8 sept 2010

...se hace camino al andar

El buen caminante gusta de mirar hacia atrás tanto como hacia adelante, le satisface ver el camino ya recorrido y le consuela y alienta para encarar lo que queda por delante, que es esfuerzo e incertidumbre. Europa ha cumplido ya muchas etapas, tantas que una vuelta atrás parece imposible, lo avanzado es ya irreversible. Esta idea es por sí sola confortante. De hecho la magnitud de lo recorrido nos sitúa en un punto en que sólo podemos caminar hacia adelante, por lo que los problemas que surjan en lo sucesivo, sobre la integración, habrán de ser resueltos necesariamente, como sea, no hay alternativa.

Los antiguos griegos pasaron siglos pugnando entre sí por situarse en su mundo por encima de los vecinos; en esa agitación colonizaron el Mediterráneo y crearon una civilización incomparable de la que nos enorgullecemos, situándola en nuestros orígenes. La guerra del Peloponeso fue el desiderátum de este conflicto permanente; después de ella las polis, arruinadas, exhaustas cayeron bajo la autoridad y el poder colonizador de sus propios herederos (macedonios, romanos). Europa repitió el modelo ampliando el escenario. Desde el S.XVI se formaron los estados nacionales compitiendo sin cesar por la hegemonía continental, mientras exploraban y colonizaban el mundo. El siglo XX produjo el gran conflicto, las dos guerras mundiales –en su origen, y fundamentalmente, un conflicto europeo–, a cuya finalización todo apuntaba a una salida semejante a la griega; sin embargo, de las ruinas y por efecto de la necesidad surgieron los primeros proyectos de cooperación europea (Comunidad Europea del Carbón y del Acero, Euratom), sobre ellos se ha construido paso a paso una estructura, en ocasiones tambaleante, cuando no demasiado compleja como para no perderse en ella, pero que hoy cuenta con un espacio sin fronteras, con políticas económicas comunes (PAC), con una armonización fiscal, con una moneda única, con un Banco Central Europeo… No hay una política exterior común ni una defensa única, pero todo se andará, mientras se perfecciona y se pule lo conseguido.

El impulso fue la necesidad. Ninguna gran idea, ninguna utopía dirigió el proceso, de haberlo hecho se habría empezado por la política y el fracaso hubiera estado asegurado. Se impuso la racionalidad para superar las contradicciones de cada momento, y la racionalidad y el consenso, trabajosamente obtenido, sigue siendo la herramienta básica. Si transferimos a la Unión los elementos emocionales, el irracionalismo que han construido y sostenido a los Estados nacionales, los mismos que hoy diluyen sus contornos en el seno de la comunidad ¿no estaríamos sembrando la semilla del fracaso? De la misma manera que en democracia las creencias religiosas deben ceñirse al ámbito de lo privado, en la Unión Europea deberíamos restringir el sentir nacionalista a las antiguas fronteras –al fin y al cabo ha cumplido su papel en el tira y afloja para la obtención de consensos– y no trocarlo en uno continental, que sería operación artificiosa; de hacerlo, en lugar de fortalecer, podríamos minar o deformar un proceso que ha prosperado precisamente porque se orillaron esos elementos. A algunos no nos ilusiona una Europa convertida en una supernación, por muy federal que sea, sino algo que supere a las que la forman, trascendiéndolas. Algo nuevo que debe surgir de la experiencia diaria, de la resolución de los conflictos cotidianos a la luz de la razón y con el arma del consenso posible, sin profetas que nos diseñen caminos, por muy amenos y apetecibles que se nos presenten. Crear una conciencia nacional europea, recurriendo inevitablemente a la manipulación de la historia, no sería más que volver al error: el rechazo a la integración de Turquía nace de que algunos se han construido un concepto tal de la esencia de Europa que la descarta; la exclusión es el fluido vital, la sangre de todo nacionalismo ¿Queremos eso?

Decía al principio que ya sólo podemos caminar hacia adelante, pero a cada paso se nos presentan bifurcaciones. Para elegir la más conveniente es muy sano mirar hacia atrás y comprobar por qué hemos llegado hasta aquí y cómo con otros desvíos o atajos nunca hubiéramos alcanzado este punto. A mi juicio, el buen europeísta no es el que tiene esbozado in mente su dibujo de la futura Europa, que le sirva de meta y estímulo, sino el que está convencido de que el mosaico de Estados nacionales en salvaje competencia, que era Europa, está obsoleto y que su superación por la vía de la cooperación y la coordinación, en sus múltiples variantes, es el futuro. Es suficiente bagaje, el único que portaban los que hasta ahora han sido los constructores de la UE.

Dijo el poeta: Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
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3 sept 2010

Hawking vs Dios creador

Los tiempos oscuros generan mitos, tal es el caso de Troya en la época prehelénica o de Camelot y la leyenda artúrica en la Britania postromana. Historiadores y arqueólogos se han esforzado por hallar vestigios que los conecten con la realidad: Schliemann encontró la ciudad de Troya; a Arturo se le ha querido identificar con un noble romano o un líder britano en lucha con anglos y sajones, y hasta Excalibur ha hallado su explicación en las espadas celtas de larga hoja, que los romanos de la última época adoptaron para su caballería. Pero ¿qué importa que los mitos tengan o no fundamento histórico? Seguramente la imaginación de los poetas tiene sus límites y necesitará una apoyatura en la realidad, pero ¿qué más da? Lo importante del mito no es la realidad que subyace, sino los anhelos, los deseos, los sueños a los que responde. Son una fabulación, pero es muy posible que sea tan necesaria para el grupo como el sustento o la seguridad. Así pues, la segunda oscuridad de la que nacen reside en nuestro interior profundo, tan ignoto que una y otra vez intentamos casar el cuento con la realidad sin percatarnos, o querer reconocer, que su origen verdadero solo lo hallaríamos en la autoexploración.

La luz es el medio más hostil. La claridad del conocimiento nítido del entorno los margina a los orígenes lejanos y mal explicados; la iluminación de la mente con las luces de la razón los disuelve como azucarillos. Pero los anhelos, los temores, los impulsos… que fueron su caldo de cultivo y que seguramente forman parte de nuestro bagaje evolutivo por un proceso aún no explicado del todo, permanece. Incluso en las épocas más ilustradas o en los periodos en los que la razón se impuso con medios dictatoriales, los mitos subsistieron. Adelgazaron, se adaptaron al nuevo medio haciéndose casi invisibles, muchos quedaron reducidos a la condición de cuentos o leyendas, sin otro valor que el antropológico o literario, pero otros alcanzaron el estatus de creencias. En este nivel lograron la inviolabilidad, refugiados tras las defensas de los derechos. Nunca nos abandonaron, probablemente nunca nos abandonarán.

El último (por su profundidad, por su trascendencia) gran mito, el de la creación del Universo por la voluntad y la acción divinas, pareció encontrar refugio en los avances científicos que lograron no hace mucho detectar un origen, en el tiempo, de nuestro Universo: el Big Bang, la gran explosión originaria. El descubrimiento de la evolución por la selección natural fue un duro varapalo porque sustituía con éxito el cuento de la creación de los seres vivos y del hombre por un proceso razonable y comprensible, pero al colocar el origen del Universo en un instante, fuera del alcance intuitivo de la mente, la ciencia creaba un vacío donde cabía, para algunos, el dedo de Dios. Hawking, uno de los físicos vivos más notables del mundo, conocidísimo por sus trabajos de divulgación, acaba de escribir un libro en el que, con argumentos científicos, concluye la posibilidad de una explicación exclusivamente física del suceso, sin vacíos que dejen sitio a fabulación alguna. ¿Logrará Hawking iluminar definitivamente este rincón oscuro del conocimiento? Veremos.

30 ago 2010

Una declaración


Todo empezó con aquella canción de Roberto Carlos que decía en una de sus estrofas: Yo quisiera ser civilizado como los animales, ejemplo del pesimismo a la moda sobre el género humano. Me chirriaba el mensaje, y ni aún ahora, cuando caben pocas dudas sobre nuestra responsabilidad en el cambio climático y ninguna sobre la de unos pocos en la pobreza de la mayoría, dejo de tener la esperanza de un cambio muy positivo en las generaciones próximas. Pensé muchas veces en la frase incongruente de la canción, que, seguramente, estaba concebida como un aldabonazo para despertar conciencias, pero que a mí no lograba sonarme más que como una concesión a la irracionalidad.
No me avergüenza usar términos como izquierdas y derechas, a los que algunos parecen haberles cogido alergia; por eso empiezo diciendo que el pesimismo es de derechas. Si el futuro se ve negro ¡Virgencita, que me quede como estoy! En el pasado la Iglesia puso música y letra a estos temores construyendo una ideología según la cual los humanos habían demostrado su incapacidad para construir un futuro habitable y, por eso, lo pone en manos de Dios, sin el cual nada podemos. No cabe mayor pesimismo y mayor desconfianza en la humanidad. Los que hablan de humanismo cristiano no saben lo que dicen. La ilustración fue una reacción frente a este panorama, una recuperación del humanismo, pero cargando las tintas, seguramente como rechazo a la idea de pueblo de Dios, en el individualismo: la economía no es más que el resultado del interés personal actuando libremente; la política el resultado de la confluencia civilizada y normalizada de ideas e intereses personales: el egoísmo como motor de la civilización. La única concesión a lo colectivo es el Estado-nación (mutación de los bienes patrimoniales de las antiguas familias reinantes, con sus siervos y súbditos convertidos en ciudadanos). En ellos, en su interior, se desarrolla una cierta solidaridad, que, a veces, sirve para enmascarar la feroz explotación que ejerce la minoría que controla los aparatos del Estado, utilizando la coartada del interés nacional; pero, entre ellos, en el exterior, la competencia y el egoísmo se manifiesta crudamente, con descaro, con violencia.
El intento de superación de esta situación lo protagoniza la izquierda, la única ideología que piensa en el futuro, no como una repetición del presente o como un regreso al Limbo, sino como algo nuevo por construir en donde se hayan superado las contradicciones del presente. Puro optimismo. La utopía, que es para este mundo, y nuestra responsabilidad, no una gracia divina, utiliza como combustible solidaridad y fraternidad en lugar de egoísmo. Como los ilustrados, tiene fe en el hombre, pero el éxito lo espera de la cooperación, no de la competencia. Quizá por eso sus detractores la vieron como una nueva religión.
Las palabras están gastadas. Lo están izquierda y derecha, bastante solidaridad, mucho fraternidad. Quizá nos resulte más cómodo hablar de empatía, que no está contaminada políticamente y expresa lo mismo con un toque psico muy a la moda. Pues bien, el tiempo presente, si por algo se caracteriza, aparte los consabidos dramas y amenazas de futuro, es por una eclosión de empatía universal. Jamás antes el género humano se sintió tan uno y hermanado, ya nadie discute si los negros o las mujeres tienen alma, si los pobres merecen derechos políticos o si los niños son algo más que un proyecto de persona. Incluso se extiende la empatía a los demás seres vivos, a todo el entorno terrestre. Por primera vez existe una conciencia universal de unidad. Para convencerse no se necesitan complicadas argumentaciones, basta con un poco de reflexión sobre el presente y una mirada al pasado.
El espíritu humano cuenta pues con los útiles precisos, resultado de una evolución cultural que los ha diseñado y pulido adecuadamente. Pero la realidad es que nos encontramos en un mundo que nos parece abarrotado, a punto de reventar, exhausto por una explotación insolidaria, enfermo por un trato irresponsable. Además de espíritu necesitamos tecnología. No hay revolución (de las buenas, de las que hacen avanzar) sin un salto tecnológico. Es preciso liberarse del uso de energías sucias; el petróleo fue factor de progreso, pero hoy es una condena segura. El hallazgo de más reservas en el Ártico es una pésima noticia. Las ecoenergías y la fusión nuclear podrían ser la solución.
Con una nueva herramienta energética (ya a las puertas) y la empatía recién estrenada y en estado de prueba, el futuro es nuestro. Los jóvenes de hoy serán sus constructores. El nuevo mundo estará plagado de errores, contradicciones y sinsentidos, pero es que la historia no se acabará más que con el hombre.
Yo me declaro optimista histórico, es decir, de izquierdas.

19 ago 2010

El rapto de Europa

No hay mal que por bien no venga. Eso hemos oído desde niños para consolarnos de alguna desgracia, y lo cierto es que de cualquier desventura siempre es posible sacar enseñanzas de provecho, más porque es el momento en que estamos dispuestos a rectificar, analizando las causas del tropezón y explorando nuevos caminos. La traumática experiencia de la crisis debería tener ese efecto.

La ola neoliberal procedente del Atlántico anglosajón, que inundó a Europa y al mundo desde las postrimerías del siglo pasado ha sido el marco en el que ha germinado la recesión. Ella aportó los nutrientes a esta mala hierba que asfixia a Europa sin excepción, pero con más saña a las economías más débiles. El FMI, concreción orgánica y punta de lanza del neoliberalismo, se permite, no ya amenazar, sino plantar sus reales en economías europeas (con la maliciosa y bobalicona inspiración de la poderosa Alemania, en manos de un gobierno de la misma cuerda). Si pasamos revista a la situación política de Europa nos encontramos con que salvo alguna excepción (Grecia, España…) todos los gobiernos son de derechas, más próximos a las tesis del neoliberalismo que a ninguna otra. La gestión de la crisis, por tanto, se está haciendo con sus instrumentos ideológicos y técnicos. No es que no haya otras alternativas, es que no hay poderes capaces de, o dispuestos a aplicarlas. Emplear políticas contracorriente es el privilegio de países poderosos, no es el caso de Grecia ni de España, aunque sus gobiernos estuvieran convencidos de la bondad de tal actitud, que tampoco parece ser la cuestión. Las crisis pueden verse como el fracaso de aspectos más o menos importantes del sistema en curso, pero también como instrumento de consolidación del capital; de hecho no se está produciendo una retirada de posiciones por su parte (en este caso, del capital financiero) sino un mayor acoso a los Estados y a sus instrumentos de financiación, caso griego y español.

Cada europeo tiene in mente una Europa diferente, pero si algo la ha definido frente al resto del mundo, si algo ha sido envidiado por sus excelentes resultados, han sido las políticas que con mucho gasto público, altos impuestos y concertación social avalada por los legislativos, ha logrado el mejor nivel de vida y de bienestar social, conocidos en el Mundo. Mientras el modelo así logrado sirvió para desarmar de argumentos, ante propios y extraños, al mundo tras el telón, ni USA ni nadie lo puso en cuestión; pero, tan pronto como la URSS se desmoronó (incapaz de seguir ofreciendo una utopía que en buena medida Europa la vivía con libertad y democracia), su bondad pasó a ser ineficiencia, despilfarro, reglamentismo, perversión recaudatoria, y, otra vez la manida moda retro de la libertad del mercado empezó a desmantelar una por una (primero Inglaterra, después Suecia…) las más altas torres del Estado del bienestar, que había sido el horizonte utópico en el que nos embarcamos millones de europeos. Hoy las recetas para salir (dicen) de la crisis son justo lo contrario de aquello que construyó a la Europa que nos deslumbró, de modo que lo que queda de aquel modelo amenaza ruina inminente.

¿Qué Europa queremos? La que nos han robado, diría yo. ¿Quiénes? Más útil que buscar a los cacos sería saber por qué lo hemos permitido; cómo es que caímos fascinados ante la quincallería que nos ofrecían los mercaderes; cómo es que elegimos para que nos gobernaran a los testaferros que nos ofrecían mientras nos embaucaban con sus baratijas; cómo es que nos dejamos aturdir con su palabrería de charlatanes de feria antigua.

En cada país hay un gobierno, cada gobierno lo es por unas elecciones libres, los partidos, los sindicatos y las demás instituciones de la democracia siguen existiendo, nosotros seguimos conservando el derecho al voto, la capacidad de movilización, la libertad de ciudadanos. Bastaría con utilizar todo el arsenal en la dirección correcta. No hay milagros… ni desgracia que no nos hayamos construido pasito a paso. Europa sería otra si los gobiernos de cada país fueran otros, con independencia de que estén mejor o peor diseñadas las instituciones europeas. De todos nosotros depende que se consume o no el nuevo rapto de Europa.

¡Ojo! el dios de estos tiempos viene disfrazado de banquero.

16 ago 2010

Máscaras

Quizá no sea muy conocido pero el término persona proviene del griego prósopon, que no era otra cosa que la máscara con la que los actores se cubrían el rostro en las actuaciones teatrales adquiriendo así la personalidad adecuada. Que la persona es pura apariencia será un pensamiento filosófico más o menos complaciente con el género humano, pero tiene un fundamento en la más antigua realidad. Luego vinieron los romanos e inventaron la distinción entre persona física y persona jurídica. La primera es la persona natural, es decir, nosotros tal y como nos parió nuestra madre, por debajo de todas las máscaras que después nos proporcione la vida; la segunda es también un sujeto, pero no físico, sino una institución, una entidad “creada por una o más personas físicas para cumplir un papel”, o sea, una invención. Aparentemente la primera tiene una vida más satisfactoria y si antes de nacer nos preguntaran “Ud. ¿qué quiere ser, persona física o persona jurídica?” Estoy seguro que, dada la ingenuidad que se presume del nasciturus, todos optaríamos por la primera. Pero las apariencias engañan y más en esto de las personas, por eso lo de los griegos, el teatro y las máscaras. Muchas personas físicas, alcanzada su madurez, descubren una irrefrenable vocación de persona jurídica y, ni cortas ni perezosas, se transforman, con menos gasto, menos riesgo y más aceptación social que el de los transexuales en el cambio de sexo.

IRPF son unas siglas que inventó la hacienda del Estado moderno y que encierran un instrumento de exacción fiscal sumamente eficiente, que castiga (por emplear un término ajustado a las sensaciones del sujeto) a las personas físicas, dicen (sólo los ingenuos lo creen) que sin distinción. Como por razones misteriosas, que los profanos no alcanzamos a comprender, las personas jurídicas son tratadas con mayor benevolencia por el Tesoro público, no hay persona física que no aspire a ese paraíso fiscal de andar por casa y que vemos, con envidia cochina, que alcanzan buen número de avisados convecinos. Así, aunque conserven la apariencia de personas físicas (se deleitan igualmente con los placeres de la vida, más incluso que los otros), cuando el fisco los convoca se presentan con la máscara de persona jurídica y se van de rositas:

–¿Es Ud. Juan Palomo, el del Miguel y la Eulalia.

–No señor, yo soy Juan Palomo S.L. ¿Se debe algo?

–No nada, Ud. Perdone, se trataba de una confusión.

La naturaleza es muy sabia y en otros tiempos habría tomado nota inmediatamente y habría empezado una evolución, de manera que andando el tiempo todos trajéramos de nacimiento la condición esa de persona jurídica; pero, ¡ay! este carácter tan conveniente no se puede transmitir a futuras generaciones vía herencia genética porque los listillos, de tontos ni un pelo, han dejado la tarea de la reproducción en la mayoría de los casos para los demás.

¿Qué por qué se me ocurre hablar de esto ahora que ni es campaña fiscal ni nada? Porque he leído en un periódico sobre el particular y porque hay heridas que nunca se curan de verdad ¿Vale?