada invectiva como la de Cohn-Bendit contra la herrumbre de las instituciones y la hipocresía y la pasividad culpables nos reconcilia con la llamada clase política y con las instituciones europeas.

No está todo perdido.