No lo puedo evitar, a mí Bárcenas me cae bien. Quizás tenga
todavía grabado en algún pliegue de la conciencia aquello tan subversivo:
«Bienaventurados los que sufren persecución de la justicia porque de ellos es
el reino de los cielos» (el desprestigio de las instituciones viene de lejos).
Por muchas vueltas que le dé no veo en él más que a un militante fiel que
prestó su nombre para guardar bajo siete llaves y con riesgo de su integridad
jurídica la pasta que el partido lograba con trapacerías inconfesables. Si,
descubierto el pastel, todos dicen «eso no es nuestro, lo habrá robado Luis el
Cabrón» (alias cariñoso que le daban sus compis) ¿quién puede reprocharle que
intente quedárselo aunque tenga que pasar a la sombra una temporada? Y si a alguien
le parece demasiado que además del reino de los cielos se quede con una bonita propina que se lo haga mirar, lo
mismo es envidia y se está ganando un huequecito en las calderas de Pedro
Botero.